La resurrección de la música disco a través del pop

La resurrección de la música disco a través del pop

En los últimos años, el trap y el hip-hop han dominado la industria musical. Con un mayor enfoque en el ritmo que en la melodía, versos y estribillos más hablados que cantados, beats en bucle y un exceso de contrapuntos, estos géneros han acaparado los éxitos radiales de la actualidad y se han colado incluso en canciones pop como 7 rings, de Ariana Grande, y Look What You Made Me Do, de Taylor Swift, las cuales han hecho uso de algunos de sus elementos para no perder relevancia y convivir junto a composiciones de Drake o Post Malone en las carteleras. Lo curioso es que, desde 2020, esta tendencia ha encontrado oposición en una influencia que ha tomado fuerza tanto en Billboard como en Spotify: con su vibra bailable y su ostentosa instrumentación, la música disco actualmente inspira a artistas como Dua Lipa, The Weeknd, Doja Cat y BTS.

Drake, Post Malone, Ariana Grande y Dua Lipa son de los artistas más importantes del rap y el pop
De izquierda a derecha: City of Toronto/Getty Images/Shutterstock/American Broadcasting Company

Si bien el trap y el hip-hop no han perdido su poder en las carteleras, las grabaciones con elementos de la música disco han representado un desafío para estos géneros. Aunque no es la primera vez en el siglo XXI que reaparecen rasgos de este estilo característico de finales de los setenta, su resurgimiento en la era del streaming resulta más notorio gracias a la disparidad tan grande que mantiene con las canciones de rap: mientras que una composición típica de Migos o Roddy Ricch tiene un beat repetitivo, una vocalización poco energética y líneas sobre la violencia, el dinero y los lujos, grabaciones de Donna Summer o Chic incluyen armonías con múltiples capas, melodías activas y dinámicas, y letras que hablan del amor, la libertad y el erotismo. Sin embargo, para comprender por qué estos estilos musicales empezaron a competir en 2020, hay que saber cómo el disco nació en la escena underground, murió rápidamente y renació de las cenizas muchos años después.

En los setenta, la pista de baile era el centro del universo

En la película Saturday Night Fever, de 1977, Tony Manero (John Travolta) es el rey de la pista de baile y su objetivo en la vida es que sus movimientos lo conviertan en el centro de atención cada fin de semana en la discoteca. Aunque encapsula la era de la música disco de forma icónica para muchos, el filme de John Badham no representa del todo bien la escena donde esta se gestó y popularizó a principios de los setenta. Según un estudio sobre la historia de la danza como actividad social, hecho por Richard Powers junto a la Universidad de Stanford, el ambiente en el que se creó la subcultura original de este género era una fusión de latinos, afrodescendientes y miembros de la comunidad LGBTQ+

La unión de estas culturas y minorías que encontraron un hogar en el que eran aceptadas y se movían juntas para celebrarlo se evidencia en los elementos que hicieron al disco lo que conocemos hoy en día: la sensibilidad pop y los grandes arreglos de conjuntos de cuerdas fueron tomados del soul, el estilo chicken scratch de las guitarras provenía del funk y el compás cuatro por cuatro repetitivo de la batería fue una reinterpretación de los tambores típicos de la salsa, el tango y el bossanova, a la vez que las letras sobre el amor, la liberación sexual y el erotismo derivaban tanto del movimiento psicodélico que se había gestado en los sesenta como del ethos de que “el placer es político”, común entre la comunidad LGBTQ+ después de los disturbios de Stonewall, según el periodista Peter Shapiro en su libro Modulations: A History of Electronic Music.

Duke University Press

A pesar de que no existe un lugar exacto en el que se haya dado el nacimiento de la música disco, muchos se lo atribuyen a las fiestas privadas de la comunidad LGBTQ+ en Nueva York, sobre todo a las que organizaba el DJ David Mancuso en su casa, que pronto se convirtió en The Loft, un club underground al que solo se entraba con invitación y donde Mancuso solicitaba que las canciones fuesen rítmicas y tuvieran inclinaciones hacia el soul y letras que resonaran con la esperanza, el orgullo y la redención, según Bill Brewster y Frank Broughton en el libro Last Night a DJ Saved My Life. Poco tiempo después, surgieron otras discotecas similares en sus cercanías, como The Gallery y Paradise Garage, y gracias a la aparición de estas, latinos y afroamericanos se unieron paulatinamente a la escena. Fue así, entonces, como se formó la subcultura del disco, esa que se mantuvo lejos del radar de lo mainstream a principios de los setenta.

En el libro Hot Stuff: Disco and the Remaking of American Culture, la profesora de historia Alice Echols explica que a la música disco le tomó algunos años ganar relevancia en las radios y listas de popularidad, gracias a que los clubes predominantemente queer eran prácticamente desconocidos para la población general: “Para el momento en que Vicente Aletti escribió sobre lo que llamó ‘melodías de fiesta’ y ‘rock de discoteca’ en la edición de otoño de 1973 de Rolling Stone, los homosexuales llevaban tres años bailándolo. Pasó otro año antes de que Billboard crease la cartelera Hot Dance Club y dos más antes de que los grandes sellos tomaran en serio al género”, expuso la historiadora.

Paulatinamente, gracias al éxito de las pistas de baile underground y el interés de la gente por comprar las grabaciones con las que los DJs invitaban a las personas a liberarse y bailar sin parar, canciones como Love Train, de The O’Jays; Love’s Theme, de The Love Unlimited Orchestra; Rock the Boat, de The Hues Corporation; y Never Can Say Goodbye, de Gloria Gaynor, llegaron al número uno del Billboard Hot 100 entre 1973 y 1975, aun sin contar con un apoyo especial por parte de las estaciones radiales. No obstante, este apenas era el comienzo de la transición de esta subcultura a un fenómeno que definiría la década de los setenta.

La fiebre por la sofisticación de la discomanía

A finales de 1977, dos grandes eventos aceleraron el crecimiento de este género y lo transformaron en una manía que contagió al mundo entero de la euforia de la música disco. El primero de ellos fue un cambio en las políticas de admisión de los grandes clubes del centro de Nueva York, los cuales solamente dejaban ingresar a invitados influyentes en las industrias del cine, la moda y el arte, o pertenecientes a la élite de la ciudad, según Ioana Stamatescu en Le Freak, C’est Chic! Disco Culture and Whit Stillman’s The Last Days Of Disco. Esto ocasionó grandes filas de personas que esperaban para ser admitidas en las discotecas, especialmente en Studio 54 —el corazón de lo que algunos llaman la era dorada del disco—, lo cual llevó a que la popularidad de estos locales aumentase y el fenómeno pasase de ser un movimiento oculto para las masas a uno renombrado.

Aunque la reforma de las políticas de los clubes fue sumamente importante para que el estilo de vida de los seguidores de este género se volviese algo deseable, lo que realmente inició la discomanía que definió los últimos tres años de la década de los setenta fue el estreno en cines de la historia de Tony Manero como el rey de la pista de baile al ritmo de las canciones de los Bee Gees en diciembre de 1977. Saturday Night Fever se convirtió rápidamente en el tercer filme con mayor recaudación de ese año, llegando a obtener ganancias de más de $237 millones mundialmente, y su banda sonora fue un éxito rotundo: se convirtió en el álbum más vendido de 1978, tres de sus canciones llegaron al número uno en las listas de popularidad de varios países y, en 1979, ganó el Grammy al álbum del año. La película de John Badham representó la apropiación de los espacios comunes de la música disco por los hombres caucásicos heterosexuales y convirtió la danza entre parejas de distintos sexos en el foco de las discotecas.

Póster de Saturday Night Fever (1977), de John Badham
Paramount Pictures

El éxito de Studio 54 y Saturday Night Fever permitió que “la necesidad de moverse, de bailar y de ser quien se desea ser”, como escribió Pauline Kael en su reseña del filme para The New Yorker, se esparciera por todo el mundo. Esta nueva manía llevó a que el número de clubes de música disco en Estados Unidos aumentase de 1.500 a 45.000 en los siguientes dos años. Entre 1978 y 1979, íconos de este género como Donna Summer, los Bee Gees y Chic alcanzaron los picos de sus carreras y varias estaciones radiales de rock pasaron a ser exclusivamente de disco. Además, artistas y bandas como Rod Stewart, Queen, David Bowie y Kiss comenzaron a usar elementos de este estilo musical en sus composiciones. Al final, todos deseaban perderse en el ritmo de la música en la pista de baile para olvidarse del mundo ordinario.

Mientras más personas se sumergían en la humedad y el calor de las discotecas, el espíritu que distinguía a la subcultura que vio nacer a la música disco se desvirtuaba. La exclusividad de los clubes como Studio 54 convirtió la escena en un cosmos en el que las personas iban a mostrarse como lo hacía Tony Manero, lo que resultó en la pérdida del sentido de comunidad entre esos grupos que escapaban de la cotidianidad a través de la danza colectiva. Era la discomanía la que ahora llevaba al género a su muerte.

Las afueras de la discoteca Studio 54
Polaris Images

La noche que la música disco murió

Durante los últimos dos años de los setenta, la corrupción de los valores de quienes hacían vida en la escena de la música disco se sumó a la popularización de un movimiento que la rechazaba. Integrado en su mayoría por fanáticos y artistas del rock, este grupo sostenía que el género que dominaba las carteleras era superficial, aburrido, repetitivo y poco audaz, según escribió Frank Rose para Village Voice en 1979. El DJ Steve Dahl, quien había sido despedido en diciembre de 1978 de una de las estaciones radiales que había cambiado de categoría musical, lo clasificó como una enfermedad llamada disco-distrofia y afirmaba que había que tomar las acciones necesarias para detener esta plaga, una meta que eventualmente logró en un campo de béisbol.

El 12 de julio de 1979, en el Campo Cosmikey de Chicago, se llevó a cabo un evento conocido ahora como Disco Demolition Night, organizado por Dahl y Michael Veeck, gerente de promociones e hijo del dueño de los Medias Blancas de Chicago. A cualquiera con un álbum de música disco en sus manos se le permitió entrar al doble juego entre los Tigres de Detroit y el equipo originario de Illinois por tan solo 98 centavos. El recinto estaba lleno más allá de su capacidad y el número de personas que fueron a ver el juego era inferior al de los fanáticos del rock que habían ido para expresar efervescentemente su rechazo hacia el género de Diana Ross, Chic y ABBA, según el historiador Gillian Frank en Discophobia: Antigay Prejudice and the 1979 Backlash against Disco.

Carteles en la Disco Demolition Night en 1979
Getty Images

Los asistentes se volvieron escandalosos y comenzaron a arrojarles los LPs a los jugadores, quienes se tuvieron que refugiar en su clubhouse por protección. Poco después, Steve Dahl, vestido con un uniforme militar y manejando una camioneta Jeep, entró al campo de juego, donde colocó una caja gigante con más de 50.000 álbumes de música disco y la hizo explotar con fuegos artificiales. Luego de esto, alrededor de 7.000 fanáticos crearon un disturbio en el centro del recinto mientras prendían hogueras, lanzaban petardos a los balcones, arrancaban el césped y rompían los LPs con sus propias manos. Finalmente, la policía llegó con indumentaria antimotín y despejó el área. Aunque más de treinta personas fueron arrestadas y el segundo partido tuvo que ser cancelado, el verdadero impacto de esta revuelta fue su papel en el ocaso de la popularidad del disco, pasando a conocerse culturalmente como la noche que este género musical murió.

Para muchos de los seguidores de la música disco, esta muerte significó más que el declive de la popularidad del género; era la desaparición de una subcultura que le había dado un espacio a ciertas minorías. Según Walter Hughes en In the empire of the beat: Discipline and disco, “incluso la crítica más sutil del disco hacía eco implícitamente de las opiniones homofóbicas respecto a una minoría de hombres gays: este estilo era ‘vacío’, ‘repetitivo’, ‘sintético’, ‘tecnológico’ y ‘comercial’, así como los varones que lo bailaban juntos eran ‘antinaturales’, ‘triviales’, ‘decadentes’, ‘artificiales’ e ‘indistinguibles’”. Adicionalmente, en In Defence Of Disco (Again), el periodista Tim Lawrence explica que este rechazo no involucraba solamente a los homosexuales, sino también a las mujeres, los latinos y los afrodescendientes que se habían unido a esta movida y estaban desplazando al hombre caucásico y heterosexual del centro de la cultura pop americana. La Disco Demolition Night no fue simplemente el homicidio de un ambiente que amaba la danza, la sofisticación y la sensualidad, sino de todo el progreso logrado en la industria musical por los marginados que lo integraban.

Steve Dahl posando con la caja llena de álbumes de música disco (1979)
Steve Dahl posando con la caja llena de álbumes de música disco (1979)
Getty Images

La influencia invisible y el surgimiento del nu-disco

A pesar de que clasificar cualquier canción como disco después de 1979 se volvió pasado de moda y básicamente le daba una mala reputación a la grabación, negar que este género dejó una marca perdurable en la industria es imposible. Al contrario, sus principales características fueron elementales para la aparición de estilos típicos de las pistas de baile como el dance, el house y el techno, o para subculturas como la del rave, por lo que la socióloga Sarah Thornton explica en el libro Club Cultures: Music, Media and Subcultural Capital que el éxito mundial de las discotecas no hubiera sido posible sin la música disco. 

A partir de los setenta fue que los sellos discográficos notaron la importancia de los DJs para dar a conocer sus grabaciones, por lo que crearon departamentos de promoción encargados de impulsar el interés de los disc-jockeys por ciertas canciones y, de este modo, facilitar su difusión en los clubes. Sin la aparición del género predilecto de Donna Summer y ABBA, seguramente ni Daft Punk, ni David Guetta, ni Calvin Harris habrían llegado a ser populares en la industria ni en las carteleras, ni tampoco festivales de EDM como Tomorrowland o Ultra Music Festival serían tan exitosos y esperados como lo son hoy en día.

Escena rave
Dave Swindells

La música disco no fue importante solamente para los géneros del EDM que surgieron a finales del siglo XX, sino que, como menciona Tim Lawrence en Disco Madness: Walter Gibbons and the Legacy of Turntablism and Remixology, también lo fue para el hip-hop en sus inicios, ya que usualmente los raperos usaban líneas de bajos aisladas de canciones de Chic u otros artistas parecidos como base para crear sus composiciones. Aunque estos estilos musicales en la actualidad se consideran antagónicos, ambos nacieron en la misma era y tomaron elementos del funk, el soul y los ritmos latinos, por lo que poseen una serie de similitudes entre sí. 

A pesar de que los géneros influenciados por el disco seguían creciendo, este mantenía una mala imagen para el público. No fue sino hasta la mitad de la última década del siglo XX que distintos factores como la muerte de DJs legendarios a causa del sida, la comercialización del rave, el creciente interés por la utilización del sample y el nacimiento de un discurso en contra de lo digital en el dance ayudaron a que la música disco obtuviera un nuevo aire de importancia cultural en la industria.

La renovada apreciación por la música disco de finales de los noventa abrió paso a que esta se convirtiera en fuente de inspiración para distintos artistas como U2, Blur y Jamiroquai, quienes sacaron canciones con elementos comunes del género. Adicionalmente, esto ayudó a que naciera un nuevo estilo que modernizó las melodías que sonaban en The Loft y Studio 54: el nu-disco. Apodado “el hijo del boogie” por la revista Spin, este se distingue por combinar la estructura tradicional de las canciones pop con las características del ritmo típico de finales de los setenta y los sonidos creados con sintetizadores del Eurodance de los ochenta.

Al igual que su predecesor, el nu-disco tuvo un inicio silencioso y no fue sino hasta principios del siglo XXI que empezó a figurar en los top 10 de las carteleras musicales de países europeos gracias a canciones como Rock DJ, de Robbie Williams; One More Time, de Daft Punk, y Love at First Sight, de Kylie Minogue. En Estados Unidos, tomó un poco más de tiempo que este estilo tuviera éxito, pero debido a grabaciones como Can’t Get You Out of My Head, también de Minogue, y Rock Your Body, de Justin Timberlake, este sonido inspirado en la música disco finalmente caló en América.

Kylie Minogue cantando Can’t Get You Out of My Head en los Brit Awards 2002 
Getty Images

Si bien el nu-disco generó una gran cantidad de éxitos en la década de los 2000, este nunca llegó a estar en la cima ni a ser una influencia extremadamente importante en la escena mainstream. A pesar de sus picos en años como el 2001, gracias a Kylie Minogue y Daft Punk, y el 2006, debido al álbum Confessions on a Dance Floor, de Madonna, este estilo inspirado en la música disco nunca se posicionó como el sonido definitivo de alguno de esos años; más bien, simplemente era algo diferente y ajeno a lo que predominaba musicalmente en el momento.

La música disco renace como el fénix de sus cenizas en la era del trap

No fue sino hasta la llegada de la década de los 2010 que la música disco se convirtió en una influencia importante para una gran cantidad de DJs y artistas de distintos estilos. El género lentamente renació de sus cenizas y apareció en la cima de las carteleras gracias a composiciones como Get Lucky y Lose Yourself To Dance, de Daft Punk, Pharrell Williams y Nile Rodgers; Blow, de Beyoncé; Levels, de Nick Jonas; Want You to Want Me, de Jason Derulo; Can’t Stop the Feeling!, de Justin Timberlake; y Feels y Slide, de Calvin Harris. Sin embargo, no sería sino hasta mediados de 2019 y principios de 2020 que el nu-disco y su padre inundarían las listas de las canciones más escuchadas de Spotify y el top 10 del Hot 100 de Billboard.

Así como Adam Lambert expresa su anhelo por un clásico que lo haga sentir en 1979 en su canción Velvet, de 2020, el mundo pop se contagió de este sentimiento y decidió devolverle la vida a la música disco. Desde el año pasado, ha sido imposible escapar de este género: Future Nostalgia, de Dua Lipa, y After Hours, de The Weeknd, siguen liderando los álbumes más escuchados del momento en Spotify; Dynamite, de BTS, no ha salido del top 100 de canciones más escuchadas de la plataforma y muchos de los discos pop más aclamados por la crítica recientemente —como What’s Your Pleasure?, de Jessie Ware; Róisín Machine, de Róisín Murphy; y We Will Always Love You, de The Avalanches— tienen fuertes influencias del género nacido en The Loft.

Hoy en día, la música disco resalta en las carteleras porque se distancia del trap que dominaba las mismas. Es un renacimiento del pop a través de elementos del pasado para apelar a la nostalgia e integrar algo diferente a la industria actual. Gracias a sus melodías con múltiples capas, su dinamismo y su ritmo bailable, grabaciones como Say So, de Doja Cat; On the Floor, de Perfume Genius; Midnight Sky, de Miley Cyrus; One More, de SG Lewis con Nile Rodgers; y Magic, de Kylie Minogue, han sido las contrincantes perfectas para algunas canciones de hip-hop que han dejado de lado la innovación que caracterizó su ascenso al dominio global. Del mismo modo que existía una guerra entre el grunge y el britpop en los noventa y una batalla entre el EDM y el country-pop a mediados del 2010, esta era nos ofrece un nuevo combate, ahora entre el nu-disco y el rap.

BTS, Jessie Ware, Doja Cat y Perfume Genius son algunos de los artístas que sacarón grabaciones de música disco en 2020
BTS, Jessie Ware, Doja Cat y Perfume Genius son algunos de los artístas que sacarón grabaciones de música disco en 2020
De arriba a abajo, de izquierda a derecha: Big Hit/Virgin EMI/RCA/Gilles Laurent

Al igual que en los setenta, esta resurrección de la música disco se caracteriza por ser liderada principalmente por mujeres, afrodescendientes y miembros de la comunidad LGBTQ+. La diferencia principal es que la lucha por los derechos de estas minorías ha tenido avances significativos en los cuarenta años que han pasado desde la Disco Demolition Night, por lo que muchos de los artistas actuales pueden expresarse con mayor libertad mientras homenajean los sonidos de la escena underground que hace décadas acogió a sus comunidades. 

Ahora es el momento perfecto para traer de vuelta ese género que celebraba la feminidad y el amor con el fin de batallar contra el hip-hop, el cual se caracteriza por ser predominantemente masculino y misógino. Los cantantes que experimentan con el nu-disco no están simplemente resucitando un estilo que difiere melódicamente del trap, sino que le devuelven un espacio a un ritmo que socialmente festeja la diversidad por la que se pelea hoy en día.

Aunque no sepamos cuánto durará esta nueva guerra entre el disco y el hip-hop, ni cuál de los dos estilos se llevará la victoria, es claro que el primero ha regresado para quedarse en la cima y está ayudando a que el pop se posicione en las radios y carteleras sin tener que adoptar elementos del trap, así que es momento de buscar unas plataformas y, como dice Daft Punk, perdernos al ritmo del baile.

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