Así que el MoMa por fin abrió los ojos - The Amaranta
Siete décadas después...

Cuando el año pasado el Museo de Arte Moderno anunció que sus espacios consagrarían la primera exposición de moda desde 1944, la curadora Paola Antonelli fue la primera en señalar la idiosincrasia del asunto.

Después de asomar su posición en el website del Museo, resaltando que este históricamente “ha elegido no involucrarse con la moda en sus galerías o repositorios, receloso de los términos más antimodernos con los que a menudo se ridiculiza: efímero, estacional y caprichoso”, Antonelli explicó que cuando la entrevistaron para su actual trabajo en el MoMa, hace 30 años, ella preguntó por qué ellos no coleccionaban moda y obtuvo la misma respuesta: “la moda es tan efímera, es dictada por las estaciones, realmente va en contra de la idea de atemporalidad que está en el núcleo del concepto de lo moderno”.

Esto, por supuesto, no tiene sentido: el arte moderno no es eterno.

El arte moderno es tan susceptible al flujo y reflujo de las tendencias globales como lo es la moda; y si nos vamos a la “reinvención”, ambos están constantemente persiguiéndola porque saben que es el vehículo para progresar a la par con las costumbres, los gustos y las tendencias.

Mientras se construía la idea del arte moderno, lo “efímero” fue un factor importante: todo cambia, el arte, las ideas de diseño, los gustos. Ese es el secreto para mantenerlo “moderno”.

Así que rechazar a la moda por ser prácticamente sinónimo de modernidad es un juego que el Museo lleva jugando desde hace siete décadas; hasta que no pudo más.

Y así nació “Items: Is Fashion Modern?”

Curada por Antonelli y abierta al público a partir de este mes, la exposición contiene 111 artículos de ropa y accesorios que han tenido un impacto en el mundo en los siglos XX y XXI. Y aún cuando la modernidad se compone de lo efímero, el equipo curador quiso mirar más allá del favoritismo de la moda por lo cíclico e identificó elementos que han llegado a ser tan influyentes, que se quedaron permanentemente dentro de nuestra psique moderna.

Tal como le corresponde a una institución de Arte Moderno, esta exposición utiliza la historia como un trampolín para la “teoría de la moda”, tanteando algunas ideas de apropiación cultural, poder, estatus, rebelión, emancipación, modificación corporal y el desplazamiento de cuerpos disidentes. Moda política, después de todo.

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Sin embargo, como la exposición tiene sus raíces en la historicidad, permite que estas ideas se desarrollen por completo. Razón por la cual una sudadera roja con capucha Champion colgada contra una de sus paredes negras, es mucho más de lo que parece.

Y la explicación del por qué junto al perfume Chanel No. 5 está una colección de corbatas de hombre y por qué un Dashiki -la túnica africana- se yuxtapone a dos hileras de Yarmulkes judíos; si quieres exponer a la moda en 111 artículos, la mezcla será tan diversa que no tendrá sentido (y esto ha atraído a un par de críticos).

Pero aun así, con una exposición llena de “nada nuevo” y con mensajes que se pueden perder en un mar de artículos históricos, lo más importante de la galería, es que existe.

Siete décadas después, y con una interrogante planteada desde hace más de 30 años, la institución de Arte Moderno llegó tarde, pero llegó.

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