Manual para sobrevivir a tus propias expectativas e inseguridades - The Amaranta
Me había impuesto la condena de “lucir bonita” todos los días

Aún no sabría determinar a qué edad las niñas observamos las fotos de revistas con una especie de responsabilidad de lucir exactamente como ellas. Luego, poco a poco nos convertimos en testigos de que esas muñecas publicitarias están en todas partes, y todos las aman, así que no encontramos más opción que volvernos una de ellas.

En la adultez, casi todas logramos deshacernos de esas ridículas apariencias de las que nos obligábamos a tener en la adolescencia. Capaz es la madurez pero yo creo que tiene más que ver con la flojera de tener que arreglarte el cabello todos los días para la universidad cuando estamos a nada de ir en pijama.

Sin embargo, hasta llegar a ese punto donde nuestra individualidad sale del clóset, preguntas como ¿qué tanto me puedo arreglar para ir a la piscina?, ¿será que la pepa en mi frente es lo que se interpone entre ese chamo y yo? y si tengo aparatos, ¿qué tanto debería sonreír?; eran preguntas que nos causaban pesadillas por la noches.

Y siempre que tenemos pesadillas, hay una cosa que tienes que identificar primero

Tienes que reconocer a tus monstruos personales

En mi caso, era yo misma. 

Crecí como una niña con aparatos, lentes, nariz de papa y una madre obsesionada con que mi cabello rizado estuviese aplastado y con la carrera por el medio. Así que no tenía muchos lugares donde buscar. Los monstruos nos comienzan a acechar de niños, cuando somos más vulnerables y propensos a salir corriendo. Solo que yo no tenía a dónde correr.

Me había convencido de que era una niña fea, entonces hice todos los cambios que consideré necesarios para lucir lo más lejana a mí misma posible. Y lo había logrado. Para cuando llegué a la universidad, mi cabello había sido víctima de constantes abusos por parte de la plancha, mis lentes de montura había sido sustituidos por los de contactos y hasta mi cara era diferente por obra y gracia del maquillaje.

Lo más triste es que era perfectamente feliz. Siempre y cuando hiciera estrategias napoleónicas cada vez que recibía una invitación a la playa, un novio me invitara a quedarme en su casa y hasta de percibir en el clima algún presagio de lluvia. A excepción de todas esas situaciones, estaba perfectamente a salvo.

O eso me dije a mí misma. Hasta que me di cuenta de lo siguiente: con plancharme el cabello, ponerme lentes de contacto y maquillarme “naturalmente” siempre que salía, perdía casi dos horas diarias de mi día. Doce horas semanales, cuarenta y ocho horas mensuales, arreglándome para lucir como alguien muy diferente a mí. Me di cuenta de cuál era mi problema.

Esa pequeña inseguridad se había convertido en una especie de obsesión compulsiva que ya me estaba causando aún más inseguridades. Así que por el bien de mi tiempo y de mi propia paz mental decidí tomar acción contra mi propio monstruo.

Una vez que los identifiques, traza un plan para luchar contra ellos

Mi propósito era el siguiente: luchar contra mi propia obsesión poco a poco. Semana por semana y ver si noto cambios en mi rutina y en cómo me veo a mí misma. No sé si soy la única en encontrar este tipo de respuestas en las vidrieras de las tiendas, pues si me gusta cómo me veo reflejada ahí, todo está en orden. Mi motto “haz lo que te dé la gana, seguro la gente no lo nota”.

La primera semana dejé de maquillar mis cejas. En realidad la diferencia no era tanta, creo incluso que nadie notó la diferencia, pero yo sí. Y los primeros días me sentí con cara de recién levantada. Con los días me acostumbré y más que eso, me gustó mi cara. Sin nada.

La segunda semana terminé mi amistad con la plancha. Esa desgraciada además de esclavizarme, me quemaba el cabello. Con tanto tiempo usándola, mis rizos que antes habían sido bucles de ensueño, ahora eran ondas gruesas y sin propósito evidente. Sin embargo, no se veían mal. Todo lo contrario, se ve genial.

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Las opiniones que recibí fueron desde “te ves mil veces mejor, ahora veo tu personalidad” de mi mejor amiga, hasta “te pareces más a ti de chiquita, me gusta” de mi novio. Buscar opiniones ajenas no fue mi plan, pues tomarlas en cuenta fue lo que me metió en este rollo en primer lugar, pero creí que era totalmente válido y que dependía de mí prestarle atención o no.

Por último, compara resultado y aplica cambios permanentes

¿El monstruo está muerto for good?

Ya para la tercera semana me había ahorrado una hora de estupideces antes de salir a la calle. Me ahorré más de cuarenta horas mensuales de maquillaje y planchado. Mi rutina ahora era más sencilla y al llegar a mi casa en la tarde, veía mi rostro en el espejo y dejé de ver esa especie de máscara que tan poco relacionaba conmigo misma.

Muchas hemos tenido esa épica confrontación con nosotras mismas, es parte de lo que separa la adolescencia de nuestra adultez y nos hace conscientes de nuestro poder como seres individuales. Adquirir confianza y una autoestima de altura respetable es difícil, en especial cuando vives en el país de las “mujeres más bellas del mundo” es una batalla que deja a muchos heridos.

Pero es posible. Todo está en nuestra cabeza, y aunque no logremos lucir como una modelo perfecta de Glossier que se jacta de su naturalidad, sí podemos ser perfectas con nuestras imperfecciones. Es lo que nos diferencia de una Barbie producida en masa.

Después de estos mini retos que me impuse a mí misma, logré verme y gustarme de verdad. Ya era hora porque la verdadera yo no era tan mala ni tan fea. Gané la batalla contra mi monstruo personal, pero debo admitir que todavía me falta por pelear.

Y tú, ¿contra qué monstruos personales te da miedo enfrentarte?