perverso

El perverso en el cine y nuestra fascinación por los asesinos

El gusto por ver lo que no podemos ser


No hay más infierno para el hombre, que la estupidez y la maldad de sus semejantes.

Marqués de Sade

Zodíaco, El silencio de los inocentes, Psicópata americano, Seven, El talentoso Sr. Ripley, El caballero oscuro, La naranja mecánica, Saló… Todas estas películas tienen como denominador común la presencia del perverso.

Nuestra fascinación por la mente de alguien que transgrede los límites de la decencia y la empatía nos ha llevado a crear cualquier cantidad de productos —series, libros, películas, documentales— que nos ayuden a comprender cómo alguien puede cometer un crimen sin causa aparente. Para nosotros, los neuróticos, los que vivimos en sociedad y los que nos hemos adaptado a sus reglas mínimas de convivencia y civilidad, un individuo al que este acuerdo tácito no le interesa y que además encuentra goce en el sufrimiento de sus víctimas resulta tan aterrador como irresistiblemente atractivo. 

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Según Scott Bonn, autor de Why We Love Serial Killers: The Curious Appeal of the World’s Most Savage Murderers, “nuestra fascinación por los psicópatas puede ser rastreada desde tiempos bíblicos”, cuando la muchedumbre en Judea eligió perdonar a Barrabás en lugar de Jesús de Nazareth. Solemos recordar el nombre de los asesinos en serie de la vida real y los de las películas, pero el nombre de sus víctimas, que son las que realmente sufren, pasa inadvertido. El lugar del perverso en la cultura tiene, entonces, un interés particular alimentado por las páginas de sucesos de los periódicos, los documentales, los libros y hasta las películas de ficción. Las herramientas de exposición mediática de la actualidad y la fascinación cultural por los aberrados de la sociedad, aunque esta última no sea exclusiva de estos tiempos modernos debido a que también escritores como el Marqués de Sade han tocado el tema de la perversidad ampliamente, hacen de estos personajes objetos de consumo, cuyas vidas, sean reales o ficticias, se presentan para el público ávido de estas historias de un modo glamoroso e idealizado. 

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Antes de entender por qué nos intrigan tanto estos personajes, es necesario que comprendamos qué es un perverso. En el psicoanálisis, Lacan establece que en principio existen tres tipos de sujeto: el neurótico, el psicótico y el perverso. Esta distinción se construye en relación a cómo el individuo se convierte en sujeto de la cultura, es decir, aquel que obedece y se acopla a las leyes que esta le impone. El neurótico, por ejemplo, es esta persona que se somete a la norma y la cumple, o sea, la mayoría de nosotros; el psicótico, en cambio, no está en conocimiento de que en la cultura operan ciertas reglas e ignora la lógica de la sociedad, como es el caso del esquizofrénico; el perverso, por su parte, está en conocimiento de esta “voz del padre”, pero decide no acatarla, simplemente no se somete a ella porque no está en falta y no le interesa, por eso muchos psicópatas y asesinos en serie niegan sus crímenes y se burlan de la autoridad tantas veces como sea posible. 

El ejemplo real más emblemático es, quizá, el de Ted Bundy, quien jamás reconocerá sus crímenes pese a todas las pruebas en su contra, pues con el perverso no hay capacidad de negociación posible. Estos sujetos nunca se someterán a ningún orden más que a sus propios impulsos de muerte y destrucción.

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En El malestar de la cultura, libro escrito en 1930, Freud explica que, para poder realizarse, la cultura tiene que sofocar los instintos más primarios en el hombre, y en consecuencia, está condenada a vivir en perpetuo malestar. De manera que el hombre es un ser reprimido, neurótico, que debe contener sus impulsos más naturales. Freud distingue también dos fuerzas en pugna dentro de cada sujeto: el eros, que es la fuerza del amor, y la pulsión de muerte, que es la fuerza de la destrucción, es decir, nuestra tendencia inevitable hacia el caos y la muerte. “Todo neurótico desea en el fondo ser un perverso” va a decir también Lacan, porque el mundo, según Freud, es un ámbito cada vez más orientado hacia estas pulsiones de muerte, la satisfacción de lo más bajo en el hombre. Pero también existe la posibilidad de que esta neurosis, de que este malestar en la cultura, encuentre sosiego en el arte, en la creación de fantasías que sirvan como válvulas de escape de nuestros instintos más naturales, más animales. 

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Nuestra atracción hacia lo pulsional, hacia lo que inevitablemente nos condena a nuestra propia destrucción, puede sofocarse en el miedo controlado del entretenimiento, del cine de terror, de la presencia del perverso en las pantallas, sobre la que proyectamos nuestros más oscuros miedos y deseos para luego seguir con nuestras vidas. El corrompido de perversidad, el desviado, el aberrado, es lo que como neuróticos no podemos ser. 

Los casos de asesinatos en serie nos intrigan y obsesionan, y los medios se hacen eco de eso para explotar estas historias y fetichizarlas en forma de productos culturales, de titulares, de documentales, de series. El perverso se ha transformado en esta figura de entretenimiento exagerada y estereotipada. “Nuestro interés en asesinos seriales tiene algo que ver con la naturaleza de la sociedad en sí y el poder de seducción que tiene lo aterrador e incomprensible”, explica Bonn, “pareciera existir una capacidad innata en los humanos para empatizar con todas las cosas, sean buenas o malas”, continúa. 

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Nuestra fascinación con lo incomprensible del perverso tiene más que ver con nuestra naturaleza humana que con los crímenes en sí mismos. La entronización del aberrado en la cultura ha ocurrido porque nuestro morbo por lo aterrador la ha demandado. Queremos comprender cómo un joven de veinte años, sin ningún antecedente de violencia intrafamiliar, fue capaz de asesinar a once personas a mansalva durante los años setenta en Buenos Aires. Deseamos saber cómo un joven como Carlos Eduardo Robledo Puch, apodado el Ángel de la muerte, se convirtió en uno de los asesinos más temidos de Argentina y, en consecuencia, un ícono popular. Nos intrigan las novias de Ted Bundy, los orígenes del Joker, las recetas de Hannibal Lecter y queremos descifrar el código del asesino del Zodíaco porque, sean reales o ficticios, los perversos también son para nosotros un placer culposo que no podemos evitar mirar.

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