La mejor vestida probablemente tiene 10 dígitos más en su cuenta por tal mérito

En este momento nos encontramos en temporada de premios y con ella empezó el compás que hace bailar los números de las cuentas de Hollywood: la danza del capitalismo.

Durante años, hemos visto -y juzgado- los eventos artísticos desde la antesala, convirtiéndonos en parte de Fashion Police y siguiendo los pasos de la fallecida Joan Rivers para calificar los vestidos, colores, maquillajes y peinados que caminan por las alfombras rojas.

Solo que, desde hace un tiempo para acá, el terciopelo rojo ha sido testigo de más cosas que tacones, largas faldas y niñas corriendo de allá para acá practicando sus habilidades de carisma fingida.

Puede que te fascine:

Incluso, de unos años para acá nos tropezamos con muchas vertientes del activismo frente a los flashes, una muestra de esto fue el 2018 que abrió con una alfombra vestida de negro y pines que rezaban “Time’s Up”.

Y es que, los últimos movimientos condensados en premios y eventos especiales, han demostrado que las reuniones en Hollywood son más que los vestidos, colores, maquillajes y peinados.

O al menos no es todo lo que el escenario rojo hollywoodense quiere vender.

Hollywood también quiere vender su propia imagen, construida en convivencia con las marcas y empresas que representan; así como la larga lista de revistas y páginas web que registraban esas imágenes y hacían una cantidad impronunciable de ganancias con ellas.

Ignorar que dentro del perímetro conocido como “alfombra roja” existe una economía subalterna, que va más allá de lo lindo que se ve todo el mundo, es casi como tratar de tapar el sol con un dedo; y más aún cuando la lluvia de activismo ha estado inundando el previo de los premios -y los premios per se-; pues, este último cambio en la ecuación, además de impulsar una variedad de cuentas de banco, también pinta al mundo como un mejor lugar.

Sin embargo, es difícil ubicar en la línea de tiempo cuándo la alfombra roja se convirtió en una economía en sí misma; por lo que asumimos que fue en algún lugar a finales del siglo XX. Con o sin fecha, la luz de las cámaras en una alfombra se han convertido en una herramienta de marketing muy bien cultivada por generaciones.

Principalmente porque juega con la ilusión que nosotros, ingenuos seres humanos, compramos: la pretensión, en gran medida fabricada, de que las actrices y actores en realidad están eligiendo sus propios vestidos; una oda a su estilo personal y su expresión pura.

Pero esto, una vez más, solo ocurre porque ellos quieren que ocurra.

El hecho es que lo que vemos caminar por las alfombras es, a menudo, una apariencia que ha sido comprada y creada por una marca global o un grupo de marcas que quiere hacerse visible: desde ropa hasta zapatos, bolsos, joyas, relojes y peinados.

Y las personalidades involucradas están más que dispuestas a asegurar su futuro financiero vendiéndolo; porque ¿quién le diría que no a un vestido Versace? Menos aún si viene acompañado de un cheque.

Para cualquier gran espectáculo de premios (y por supuesto, los Globos de oro) los nominados acostumbran celebrar relaciones contractuales con marcas de moda, negociadas por gerentes y agentes, que requieren que usen un vestuario bajo pautas muy específicas de una selección muy específica.

Aún cuando sea un evento benéfico o una declaración en pro de los derechos de cualquier ser viviente.

Más bien, en dichos casos, algunas artistas han aprovechado para establecer contratos multimillonarios por promociones en la alfombra, con el propósito de donar las ganancias a la caridad.

Giorgio Armani, de hecho, se hizo famoso por descubrir este sistema de promoción con lo famosos. Fue el primero en darse cuenta de los beneficios potenciales y se convirtió en el padre fundador de la amistad entre la moda y Hollywood.

Pues, con acuerdos de tal calibre, todos ganan: una celebridad se pone un gran vestido, y una marca consigue que una persona famosa dé fama en su vestimenta.

Mientras todos miramos desde la comodida de nuestras casas. 

banner