Lo que ‘Master of None’ acierta sobre el amor moderno

¿Qué es lo que la serie de Aziz Ansari entiende sobre nuestros tiempos y por qué me quebró?

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Si hubiese hecho caso a las recomendaciones que recibí, no estaría escribiendo sobre Master of None tres años después de su estreno. La primera temporada de la serie ganadora de varios premios Emmy y un Golden Globe salió el 6 de noviembre de 2015 y no fue sino hasta febrero de este año que decidí darle una oportunidad. Después de ver un primer capítulo que no me atrapó en el 2017, mandé este proyecto de Aziz Ansari y Alan Yang al cementerio de las series que nunca terminé y solo miré atrás ocasionalmente, cuando alguien me decía que tenía que verlo. Cuando finalmente me embarqué en la aventura que implican dos temporadas de este cuento moderno, me di cuenta de que, de alguna manera, había logrado llegar tarde y exactamente a tiempo a él.

El momento en el cual consumimos contenido es crucial para definir el tipo de conexión que tendremos con este. En mi caso, ver Master of None este año me permitió experimentar la serie de una forma que no estoy segura de que hubiese sido la misma si hubiera seguido viéndola en el 2017. Hace un par de años era menos consciente de las dificultades que conlleva pertenecer a esta generación, quizá porque no me había tocado experimentarlas hasta el cansancio o tal vez solo no había reparado en ellas aún. Sin duda hoy en día tenemos muchos puntos a nuestro favor que las generaciones pasadas no llegaron a disfrutar, como el internet y los avances tecnológicos. Pero, ¿qué pasa cuando aquello que es considerado una fortaleza es también una debilidad?

Master of None
Netflix

A diferencia de David Bowie, algunos de nosotros no tenemos opción más que creer —y caer— en el amor moderno porque, después de todo, son los tiempos en los que vivimos. Sin embargo, no es fácil, y si alguna vez han tenido la impresión de que en el pasado las cosas parecían ser más sencillas para quienes se encontraban en búsqueda del romance, no están del todo equivocados. Hoy en día, tenemos una percepción del amor muy distinta a la que tenían nuestros abuelos o incluso nuestros padres: a diferencia de ellos, nosotros no vemos las relaciones, específicamente el matrimonio, como un acuerdo. Sí, queremos estabilidad económica y algunos hasta una familia, pero también deseamos que nuestra pareja, además de un/a compañero/a de vida, sea nuestro/a amante y nuestro/a mejor amigo/a; en pocas palabras: nuestra alma gemela. Además de eso, esperamos sentirnos así por cuanto tiempo dure la relación, lo cual, considerando que estamos apuntando a un matrimonio exitoso —en términos más abrumadores: eterno— y nuestra esperanza de vida ha aumentado, resulta, pues, bastante complicado.

En el 2017, cuando mi única preocupación era tener un novio guapo, yo no pensaba en esto. Hace dos años este asunto no representaba una angustia real para mí ni mucho menos me generaba ansiedad. Ahora, aunque a mis cortos 21 años no esté buscando un compañero por el resto de mi vida, sí me declaro culpable de ver el romance de la misma forma que mi generación: lo quiero todo. Quiero una pareja a la cual pueda comentarle cosas acerca de mi día al final de este, quiero que me cuente los mejores chistes y se ría de los míos, quiero que tengamos intereses y pasiones en común, quiero que me entienda cada vez que esté pasando por una crisis emocional, laboral o creativa, quiero que el sexo sea genial y, ¿por qué no?, que hagamos un buen equipo financieramente hablando.

Master of None gira en torno a Dev, interpretado por el mismo Ansari, un hombre de treinta años al cual seguimos en sus diferentes aventuras profesionales, familiares y, por supuesto, románticas. Cuando me refiero a esta producción de Netflix como un cuento moderno, es porque realmente pienso que capta a la perfección lo que significa ser un adulto joven en la actualidad. Como le pasa al protagonista en el episodio Religion, es muy probable que nuestra postura ante la religión difiera, por ejemplo, de la de nuestros padres o familiares mayores. Tampoco es inusual que nos cueste apreciar los sacrificios que estos hicieron cuando tenían nuestra edad porque estamos demasiado ocupados teniendo los llamados “problemas del primer mundo” e ignoramos nuestros privilegios y la magnitud de las dificultades a las que se enfrentaron ellos muchas veces por nuestro propio bienestar, escenario que se evidencia en el capítulo Parents. En cuanto al amor, Dev no se encuentra en la búsqueda de una buena mujer que sea capaz de llevar a sus hijos en el vientre ni de alguien que le facilite la renta de un apartamento; Dev busca una conexión.

Como la mayoría de la gente de su edad, lo que Dev busca en una pareja es una persona capaz de cumplir diferentes roles. Y como para toda búsqueda se necesitan herramientas, el personaje principal usa la que tiene a la mano y la que todos conocemos: la tecnología. En el transcurso de la serie, Dev redacta una cantidad considerable de mensajes de texto, siempre luchando por sonar ingenioso, pero no demasiado desesperado, creativo, pero relajado y aun así lo suficientemente ocurrente para recibir una respuesta digna. También vivimos su preocupación cuando potenciales parejas no dan señales de vida vía SMS o su frustración cuando decide probar con aplicaciones de citas en línea, como sucede en el episodio First Date. Ansari consigue mostrar esta faceta del romance moderno de una manera tan acertada que resulta extremadamente difícil no verse reflejado en las peripecias de Dev. No es de extrañarse que la serie se sienta como un retrato extremadamente fiel de las experiencias amorosas del millennial promedio si tomamos en cuenta que Ansari está empapado del tema: en el 2015 publicó un libro junto al sociólogo estadounidense Eric Klinenberg titulado Modern Romance: An Investigation.

Eric Klinenberg y Aziz Ansari
Patrick McMullan

En el libro, ambos hacen un minucioso estudio sobre las relaciones en la era de la tecnología, lo cual lleva a comparaciones con generaciones pasadas. Tal como explica Ansari, hace unos cuantos años las personas no contaban con la misma facilidad que tenemos nosotros para conocer a potenciales parejas. Ahora, además de redes sociales y aplicaciones como Tinder, que nos muestra a candidatos que se encuentran en nuestras proximidades, también pasamos por una fase desconocida para quienes vivieron antes que nosotros: la adultez emergente. Jennifer L. Tanner —PhD en Desarrollo Humano y Familiar— y Jeffrey Jensen Arnett —profesor del Departamento de Psicología de la Universidad Clark en Massachusetts— la definen como un período que va desde los 18 hasta los 29 años en su libro Debating Emerging Adulthood: Stage or Process?. Si les preguntan a sus familiares mayores cuántos años tenían cuando se casaron, lo más probable es que descubran que fue bastante temprano entre esas edades. En el 2017, sin embargo, la Oficina del Censo de los Estados Unidos determinó que el hombre y la mujer promedio se casan a los 29 y 27 años respectivamente. ¿La razón? Dicha etapa en la que la adultez, al parecer, se toma su tiempo en emerger. En la actualidad, usamos este período para enfocarnos en nuestros estudios, probar diferentes trabajos, tener varias relaciones amorosas con el fin de descubrir qué es lo que queremos y lo que no y, en general, convertirnos en personas más completas.

Durante este tiempo, miles de personas pasan frente a nosotros. En mi caso, ya conocí al novio adolescente con el que, años después, te das cuenta de que no tenías nada en común; al tipo alto y con barba que es tan pretencioso como estúpido; al hombre con el que no te llevas tan bien, pero que de igual forma idealizas y termina teniendo una relación con una de tus amigas cercanas; al que te cae mal, pero no dudas en besar porque estás aburrida; al que hace absolutamente todo bien e igual no te convence; al que te gusta, pero acaba de terminar una relación y aún no supera a la ex; y del que te enamoras cuando ya es demasiado tarde. Este proceso, honestamente, cansa. Me quedan varios años de adultez emergente en los que probablemente también conoceré al tipo con la madre insoportable, al que terminará siendo gay, al que mi familia no aprobará y, si tengo suerte, a aquel compañero capaz de cumplir diferentes roles. Todo esto suena divertido y, por un tiempo, lo es, pero cuando le agregas la presión que implica tener intercambios 2.0, los cuales son casi necesarios si quieres tener una relación hoy en día, la situación puede volverse agobiante. ¿Le mando un DM (Direct Message)?, ¿espero que monte una historia para respondérsela?, ¿debería responderle esta?, ¿qué le digo?, ¿le aviso que me voy a dormir o le contesto el mensaje al día siguiente diciéndole que me quedé dormida?, ¿le doy los buenos días o eso es muy intenso?, ¿le comento la foto o va a pensar que me quiero casar con él?, ¿le respondo inmediatamente o lo hago esperar el doble de lo que él me hizo esperar a mí?, ¿les doy like a sus publicaciones viejas para que sepa que me gusta?, ¿será que va a desaparecer y dejarme de hablar sin razón alguna?

Aunque sí se enfrentaron a otros problemas, mis padres y mis abuelos no tuvieron este. Mandaban cartas, llamaban por teléfono o dejaban mensajes de voz. Todas estas alternativas suponen un tiempo de espera, así que no saber nada de la otra persona por unos días no era motivo de crisis. Ahora, con la inmediatez que implican los avances tecnológicos, apenas unas horas de silencio pueden generar sospechas y si hablamos de más de 24, es probable que nos encuentren como a Britney Spears en el 2007. Además de esto, también tenemos que lidiar con el hecho de que tenemos un exceso de opciones en la actualidad y no, esto no facilita la cuestión. Anteriormente no era inusual que las personas se casaran con alguien que viviese en su edificio o a unas cuantas calles si no en la misma. Ahora, salir con un vecino es inhabitual. Por un lado está la adultez emergente, la cual en muchos casos nos obliga a estudiar o trabajar lejos de nuestros hogares y, por ende, extiende nuestra lista de candidatos. Por otro lado, está la tecnología, la cual, con aplicaciones y redes sociales, nos lleva a una inmensa lista de solteros que podrían resultar potenciales parejas. Esto nos conduce a una cantidad enorme de alternativas, cosa que con el tiempo nos ha hecho demasiado mañosos y selectivos.

Según Zygmunt Bauman, esto es consecuencia del modelo consumista. En su libro Amor líquido, el sociólogo y filósofo polaco plantea que dicho estilo de vida nos ha conducido a basar el valor que les damos a otras personas en los beneficios que estas, como objetos de consumo, nos ofrecen. Sometemos a quien sea a una escrupulosa evaluación y descartamos gente que ni siquiera conocemos solo porque no nos gustan sus tuits o el equipo al que le van. A su vez, sabemos que otra persona puede estar haciendo lo mismo con nosotros, así que debemos enfrentarnos no solo a la incertidumbre que produce no saber si somos su única opción en un vasto mercado de solteros, sino a la ansiedad que genera el tener que vendernos a través de una pequeña biografía y unas cuantas fotos con la esperanza de que alguien nos considere valiosos y capaces de aportarle beneficios.

Salir y tener citas en la actualidad requiere de esfuerzo y energía. En un fragmento no coincidencialmente titulado Agotamiento, Ansari describe la situación de un hombre que conoció mientras investigaba sobre el romance moderno. Arpan, de 29 años de edad, admitió estar hastiado y sumamente cansado de salir con gente, tanto que sentía que la experiencia lo había transformado en otra persona. Según él, había pasado de mandar mensajes delicados a las chicas con las que le interesaba salir, a tener exactamente el mismo intercambio impersonal con todas. Arpan ya no hacía el más mínimo esfuerzo; de hecho, ya no se molestaba en invitar a sus citas a cenar en restaurantes lujosos, sino que iba por unos tragos con ellas, siempre en bares que quedaran a no más de seis cuadras de su apartamento porque incluso trasladarse más allá de eso implicaba un sacrificio. “Me siento exhausto. Estoy en un punto en el que quiero decir ‘¡Encuéntrenme a alguien!’”, le comentó Arpan a Ansari. Definitivamente es un proceso que nos gasta y genera cansancio emocional y mental, así que no es sorprendente que una persona tan joven como yo ocasionalmente se sienta derrotada, sola y agotada. De hecho, así fue exactamente como me encontró Master of None a principios de este año.

Master of None
Netflix

La serie está tan bien lograda que, aunque presenta muchos de los puntos en los que consiste este retrato de la modernidad desde una perspectiva masculina, nunca, ni por un momento, dejé de sentirme identificada. Como Dev, yo también me esforzaba por mandar mensajes ingeniosos, pero no demasiado desesperados, creativos, pero relajados y aun así lo suficientemente ocurrentes para garantizarme una respuesta digna. Como Dev, yo también extraño sentir una conexión genuina con otra persona. Como Dev, yo también me siento sola. Y como los amigos de Dev hacían con él, todos los míos me entienden. ¿El porqué? Porque todos se sienten exactamente igual.

Mientras leía Modern Romance: An Investigation, varios fragmentos llamaron mi atención, específicamente los que hablaban de cosas que yo había vivido. Esas partes en las que Ansari mencionaba hechos como el de las altas probabilidades de que les parezcamos menos atractivos a aquellas personas para las cuales estamos disponibles con más frecuencia o el de nuestra tendencia a no conformarnos con relaciones que no sean más que solo buenas, fueron en las que me vi reflejada. Irónicamente y a pesar de que gran parte del libro gira en torno al hecho de que la tecnología a veces funciona como una traba para nuestra generación, decidí publicar aquellos fragmentos con los que me identifiqué en mi historia de Instagram. En muy poco tiempo, recibí varias respuestas y todas decían más o menos lo mismo: “¿Qué es esto y por qué sabe todo sobre mi vida?”, “Esto me pasa a mí”, “Esto explica mi vida amorosa”, “Jajaja, soy yo”, entre otras cosas. Un amigo incluso me preguntó si podía compartir mi historia porque había conectado mucho con ella. Estas reacciones se sumaron a las anécdotas de la mayoría de mis amistades cercanas, quienes en no menos de una ocasión me han expresado que están exhaustos de este “juego”. Por cada fracaso amoroso, pueda este ser considerado severo o no, los escucho decir un “Siempre es lo mismo”. Ese sentimiento de derrota es familiar para Aziz Ansari y por ello lo explora con tanta gracia en Master of None.

Ahora, decir que la serie solo indaga en las desventajas de vivir en estos tiempos, el desamor y el fracaso sería una mentira. Master of None, siempre con una dosis de humor y extremo cuidado, toca temas como el racismo, la homosexualidad, el acoso sexual, la senectud y la muerte. En el ámbito amoroso, cuenta con una gran cantidad de momentos preciosos; de hecho, son esos los que realmente me rompieron el corazón. Fueron los créditos finales de episodios como Nashville, Mornings y Amarsi Un Po los que me vieron llorar desconsoladamente. Esta vez no se trataba de verme reflejada en la serie, sino de anhelar con todas mis fuerzas lo que veía en ella. Ansari nos muestra ese modelo de relación al cual aspiramos los millennials, esa conexión que sabemos que es posible pero que cada tanto tiempo parece inalcanzable y yo, que ya me sentía bastante vulnerable, ahora era consciente de esa vulnerabilidad.

Mi última experiencia amorosa fue de todo menos fácil. Era la primera vez que sentía que había un entendimiento mutuo tan fuerte que no solo parecía que nos conocíamos desde hacía años, sino que lo haríamos por siempre, a pesar de los cambios y el crecimiento que inevitablemente experimentaríamos a través del tiempo. Compartíamos intereses y teníamos puntos de vista diferentes acerca de las mismas cosas, una dinámica de la cual surgía una extrema admiración por el otro y su manera de pensar. Realmente era todo lo que quería, pero nunca lo tuve. Fue una relación que jamás se concretó y terminé sintiéndome igual que cuando vi esos episodios felices de Master of None: había tenido frente a mí exactamente aquello que anhelaba solo para darme cuenta luego de que no lo poseería jamás. Desde entonces, he conocido a otras personas, pero el sentimiento de derrota persiste. No conecto con nadie y no existe quien me convenza. Aquella experiencia fue desoladora, dejó una herida que aún duele y la serie de Aziz Ansari fue la sal.

Los siguientes tres días después de terminar las dos temporadas no fueron agradables. Fue como si alguien me hubiese dicho que aquellas cosas buenas y conmovedoras que vi en la serie jamás me iban a pasar a mí. Me sentí triste, empecé a analizar relaciones pasadas y a odiarme por las cosas que alguna vez hice mal. Sin embargo, eventualmente las cosas mejoraron cuando empecé a verlas desde otra perspectiva. Sí, Dev había estado en mi lugar también: “Extraño ese sentimiento. Cuando estábamos juntos, haciendo todas esas cosas, realmente sentí que tenía una conexión con alguien. Y se sentía bien. Ahora solo me siento solo”, le dice a su amigo Arnold en el episodio Buona Notte. Pero Dev también había encontrado a alguien con quien tenía un entendimiento especial y si él lo había logrado, no debería existir ninguna razón por la que yo no pudiese hacerlo. La presión que la tecnología pone sobre nuestros hombros y la frustración que la acumulación de fracasos amorosos nos genera a veces son culpables de que olvidemos lo jóvenes que realmente somos y el tiempo que nos queda. Leer el libro de Aziz Ansari también ayudó, pues me ofreció explicaciones y me hizo ver que más bien lo raro sería que no me sintiera así de vez en cuando.

Por supuesto, aún hay días buenos y días malos. A veces siento que me va lo suficientemente bien en otros aspectos de mi vida como para no preocuparme tanto por el ámbito romántico. Momentos en los que simplemente me siento esperanzada y con una autoestima decente que me hace pensar que quizá no soy un mal partido y tal vez alguien pueda ver eso en el futuro. Sin embargo, también existen los “mean reds”, esos días horribles a los que se refiere Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany’s. En esos momentos me invade una cruel mezcla de sentimientos: por un lado, creo que no estoy destinada a vivir ese ideal romántico que tienen los millennials puesto que jamás encontraré a alguien que satisfaga mis necesidades; y por otro lado, me siento incapaz de cumplir con las expectativas que pueden tener otras personas sobre mí, por lo cual seré descartada eventualmente. A pesar de que el tema aún es una inquietud en mi mente, la serie me dio otra perspectiva sobre él y me hizo entender que no estoy sola, por lo que ahora, al final de estos “días rojos”, trato de pensar en lo que me dejaron esas dos temporadas y me convenzo de que aquellos momentos preciosos que vi en la pantalla podrían sucederme a mí también.

Conecté de tal forma con Master of None que cualquier cosa que pueda decir sobre ella sonará como una exageración. En el 2017, probablemente me habría parecido una serie excelente, con referencias cinematográficas muy bien logradas —la segunda temporada homenajea al cine italiano de una manera impecable— y momentos tanto tiernos como desesperanzadores. En el 2019, sin embargo, además de parecerme todo eso y más, se convirtió en algo que se quedará conmigo por siempre. El momento en el cual consumimos contenido es crucial para definir el tipo de conexión que tendremos con este y yo, sin duda, me siento agradecida de haber desenterrado Master of None de aquel cementerio cuando lo hice.

  1. Enamorado. Ya te lo dije una vez, y te lo vuelvo a decir: este artículo es una obra de arte.

    Btw, saber que aún formo parte de tu artículo me hace sonreír cada día.

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