El fast fashion te hará querer saber de dónde viene tu ropa - The Amaranta
Y lo que tiene que ver Latinoámerica en todo esto

¿Qué es el fast fashion?

El fast fashion es el término que se le da a toda pieza indumentaria hecha bajo parámetros de producción inmediata, siempre tomando en cuenta que los recursos y la mano de obra deben mantenerse en precios muy bajos, para que la pieza sea preferida por su costo “económico” y su competencia no se beneficie del poder adquisitivo del target.

Además, tienden a reconocerse porque son prendas copiadas directo de la pasarela; y para el momento en el que el desfile comienza, la producción se organiza para que la diferencia de días desde que la tendencia se reconoció hasta que llegó a las vitrinas de la tienda no sea representativa. 

Por supuesto, esta filosofía de fabricación rápida a un precio asequible se utiliza en grandes minoristas, gigantes del mercado y la producción masiva como Zara (Inditex), H&M, Forever 21, Topshop, Mango y cualquier empresa que esté renovando inventario al menos una vez por semana para actualizarse con las nuevas tendencias del mercado.

Pero, es importante recordar que no todo lo que sigue tendencias es fast fashion: el énfasis de este método está en optimizar ciertos aspectos de la cadena de suministro para que las tendencias se diseñen y fabriquen de manera rápida y económica, así el consumidor convencional tiene un catálogo de estilos de ropa actuales a un precio mucho más bajo que el que dictaba el diseñador de pasarela.

Así como la moda ha bautizado este sistema de producción como “fast fashion”, también es abiertamente conocida como “moda desechable”, porque:

  1. Los recursos que utilizan para hacerla están diseñados para no ser duraderos
  2. La mano de obra es demasiado económica, por no decir gratis. Y,
  3. Tiende a pasar de moda muy rápido porque la moda es así de olvidadiza.

¿Cuándo nació el fast fashion?

Aunque pareciera una nueva propuesta de mercado porque son estas las generaciones que se han ganado el título como “consumistas de primera” (culpemos al capitalismo), este modus operandi se remonta mucho más atrás; el ciclo de la moda finalmente cobró velocidad durante la Revolución Industrial, con nuevas máquinas textiles, fábricas y ropa prefabricada.

Incluso, el primer paso en el proceso de agilizar la producción fue la máquina de coser en 1846, tanto por el costo, bajando el precio de la ropa sustancialmente, y un aumento en la escala de la fabricación.

A medida de que las nuevas tecnologías han facilitado la producción, más fácil ha sido remontarse (o imponer, según el autor que decidas seguir) a las necesidades del consumidor. Pero si queremos encontrar un punto de partida específico, podemos fijarnos en la década de los 60’s; cuando las tendencias de moda comenzaron a moverse a una velocidad vertiginosa.

La solución de los jóvenes que querían perseguir las nuevas modas, fue comprar ropa barata que rechazara las tradiciones de vestuario de las generaciones mayores.

Un tiempo después, las marcas no les quedó de otra que encontrar formas de mantenerse al día con la creciente demanda de moda asequible; lo que derivó en la apertura de fábricas textiles en todo el mundo para abaratar los costos de mano de obra. Así las empresas estadounidenses y europeas ahorraron millones solo subcontratando su trabajo.

Pero, ¿quién se convirtió en el primer minorista verdadero de "moda rápida"?

La respuesta no es muy clara, pues la mayoría de las empresas que hoy conocemos como referentes, comenzaron como pequeñas tiendas en Europa a mediados del siglo XX. Todos ellos se centraron en la ropa de moda económica, con el tiempo se expandieron por Europa, e invadieron poco a poco el mercado estadounidense en algún momento de la década de 1990 al 2000.

Aferrándose a la explotación en el extranjero como medio para aligerar los precios y reducir los costos, las marcas que conocemos en la actualidad se ganaron el puesto como los mayores representantes de este sistema de producción.

Sin embargo, ¿por qué tanto alboroto con el fast fashion?

Cuando pensamos en la practicidad y el consentimiento de los consumidores, la moda rápida no parece una mala propuesta. Pero cuando centramos la vista en los problemas que acarrea a nivel de producción, las cosas se empiezan a complicar.

Debemos reconocer que existen problemas importantes con nuestro sistema de moda actual, como prácticas laborales injustas y cantidades catastróficas de desechos. En una industria que históricamente se ha centrado en avanzar más rápido, es necesario considerar la desaceleración, al menos lo suficiente como para ser más conscientes de las compras que hacemos y lo poco que remuneran a las personas que pasan horas haciéndolas.

Ya hemos perdido la cuenta de los escándalos que las condiciones laborales de los fabricadores de este modelo de producción han protagonizado. Desde las horas extras, sin comida, ni descanso, ni aire, hasta el poco, y casi inexistente pago de los trabajadores. 

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Para poder tapar las pésimas condiciones de trabajo que reúnen todas las pesadillas de los defensores de los derechos humanos, las marcas minoristas encuentran a sus empleadores en el extranjero. Sobre todo en países muy pobres, en los que ofrecerle menos de un dólar por más de 16 horas de trabajo a una persona puede ser políticamente correcto: Turquía, México, Bangladesh, India, China, Indonesia, Camboya, Malasia y Sri Lanka.

Con el fin de mantener sus costos lo más bajo posible y, por lo tanto, maximizar los beneficios, muchas marcas masivas obligan a las fábricas en países como Bangladesh y la India a competir entre sí en materia de precios. Ya que los fabricantes no están dispuestos a soltar el negocio, hacen todo lo posible para no perder a sus clientes mayores, acordando bajar las tasas por su trabajo.

De por sí, las personas que más pierden son los trabajadores de la fábrica, el 85% de los cuales son mujeres. Pero la violación de los derechos de estas es tan escandalosa, que se han reportado casos de violencia por levantamientos; varias entrevistadas en el documental de Netflix, The True Cost, que trata sobre las repercusiones per se de la moda rápida, denunció que una vez que ella y los trabajadores intentaron formar un sindicato para exigir salarios más altos, fueron encerrados en una habitación y golpeados. A ese nivel de injusticia.

El colapso del edificio Savar en el 2013 en Bangladesh fue el accidente más mortal relacionado con prendas de vestir en la historia del mundo; y jugó un papel fundamental en la atracción de más atención al impacto de seguridad de la industria de la moda rápida.

Además de tomar en cuenta las repercusiones éticas, también existen repercusiones medioambientales que tienen un impacto irreparable. Como la producción masiva va en aumento, incluso se han dañado terrenos cuando intentan alterarlos químicamente para que produzcan más recursos a mayor velocidad.

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¿Qué tiene que ver latinoamérica en todo el alboroto?

Latinoamérica acostumbra estar un paso más atrás cuando de moda se trata, por lo que oficialmente el fast fashion no ha contaminado a la industria latina. Sin embargo, de por sí, podremos ser considerados cómplices del imperio de la moda rápida; pues, como tal, bajo el concepto del fast fashion, nosotros solo entramos en la categoría de consumidores, pues tendemos a importar los restos de líneas de ropa que no se vendieron en Estados Unidos y Europa para países latinos, sobre todos los que no están en sintonía con su vena modistica y no se consideran capitales de moda, todavía.

Sin embargo, lo más cerca que hemos llegado a colaborar con el fast fashion a nivel de producción, son con manufactureras en México, pero aunque las condiciones no son las más óptimas y el sueldo por el trabajo es bajo, no se comparan a los casos más graves al calibre de Bangladesh, Indonesia e India.

¿Existe solución?

La moda rápida también se ha asociado con la moda desechable porque ha entregado productos de diseño a un mercado masivo a precios relativamente bajos, pero sin calidad; en contraste, se inició un movimiento de “moda lenta”, que culpaba al fast fashion por la contaminación (tanto en la producción de ropa como en la descomposición de tejidos sintéticos) y la mano de obra de mala calidad. El slow fashion se estableció, desde hace un tiempo, como la posibilidad para desterrar al fast fashion de la industria.

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Sin embargo, la industria está tratando de implementar medidas regulatorias y supervisiones extras para confirmar que sus productos vienen de una buena relación laboral. Pero ya sabemos como son de contradictorias las marcas, así que no podemos cantar victoria, todavía queda mucho que hacer en el tema.