La era de anime y cómo llegamos hasta ella

La popularidad de las animaciones japonesas ha aumentado tanto que estas ya se han normalizado y vemos señales de ello en todas partes. Tan solo pensemos en Jules de Euphoria y en el boom que tuvieron la tercera temporada de Shingeki no Kyojin o el estreno de Neon Genesis Evangelion en Netflix. El anime se ha convertido en una parte importante de la cultura para nuestra generación, pero, ¿por qué? Y más importante, ¿cómo?

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Una larga lista de cambios culturales y tecnológicos han contribuido a la expansión de la cultura anime en este lado del planeta. La popularidad que tienen estas series animadas se debe tanto a las características propias del estilo de animación y el storytelling japonés como a las cualidades que tenía el público americano en el momento en que estas llegaron al continente, cualidades que se han transformado, integrando y potenciando este aspecto de la cultura nipona.

El anime comenzó su travesía hacia el Occidente como un producto de exportación que Japón esperaba introducir en el mercado americano luego de haber tomado referencias de Disney, la compañía líder en animación en el mundo. El “dios del manga”, Osamu Tezuka, se inspiró en los diseños de Mickey Mouse y Blancanieves para crear el estilo de obras legendarias como Metrópolis (1949) y Astroboy (1952), pero no sería sino hasta después que el anime comenzaría a distinguir sus trazos de las animaciones americanas para darle paso al estilo y formato que conocemos hoy en dia.

Anime viejo vs nuevo
Arriba: Metrópolis. Abajo: Shingeki no Kyojin.
Madhouse | Wit Studio

En los años setenta, las compañías de animación japonesas Toei, Sunrise y Mushi Production comenzaron a realizar series originales que esperaban llevar a Occidente. Inicialmente muy pocas de ellas llegaron a las pantallas americanas, pero su popularidad empezó aumentar en la década de los ochenta e inicios de los noventa, siendo particularmente famosas en Latinoamérica.

Mobile Suit Gundam 
Sunrise

En este periodo, la industria de animación norteamericana se concentraba en las obras de sus propias casas productoras, por lo que el anime no fue muy bien recibido y más bien se le trató como un producto inferior destinado a niños, pues la animación se solía utilizar como un método de publicidad de las empresas de juguetes. Esta mentalidad se mantuvo hasta los noventa, cuando las compañías americanas vieron que sí había un gran mercado para este tipo de producciones, todo gracias a su fuerte influencia en Latinoamérica y en la industria cinematográfica.

En contraste con el rechazo que recibió el anime en Estados Unidos y Canadá, Japón consiguió una oportunidad en América Latina, donde había un mercado incipiente que buscaba llenar espacios de televisión de todas las formas posibles y que, además, tenía audiencias que se adaptaban mejor al formato del anime antiguo gracias a las características de telenovelas, producciones que gozaban de mucha popularidad. 

Las novelas latinas, al igual que el anime, eran consideradas entretenimiento de segunda clase para públicos marginados, como mujeres y niños, por lo que recibían muy poca inversión y reutilizaban material, lo que resultaba en las clásicas telenovelas que conocemos, las cuales cuentan con más de cien episodios y una alta carga de violencia y melodrama en un intento por recrear, aunque de una manera más bien cómica, la realidad latinoamericana. De esta forma, el anime, que había sido creado también para representar aspectos de la vida cotidiana a través de una variedad de géneros, caló en una sociedad ya acostumbrada a este tipo de contenido.

María la del Barrio, popular novela de los ochenta, contaba con 185 capítulos de 22 minutos cada uno, formato parecido al del anime clásico
Televisa Internacional

Los títulos que llegaron a nuestro lado del continente durante los años ochenta y noventa —entre los que se encuentran Mobile Suit Gundam (1979), Dragon Ball (1984), Saint Seiya (1986) y Sailor Moon (1992)— tenían como mínimo cuarenta episodios y, debido al bajo presupuesto con el que contaban las televisoras, sus adaptaciones usualmente solo se doblaban al español y se distribuían, en su mayoría, sin ningún corte o censura. Esta fue una gran diferencia con respecto a las producciones que llegaban a Norteamérica, en donde sí tenían presupuesto y estudios de sobra para rehacer completamente las animaciones. En muchas ocasiones se cambiaba parte del argumento principal y se eliminaba cualquier rastro de sangre, violencia, desnudez o sustancias inapropiadas para hacer el contenido apto para niños.

Dragon Ball censura EEUU
Cambios en la versión adaptada y original de Dragon Ball
Toei Animation

La fácil entrada que tenían las producciones japonesas aquí hizo que el anime se expandiera rápidamente en Latinoamérica, trayendo nuevas obras que se convertirían en clásicos para todo fanático de la animación japonesa actualmente —como Cowboy Bebop (1998), Sakura Card Captors (1998) y la misma Neon Genesis Evangelion (1995)—, contribuyendo también a la industria del doblaje al español en el continente. 

Evangelion
Arriba: Cowboy Bebop. Abajo: Neon Genesis Evangelion  
Sunrise/Bandai Visual | Gainax

El anime como parte del cine

Para este momento, la profundidad de las historias que se contaban en el anime cautivó a los productores americanos, quienes voltearon a mirar estas animaciones con mejores ojos. No obstante, la mayoría del material distribuido en televisión estaba fuertemente censurado y modificado, algo que, a pesar de que disminuía el valor de las serie de televisión, a las empresas japonesas no les importaba mientras siguieran vendiendo. Por el contrario, las películas anime, con el mismo contenido, pero menos censura, mantuvieron su valor y se convirtieron en referencias para una nueva generación de directores.

Perfect Blue y Requiem for a Dream
Perfect Blue (izquierda), Requiem for a Dream (derecha)
Madhouse | Artisan Entertainment

A finales de los noventa, los filmes de Studio Ghibli adquirieron gran notoriedad en la industria del cine gracias a la profundidad de los temas que tratan, lo que abrió aun más las posibilidades para que películas anime fuesen consideradas algo más que entretenimiento infantil. Producciones como Perfect Blue (1998) hicieron que el anime se distinguiera también en los círculos del cine más culto. Tal fue la popularidad de esta película que Darren Aronofsky compró sus derechos para poder recrear algunas escenas en Requiem for a Dream (2000), e incluso se pueden ver guiños a ella en Black Swan (2010), filme del mismo director. Así, muchos cineastas han tomado referencias o han adaptado directamente obras que se consideran de culto en el mundo del anime, con buenos y malos resultados: recordemos la adaptación de Ghost in the Shell (2017) o el fiasco de Dragon Ball Evolution (2009). Lo que no se puede negar es que el anime dejó una huella en los realizadores audiovisuales de finales del siglo XX.

Ghost in a Shell anime
Ghost in the Shell (2017). Ghost in the Shell (1995)
Production I.G. | Paramount Pictures

La importancia de los cambios generacionales para el anime

La masificación de la tecnología y el internet extienden la cobertura del anime a todo el mundo. La facilidad con la que generaciones de millennials y centennials pueden encontrar este tipo de animación en internet, de forma legal o ilegal, es un factor importante para el aumento de su popularidad, pero lo que más ha ayudado a su expansión es la nueva perspectiva que tienen las generaciones más jóvenes sobre diferentes temas. 

La gran importancia que tuvo el anime en los noventa tanto para la televisión comercial como para los cineastas más excéntricos hizo que el género adquiriera un aura nostálgica que sería rescatada por la moda hipster, pues uno de los pilares de esta es el rescatar las corrientes antiguas y pasadas de moda. 

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Sin embargo, es en nuestra generación que podemos ver con mayor facilidad el alcance masivo de este tipo de animaciones. Es casi imposible encontrar ahora una página web o red social que no promocione o muestre algún contenido relacionado con el anime. Podríamos decir que la verdadera razón por la que este estilo es popular ahora es por la predominancia de la generación Z en el mundo digital ya que, como sabemos, las marcas han empezado a incluir a un público más joven dentro de sus estrategias.

Una de las características que define a la generación Z, además de su gran dependencia de los aparatos tecnológicos y su destreza para utilizarlos, es su rechazo por las etiquetas de género convencionales. Para los centennials, la homosexualidad o la bisexualidad, por ejemplo, son tan normales como respirar. Se trata de una generación que asume sin problemas la fluidez de la sexualidad y el género, pero también entiende la discriminación que han sufrido estas minorías a lo largo del tiempo, por lo que para ellos la representación es un tema importante y el anime tiene mucho de eso.

Anime LGBTQ+
Arriba: Michiru y Haruka de Sailor Moon Crystal. Abajo: Utena y Himemiya de Shojo Kakumei Utena
Toei Animation | J.C.Staff

Desde antes de los años 2000, el anime ya tenía personajes LGBTQ+ en sus historias e incluso se crearon géneros específicos para denominar aquellas tramas cuyo foco son las relaciones homosexales: yaoi, para las relaciones entre hombres, y yuri, que engloba las relaciones entre mujeres. Tal es el caso que, según un artículo de la revista Dazed, la juventud LGBTQ+ en Japón ha explorado su sexualidad a través de los mangas y el anime, ya que este tipo de comportamientos no se ven en la calle normalmente. 

Series como Sailor Moon y Sakura Card Captors son de los primeros animes en los que vemos a personajes homosexuales en las pantallas latinoamericanas, aunque levemente censurados como resultado de la influencia de las adaptaciones estadounidenses. La mayoría de las relaciones de este tipo eran enmascaradas como un cariño o aprecio muy fuerte entre personajes, pero todos sabemos cuál era la verdadera intención.

 Touya y Yukito de Sakura Card Captors
Touya y Yukito de Sakura Card Captors
Madhouse

De hecho, CLAMP, el grupo de dibujantes responsables por Sakura Card Captors y XXXHolic, entre otros animes reconocidos, creó universos en los que todos los personajes se asumen como bisexuales, pues lo que importa es el desarrollo de la relación y no los estereotipos. Este es el caso de una variedad de universos en el anime moderno, especialmente de aquellos pertenecientes al género yaoi o Boys’ Love (BL), pues en muchas ocasiones no se menciona ni cuestiona la sexualidad de los personajes.

No obstante, la representación de personajes LGBTQ+ en mangas y animes que no tienen nada que ver con los géneros BL o el yuri es la más apreciada, pues muestra la normalidad de estos comportamientos, en lugar de solo romantizarlos o usarlos como objeto de fantasías. Los personajes LGBTQ+ más queridos vienen de series cuya historia principal ni siquiera está centrada en relaciones del mismo sexo. Este es el caso de Utena e Himemiya (Shojo Kakumei Utena), Michiru y Haruka (Sailor Moon), Yukito y Touya (Sakura Cardcaptor) y Yuri y Victor de Yuri On Ice!!, un aclamado anime de deportes de 2017. Asimismo, personajes transgénero como Isabella Yamamoto, nacida como Daisuke Yamamoto, o abiertamente bisexuales, como George, ambos de la serie Paradise Kiss (2005), son muy apreciados por la comunidad debido a la poca representación que recibe la comunidad trans en el medio.

Isabella de Paradise Kiss
Isabella de Paradise Kiss
Madhouse

Por otra parte, además de presentar una amplia gama de personajes de sexualidad fluida, muchos animes toman la temática gender bender, o de cambio de género, para sus argumentos principales, siendo Ranma ½ (1989) y Ouran Highschool Host Club (2006) de los más famosos. Esta facilidad para mostrar relaciones que van más allá del género o el sexo se complementa muy bien con los valores de la generación Z, por lo que este contenido resulta más atractivo en términos de representación. Mientras la televisión y el cine tratan de alcanzar los estándares de inclusión que piden los centennials, el anime ya llenó esas bases con creces.

Yuri y Victor, Yuri on Ice!!
MAPPA

Todos tenemos alguna relación con el anime, desde las generaciones más antiguas que vivieron la primera ola de distribución de las animaciones japonesas hasta las más nuevas que aprecian los valores que se muestran en sus historias. Esta conexión, ya sea directa o indirecta, hace que aceptemos en buena medida la presencia del anime en nuestra cotidianidad y por eso oímos hablar de este cada vez más. Pasamos de ser llamados “otakus” y que este término se usara como sinónimo de una subcultura friki y marginada a ser considerados unos más del montón porque, aparentemente, a todos les gusta el anime ahora, y eso es genial.

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