Por qué el clóset de las Primeras Damas importa - The Amaranta

Por qué el clóset de las Primeras Damas importa

Y el de cualquier persona que busque influenciarte.
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En el mundo de la política, la imagen lo es todo. Si ya de por sí deben de cuidar lo que dicen, cómo lo dicen, cuándo lo dicen y por qué lo dicen, al panorama se agrega una variable que, al igual que todo lo demás, está previamente ensayada y estudiada: la ropa que deben usar.

En el caso de las primeras damas, es normal que sus códigos de vestimenta estén bien marcados. Incluso, algunos de sus nombres migraron a la industria de la moda como “fashion icons” porque asumieron su papel como Primeras Damas usando su influencia para jugar con la moda.

Como ocurrió con Jacqueline “Jackie” Bouvier Kennedy, que se negó desde un principio a contratar asesores de moda porque lo más importante era “ser ella misma”, Nancy Davis Reagan, con su eterna persecución con la moda femenina, y si nos queremos ir un poco más lejos con un tono dinástico, la Princesa Diana, que hasta el sol de hoy es recordada por sus elecciones de vestuario arriesgadas y atrevidas para la época, parte de su historial como trendsetter.

Cada prenda -una corbata, tacones, un vestido o un traje- es un oportunidad para comunicar poder y claridad, y en su caso, los líderes eligen cómo usar esas herramientas para influenciar a quienes los miran. Después de todo, desde mucho antes de que María Antonieta aplicara sus extravagantes rutinas de belleza, los líderes han estado usando la ropa para influir en la opinión pública.

Si de por sí, nosotros hablamos sobre nosotros mismos con la ropa que usamos, con fe de que transmite quiénes somos o quiénes queremos ser; para ellos, que están en el ojo público, este efecto se multiplica a la velocidad de la luz.

Aunque reconocer que un vestido puede influenciar nuestra opinión pelea con nuestra naturaleza en busca de ser objetiva, las opciones de vestuario subconscientemente pueden relacionarnos con las figuras públicas a nivel más personal; puede tentarnos a darles el beneficio de la duda o puede alienarnos por completo.

El mismo ejemplo de Barack y Michelle Obama, que son la epítome del buen manejo de la identidad a través de la ropa, han influenciado a una ola de políticos a seguir su ejemplo: Desde Justin Trudeau y Emmanuel Macron hasta sus esposas.

Estratégicamente dejando sus corbatas a un lado de vez en cuando, promoviendo diseñadores nacionales e incluyendo vestimentas un poco alejadas al dress code tradicional.

Mientras que Donald Trump, con su cabello, bronceado y devoción a los trajes y corbatas, ha contado una historia totalmente diferente.

Sin embargo, si tomamos en cuenta a la Casa Blanca actual, es Melania Trump la que se ha ganado el tema de conversación. Entre diseñadores negándose a vestirla y otros sometiéndose al escarnio público por hacerlo, cada uno de los vestuarios que usa está siendo cuidadosamente analizado.

No es que lo que ella use sea más importante que la paz mundial, la libertad de prensa o la política de inmigración; sino que tenemos la costumbre de apoyarnos en las Primeras Damas como “íconos” y buscar respuestas de lo que son, quieren ser y serán en un vestido o un par de tacones. Puede que parezca superficial, pero nada de lo que usan no está premeditado. Al final del día, es un recurso accesible para hablar de poder sin que nos demos cuenta, y hasta las Primeras Damas deben aplicarlo.