La inocencia corrompida, el secreto de las películas de terror

La inocencia corrompida, el secreto de las películas de terror

Es un hecho: las películas de terror dan más miedo cuando hay niños en ellas

Las películas de terror, por definición, intentan causar en el espectador sensaciones de incomodidad, desagrado y, por supuesto, miedo. Rituales satánicos, criaturas monstruosas, asesinos sangrientos, aliens… todo lo que pueda pertenecer a un ambiente de pesadilla es utilizado con este fin, pero el recurso más terrorífico del género es algo más simple, algo que ni siquiera da miedo a primera vista, y Hollywood lo sabe. 

Basta solo con que pensemos en Regan de  The Exorcist (1973), en Carol Anne de Poltergeist (1982) o en Damien en The Omen (1976) para darnos cuenta de que la corrupción de la inocencia es de los recursos más utilizados y también uno de los más efectivos. El horror en este tipo de películas se construye capa por capa, agregando desde elementos tan obvios como la lucha interna del bien contra el mal, hasta modelos arquetípicos más profundos que sacuden las raíces de nuestra propia humanidad. 

El primero de estos elementos, el más evidente y menos sorprendente —aunque no por eso deja de ser eficaz— es la contraposición del bien y el mal en una figura tradicionalmente pura como la de un niño. Es difícil imaginar que un niño sea capaz de causar cualquier tipo de daño, por lo que el horror que ocasiona verlos en películas de terror es inesperado. Tal disrupción entre caracteres tan disímiles genera gran impresión en una audiencia que por largo tiempo estuvo acostumbrada a ver el mal personificado en figuras horribles.

Sin embargo, el miedo a los elementos infantiles no tiene que quedar en lo superficial, ya que incluso puede provenir de nuestra parte menos consciente. Las teorías desarrolladas por el psicólogo Carl Jung sobre los arquetipos ofrecen mayor profundidad en cuanto a por qué lo infantil funciona para generar pánico en las películas de terror. Las figuras arquetipales de Jung representan imágenes del inconsciente colectivo que se repiten en todas las civilizaciones, formando parte innata de la psique humana.

Carl Jung inocencia
Carl Jung
Bettmann Archive / Getty Images

Dice Jung que “hallamos cualidades arquetípicas en los símbolos, lo que explica en parte su atractivo, utilidad y recurrencia”. Estos símbolos se manifiestan principalmente en el arte aunque no son exclusivos de este. Se trata de personajes estereotípicos que fácilmente reconocemos por sus actitudes y lo que representan. Un ejemplo es el de la madre como personificación de la feminidad, la fertilidad y la protección. Sin embargo, los arquetipos no se quedan allí, pues estos también pueden describir procesos o etapas en la transformación de una sociedad o un individuo en particular. 

En 1940, Jung escribió el ensayo Psicología del arquetipo infantil, en donde explica que la figura del niño tiene más de una interpretación. Quizás la más obvia es la que representa al infante en su forma física, pero esta no es necesariamente la más precisa según Jung, pues los modelos arquetipales no se limitan solo a las figuras más simples. Para el psicólogo, la explicación más acertada del arquetipo del niño es la siguiente:

El motivo del niño representa el aspecto preconsciente de la infancia de la psique colectiva.

Carl Jung

El niño pasa entonces a ser más que esa persona que vemos en cámara y se convierte en lo que Jung llama la figura primitiva del ser. Esta representación puede apelar a nuestro progreso como sociedad o a un desarrollo más personal del individuo, y en ambos casos está vinculada con la seguridad que sentimos frente a un pasado y presente conocidos, pero no está limitada únicamente a la infancia. 

Getty Images

Debido a que Jung lo llama el arquetipo del niño, tendemos a pensar de inmediato en nuestros recuerdos de cuando éramos pequeños, después de todo, esta es la etapa en la que estamos más protegidos. Sin embargo, la simbología del niño puede aplicarse a cualquier momento en el que la persona se haya sentido inocente y segura en su entorno. 

El psicólogo también plantea que, en una interpretación más abierta de este modelo arquetípico, el niño representaría la postura conservadora que tomamos frente a cambios que inevitablemente ocurren y es de alguna forma un instinto de protección que tenemos sobre aquello que consideramos estable en nuestras vidas.

Romper con esta idea de comodidad que podamos tener en cualquier etapa de nuestras vidas naturalmente genera miedo, pues nos abrimos a un mundo lleno de adversidades. Pongamos el ejemplo de un cambio de trabajo o carrera. Inicialmente, uno se encuentra en la infancia arquetipal, una etapa reconfortante en la que se está seguro, lejos de peligros, pero el cambio viene a interrumpir eso, trayendo consigo un miedo latente a lo desconocido. Esto es parte del discurso de las películas de terror. La niña, que ya no está en una posición segura ni inocente, es poseída por un ente maligno que la hace cometer atrocidades, introduciéndola a la maldad del mundo.

Poltergeist terror
Poltergeist (1982)
Metro-Goldwyn-Mayer

Por otra parte, Jung también dice que el arquetipo del niño no representa solo nuestra etapa más primitiva. Otra de las acepciones que propone es la de la imagen del niño mitológico, el niño-dios o el niño con características sobrehumanas. Esta personifica la esperanza y el potencial futuro que muchas veces vemos destruido en las películas de terror. Pensemos en Georgie de It (1990) y cómo Pennywise atormenta a Billy hasta su adultez por no haber salvado a su hermano.

Es normal que la mayoría de la películas utilicen a niños reales para representar el arquetipo de la forma más tangible, pero otros elementos también pueden simbolizar pureza enajenada. Cualquier cosa que nos recuerde a nuestra infancia podría fácilmente funcionar para establecer una relación con la figura arquetipal. 

Chucky y Annabelle
Chucky (1988) |  Annabelle (2014)
Metro-Goldwyn-Mayer | Warner Bros.

Aquí es cuando entran en juego películas como Chucky (1988) y todas sus secuelas, Annabelle (2014) e incluso  It (1990), que a pesar de depender de personajes infantiles como recurso indispensable, la criatura que atormenta y causa verdadero temor es el payaso asesino. Todos estos elementos nos asustan porque reflejan partes de nuestra vida siendo corrompidas por fuerzas que desconocemos o no podemos controlar. Se trata de un miedo al cambio internalizado desde la idea del arquetipo.

Las películas de terror solo necesitan imágenes que recuerden a la infancia para lograr esta conexión con el arquetipo y últimamente los payasos son las figuras predilectas para establecer este vínculo. La coulrofobia —miedo a los payasos— se popularizó en los ochenta gracias a la novela It (1986) de Stephen King y a raíz de los crímenes de John Wayne Gacy, también conocido como el payaso Pogo, el asesino en serie que inspiró la novela. Hoy en día, este es uno de los temores más comunes y la razón de esto está ligada a su relación con el arquetipo del niño.

It terror
It (1990)  | Gacy como Pogo (1976) 
ABC | Martin Zielinski

Las muestras más recientes de payasos, quienes en principio solo se veían como una diversión para niños, son terroríficas porque sabemos que detrás de un maquillaje exagerado se encuentra oculta otra cara de la moneda que no conocemos: una dualidad entre el bien y el mal que choca al espectador, la competencia de los impulsos naturales del ser humano que quieren salir a flote pero están escondidos debajo de una nariz roja y cara blanca. 

Estas representaciones de payasos tienen su origen en la literatura, pues en ella se promovió la sensación de desconfianza hacia estos, ya que se mostraban como personajes más humanos, pero de la peor forma posible. La efusividad e inocencia característica de los payasos que, además, recuerda al comportamiento de los niños, era contrarrestada con cuadros de depresión y alcoholismo de los hombres detrás del disfraz. Charles Dickens representa esto muy bien, principalmente en su biografía de Joseph Grimaldi, un famoso payaso y mimo del siglo XIX.

Los payasos son especialmente aterradores porque a pesar de su exterior supuestamente amigable, vinculado a la etapa de seguridad y confort con la que se relaciona el arquetipo infantil, detrás de todo el maquillaje se esconde un adulto, lleno las perversiones y los vicios que implica crecer. 

Los directores siempre buscarán nuevas formas de innovar en las historias de terror para traumatizar a salas de cine completas, pero se ha comprobado que la fórmula de lo infantil funciona y aunque llegue a ser un recurso gastado y en ocasiones cliché, bien utilizado puede helar la sangre de cualquiera porque, a final de cuentas, nada da más miedo que nosotros mismos y los niños en las películas de terror están allí para recordárnoslo.

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