La edad de oro de la música gay en la cultura ‘mainstream’

El hashtag #20GAYTEEN que se hizo viral en Twitter a comienzos del 2018 y que se le atribuye a la cantante Hayley Kiyoko, a.k.a. Lesbian Jesus, sella quizá el inicio de una nueva era de representación queer en la cultura mainstream. Y es que la música gay ha estado durante décadas sujeta a los condicionamientos de la industria del entretenimiento y al efecto “licuadora” que supone el incorporar códigos estéticos del mundo LGBTQ+ al discurso dominante, desechando aquello que pudiera desacomodar la rigidez de la heteronorma; pero ahora que estamos casi en la segunda década del siglo XXI y que tenemos el internet como plataforma para dar relevancia a los discursos de la periferia, nuevos artistas han ofrendado sus creaciones al mundo sin tener que comprometer su individualidad.

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Lejos estamos del beso entre Britney, Madonna y Christina Aguilera durante la presentación de Like a Virgin en los VMA’s del 2003 o de la infame canción de Katy Perry, I Kissed a Girl, del 2008, que si bien para los parámetros de representación actuales resulta ofensiva y estereotipada, abrió nuevos temas de conversación, o más bien murmullos al respecto. Once años han pasado y el debate sobre la sexualidad y la identidad de género tiene ahora más activismo político y más representación en la música y en las artes que nunca antes. 

Es bien conocida la influencia de la cultura LGBTQ+ en las artes mainstream: desde la literatura, la moda, el cine y la música, la presencia de temáticas y códigos estéticos originarios de estos discursos periféricos ha sido asimilada, filtrada y empaquetada por la heteronormatividad de la cultura dominante. En su libro David Bowie Made Me Gay (2017) , Darryl Bullock señala que “los músicos LGBTQ+ han impulsado muchas de las etapas más importantes en el desarrollo de la música durante el último siglo y esa música, a su vez, ha proporcionado una banda sonora para nuestra comunidad”, y es que el jazz, el rock, el disco y también el pop son géneros que inevitablemente han estado vinculados a estos discursos marginalizados por la rigidez de la industria. Elton John, Freddy Mercury y George Michael son ejemplos evidentes de esa asociación contradictoria entre la música gay y la heteronorma, pues se trata de artistas cuya estética fue celebrada en su puesta en escena, pero que al mismo tiempo encontraron dificultades para expresar su orientación sexual abiertamente. El caso más dramático es el de Mercury, cuya sexualidad, a pesar de ser bastante evidente, fue ignorada por los medios británicos hasta que los rumores sobre su enfermedad se hicieron cada vez más fuertes. 

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Elton John, 1973
David Redfern / Getty Images

Según Bullock, la presencia de músicos LGBTQ+ en la escena cultural del siglo XX ya era visible incluso antes de los disturbios de Stonewall en 1969. El cabaret durante los tiempos de la República de Weimar marcó un período de libertad y de expresión de la individualidad que se extendió a las principales capitales de Europa y Estados Unidos luego de la Primera Guerra Mundial. Las contribuciones de músicos LGBTQ+ al jazz y al blues de mediados de siglo sentaron las bases de muchos de los géneros musicales que le siguieron. Artistas como Billie Holiday o Bessie Smith, e incluso la estética del piano glam, cuyo máximo exponente es Elton John, tuvo sus orígenes en la puesta en escena de otros músicos LGBTQ+ como Little Richard o Bob Marchan. Igualmente, durante la década de los setenta, el punk no habría tenido la relevancia que tuvo en la escena cultural británica de no ser por sus comienzos en los clubes gay londinenses. 

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Little Richard, 1957
Specialty Records Archives

El glam rock ha sido el género que, a pesar de ser marginalizado por los más puristas del rock, logró llevar al mundo mainstream códigos estéticos de la cultura queer sin los cuales el pop de hoy no sería lo que es. David Bowie, Alice Cooper, Lou Reed, bandas como Roxy Music o Queen, hicieron uso de esta estética para cuestionar estereotipos de género, no solo a través del maquillaje o de leotardos de lentejuelas sino también adoptando gestos exagerados y teatralizados, inspirados en la pose camp típica del dandismo de Oscar Wilde.

Para Simon Reynolds, autor de Shock and Awe: Glam Rock and Its Legacy from the Seventies to the Twenty-first Century (2016), el glam representa “lo que el pop debe ser: extraño, sensacionalista, histérico, un lugar en donde lo sublime y lo ridículo se funden y se hacen indistinguibles”. Es tal vez la androginia y el desparpajo del Duque Blanco la expresión más icónica de este movimiento. La rebelión contra los estereotipos de género sumada a los gestos amanerados, el maquillaje y las ropas ajustadas de David Bowie y de otros músicos LGBTQ+ que le siguieron en esta escena glam, significó la inserción definitiva de elementos de las subculturas ajenas a la heteronorma dentro de la cultura mainstream, aunque asimiladas como un acto artístico y no como identidades válidas o ya existentes dentro de la sociedad. Así, como explica Bullock en David Bowie Made Me Gay, los medios se dedicaron a pasar por alto la orientación sexual de los artistas asumiendo todas las señales queer como parte de la construcción de su persona pública. 

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David Bowie, 1973
Masayoshi Sukita © Sukita / The David Bowie Archive

No solo el glam rock será el género que con mayor notoriedad tomará componentes de otras subculturas LGBTQ+ para incorporarlas al mundo mainstream. También artistas como Rob Halford —vocalista de la banda de heavy metal, Judas Priest— tomó elementos del fetichismo homoerótico de Tom of Finland, vistiendo de cuero negro y usando gorras de motociclista sin que sus fanáticos sospecharan de esta influencia, pues sencillamente asumían que era una estética en consonancia con la temática sadomasoquista de su música. No fue sino hasta 1998 que Halford reveló su homosexualidad al mundo. 

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Rob Halford, vocalista de Judas Priest, 1983
Natkin / WireImages

De esta forma, las distintas contribuciones de artistas LGBTQ+ a la cultura popular durante el siglo XX no solo están dentro del orden de la estética más extravagante sino que también algunos códigos y fetiches de la subcultura queer se fundieron en el discurso heteronormativo sin levantar sospechas, eso sin contar el trabajo tras bastidores de personajes gay como Brian Epstein, conocido como “el quinto Beatle” y mánager del grupo. Así, a pesar de los códigos y las identidades solapadas por el discurso dominante, cuando nos hablan de “música gay” ya no vienen a la mente los integrantes de The Village People bailando en una discoteca frente a una público de hombres musculosos, porque la noción se ha ampliado por la heterogeneidad del espectro que ocupa, además de su influencia que, como ya hemos señalado, siempre ha estado presente en la cultura. 

Pero más allá de la influencia que la comunidad LGBTQ+ ha tenido en el desarrollo de la música y de las artes en general, la incorporación de estos registros en la cultura pop tiene actualmente una relevancia mucho más potente y notoria no tanto por el número de artistas queer que siempre han existido, sino porque los dispositivos tradicionales de control de los discursos, para usar términos foucaultianos, como la prensa o la televisión ya no son capaces de filtrar estas líneas de fuga y de asimilarlas a un orden discursivo. El internet y específicamente plataformas como Tumblr, Instagram o YouTube le han posibilitado a los artistas tener carreras exitosas sin ocultar su orientación sexual, asegurándose una base de fieles fanáticos, como el caso de Troye Sivan, quien hizo pública su sexualidad en 2013 a través de un video en YouTube, o de Frank Ocean, quien hizo lo mismo un año antes en Tumblr. 

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King Princess, 2019
Greg Noire

Como asegura la cantante de 20 años, King Princess, en una entrevista para la revista Them, “hace diez o cinco años ser una cantante pop abiertamente queer no habría podido ser sostenible” y esto es en parte porque las plataformas digitales han permitido desafiar el anquilosamiento de las industrias de entretenimiento masivo, impulsando la emergencia de propuestas musicales que registran la diversidad de estas experiencias individuales fuera de la heteronormatividad. Canciones como Forrest Gump de Frank Ocean, Curious de Hayley Kiyoko, Pussy is God de King Princess o Strangers de Lauren Jauregui y Halsey, usan pronombres dirigidos al mismo género con toda la naturalidad y fluidez que su creatividad artística les brinda y esto es una novedad que hace quince años hubiese sido marginalizada y castigada por la policía mediática. 

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Hayley Kiyoko
Asher Moss

Incluso el lenguaje visual que acompaña las canciones de estos artistas dista mucho de solapar o de camuflar el significado de sus letras. Los respectivos videos musicales de canciones como How Do You Sleep de Sam Smith, If You’re Over Me de Years & Years o I Wish de Hayley Kiyoko, son claros manifestando el género del objeto de su deseo.  

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Estamos, entonces, siendo testigos del comienzo de una suerte de edad de oro de un pop que celebra la individualidad y que es tan relevante hoy como lo fue en el 2018 con el hashtag viral de Kiyoko, porque la presencia de la música gay en la cultura mainstream no solo informa y da representación a una diversidad de seguidores sino porque también registra y sincera la complejidad de cada individuo celebrando su diferencia.

¿Veremos en un par de años canciones de reggeatón con temática queer? Ojalá. Las uñas pintadas de Bad Bunny y las lesbianas del video de Ambiente de J Balvin serán acaso pasitos que trastabillan y coquetean con esta estética, pero queda claro que en lo concerniente a la incorporación de la diferencia en  la cultura pop tanto en Latinoamérica como en Estados Unidos todavía queda camino por recorrer. 

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