Kanye West no es Giuseppe Verdi, es Kanye West
Kanye West opera

Kanye West no es Giuseppe Verdi, es Kanye West

El curioso caso de ‘Nabucodonosor’, la primera ópera de Kanye West

En 1842, Giuseppe Verdi debutó en el teatro La Scala de Milán el que sería uno de los primeros éxitos de su carrera como compositor: Nabucco. Basada en el libro de Daniel del Antiguo Testamento y en la obra Nabuchodonosor de Anicète Bourgeois y Francis Cornue, esta tragedia lírica cuenta la historia del emperador babilónico Nabucodonosor, quien, luego de haber destruído el templo de los judíos y de expulsarlos de Jerusalén, pierde la razón, autoproclamándose un dios. Tras las consecuencias devastadoras de su expulsión, los judíos cantan el famoso coro: “Va pensiero, sull’ali dorate” (vuela pensamiento, en alas doradas), añorando su tierra y deseando la destrucción de Babilonia. Tiempo después, Nabucco, al recobrar sus sentidos, promete reconstruir el templo de Judea y abrazar la fe monoteísta, permitiendo el regreso de los judíos a Jerusalén. 

La importancia cultural de esta obra de Verdi no solo se fundamenta en la adaptación de este pasaje bíblico sino en el fervor político que hay en el corazón de la pieza, ese en el que los asistentes se vieron directamente reflejados dada la terrible situación que atravesaba Italia entonces, pues se trataba de un país oprimido por naciones extranjeras que aún luchaba por su reunificación e independencia. Por eso, el coro “Va pensiero” cautivó a los italianos con una fuerza tal que hizo resurgir el ideal nacionalista que tanto necesitaban. 

Nebuchadnezzar Kanye West
Nebuchadnezzar en el Hollywood Bowl 
Los Angeles Times

Casi dos siglos después del debut de la obra de Verdi, el rapero y productor Kanye West estrena su primera ópera en el Hollywood Bowl de Los Ángeles, titulada Nebuchadnezzar (Nabucodonosor, en español). Basándose en el mismo pasaje bíblico que inspiró la obra compuesta por el italiano en el siglo XIX, West arma una propuesta atravesada por toda esa fiebre de religiosidad característica de su nueva etapa como artista. Con esta fe redescubierta y asimilada como parte de su performance, la obra —en un tono similar al de los eventos llamados “misas de domingo” que ha ofrecido el rapero— busca reafirmar esa pasión espiritual que ahora salpica todo su ethos

Dirigida por su colaboradora, la artista italiana Vanessa Beecroft, la ópera —porque así fue como se propuso el intérprete promocionar el evento— estuvo apegada a una estética minimalista e hipnótica, similar a la de los desfiles de Yeezy —la marca de ropa del rapero—, gracias a elementos como la iluminación y el vestuario monocromático del mismo coro de gospel que suele acompañar al artista en sus misas dominicales. Destacándose entre la multitud de coristas, estaba el rapero Sheck Wes, encargado de interpretar al rey babilonio, vestido con una túnica de un azul muy parecido al de la portada del más reciente álbum de West, Jesus is King. Por otro lado, el artista nacido en Chicago se dedicó a narrar la obra directamente de los versículos del Antiguo Testamento, con la emoción y la intensidad características de sus canciones de rap, como si de un maestro de ceremonia se tratara. 

Jesus is King
Portada del álbum Jesus is King (2019)
James Turrell

La opinión de la crítica no fue favorecedora. Paul Thomson de la revista Rolling Stone calificó la puesta en escena como una propuesta audaz y desordenada; muy dispersa para tener una narrativa consecuente, pero al mismo tiempo muy linear para ser considerada un acto de performance. Catherine Womack de Los Angeles Times concluyó que se trató de un show mediocre, pues se notaba la poca preparación del montaje, el cual no llenó las expectativas de un público al que se le hizo esperar aproximadamente dos horas el día del estreno. Por su parte, Alexis Petridis de The Guardian coincide con la visión general acerca de la poca preparación con que fue montado el espectáculo: los actores leían el guion mientras actuaban y el protagonista, Sheck Wes, en ocasiones parecía no acatar las narraciones que Kanye West hacía a través de la lectura del pasaje bíblico. La propuesta, en términos artísticos —y en esto concuerdan tanto Thomson como Petridis—, no tuvo el resultado esperado, aunque sí logró sorprender con esa ambiciosa espectacularidad visual que caracteriza los proyectos de West, que además sirvió no solamente para dejarnos claro que ahora el artista ha encontrado refugio en la religión, sino también para promocionar su marca de ropa y zapatos, y su más reciente álbum. 

Pero, ¿Nebuchadnezzar es o no es una ópera? En un artículo publicado por Los Angeles Times, el crítico de música clásica Mark Swed y el experto en música pop Mikael Wood debaten al respecto. Por un lado, Swed explica que la palabra ópera traducida del latín significa trabajo y que, aunque para muchos el género sugiere una puesta en escena acompañada de música e histrionismo, lo que propone Kanye West con su narración bíblica y la dramatización de la misma al ritmo de música gospel y de rap se acerca más a un “passion play” —una representación de la Biblia— que a una ópera clásica al estilo de un Puccini o un Verdi. No obstante, cuando Wood le pregunta a Swed acerca de la poca preparación de los actores y del montaje en general, este respondió que, en su momento, la ópera clásica era un evento tan popular y tan demandado que muchas veces, por la inmediatez, los compositores terminaban de hacer los arreglos incluso el mismo día del estreno de la obra, por lo que, en ese sentido, el trabajo de Kanye West se acerca bastante a lo que pudo haber sido la ópera de ese tiempo. 

Y sí, quizá el rapero quiso plantearle al público un trabajo de ese género con la misma informalidad y naturalidad con que se hacía siglos atrás pese a la falta de libreto y de conductor, los cortos cincuenta minutos de duración y, por supuesto, lo confuso que resultó para el público diferenciar un personaje de otro, puesto que todos estaban vestidos igual. Más allá de eso, los críticos concuerdan en que, a pesar de las licencias que se tomó West y del esfuerzo más que todo estético de la puesta en escena, el resultado no estuvo a la altura de su talento como rapero o diseñador. 

Sunday Service en Coachella
Sunday Service en Coachella (2019)
Mindy Schauer

Quizá si miramos a Kanye West no desde sus proyectos por separado sino como un todo performático, podremos entender de qué va este artista. Sería una necedad ponernos a trazar paralelismos entre Verdi y West, porque más que caer en un anacronismo, caeríamos en posturas sobre el arte que no tienen nada que ver: Verdi quería reflejar su tiempo y Yeezy solo quiere reflejarse a sí mismo en todo lo que hace. West vive en una fantasía de la constante reafirmación del yo y eso no es ni bueno ni malo, sino una característica clave no solo para entender la cualidad performática de todas sus creaciones, sino también su conducta errática y chocante. 

Si miramos a Kanye como una mente en constante creación, comprenderemos que todo lo que manifiesta forma parte de una impostura que proviene de una actitud artística que pretende generar reacción en el otro, ya sea quitarle el micrófono a Taylor Swift en los VMAs del 2009, declararse candidato a la presidencia de los Estados Unidos para el 2020, apoyar a Trump o entregarse por completo al cristianismo y al estudio de la Biblia. Todo eso forma parte de un ethos del artista, de un performance que, más allá de estar asentado en la realidad, revela esa fantasía de autoafirmación constante que Kanye West se ha empeñado en construir.  

Sunday
Sunday Service
YouTube

Dos vertientes han caracterizado su carrera: la religiosidad y la avaricia. Por un lado, en la canción Jesus Walks, del 2004, podemos escuchar al Kanye-hombre-de-fe que camina con Dios y defiende a su gente del racismo; por el otro, con la canción I Am a God, del 2013, el rapero nos habla de acumular millones de dólares, porque Ye, como ahora se hace llamar, no es solamente un creyente, sino también un hombre de negocios que hace unos años enfrentó una crisis financiera que lo llevó al hospital, dejándolo endeudado y además cancelado por una cultura que parece tomarse absolutamente todo lo que él dice de modo literal. Fue luego, con Yeezy, su marca de ropa y zapatos, que el intérprete logró recuperarse económicamente y con esa prosperidad llegó la entrega total al cristianismo. ¿Lo ven? El rey desquiciado que enloquece, creyéndose un Dios, finalmente se redime y abraza la fe completamente. Kanye es Nabucodonosor, o al menos eso quiere hacernos entender, puesto que, para él, el arte es una medio para la autoafirmación; no un reflejo de la sociedad o de los tiempos actuales, sino de sí mismo. 

Kanye West Sunday Service
Kanye West en el Sunday Service ofrecido en la mega iglesia de Joel Osteen en Houston
CNN

No es casualidad que, con este cristianismo de la prosperidad, el rapero se haya acercado al gran pastor de la riqueza, Joel Osteen, fundador de la megaiglesia en Houston en la que Kanye ya ha presentado sus servicios dominicales. Esta relación entre fe y riqueza, este evangelio de la prosperidad hacia el que se siente atraído West, quedan manifiestos en declaraciones como la que hizo recientemente en el segmento Carpool Karaoke de James Corden, durante el cual afirmó: “Dios me está usando, me está usando a mí para alardear. El año pasado hice 115 millones de dólares y todavía terminé debiendo 35 millones por motivo de impuestos. Este año, miré al cielo y me devolvieron 68 millones de dólares en mi declaración de impuestos”. No sería extraño que quisiera fundar una iglesia, como ya ha adelantado al mismo Corden, quizá por devoción, quizá porque las iglesias en Estados Unidos no pagan impuestos, pero de nuevo: no es bueno que nos tomemos literal todo lo que el artista dice. 

Prestemos atención en cambio a qué es lo que hace. Sin duda, Kanye West ahora es un hombre de familia y no de cualquiera, sino que es miembro del clan de las Kardashian. Casado con Kim desde el 2014 y con cuatro hijos, el rapero encarna la fantasía del norteamericano más conservador: cristiano, dueño de tierras, defensor de la vida de la libertad y de la búsqueda de la felicidad, seguidor de Trump, del sueño americano y de la libertad de pensamiento. Desde sus inicios, Kanye West se destacó de sus pares por no vestirse como los raperos tradicionales, sino más bien llevando chemises Polo y trajes de diseñador, colaborando con artistas visuales como Takashi Murakami e incursionando en la moda; quizá West, Jay-Z y Pharrell fueron los pioneros en esta transformación de la cultura del hip-hop más allá de la vida de crimen y del mal gusto de la recién alcanzada riqueza que ha caracterizado la imagen de los raperos desde finales de la década de los noventa. 

Yeezy
Yeezy Fashion Show 2016
Getty Images

Si pensamos con seriedad, apoyándonos en teóricos como Deleuze y Guattari, entenderemos estas inclinaciones de Kanye West como una forma de devolver al mundo la cultura dominante desde una posición periférica, pues siendo parte de una raza que desde siempre ha estado en condición de minoridad, en términos deleuzianos podemos decir que Kanye ha desterritorializado los códigos de la cultura blanca y elitesca —la ópera, la moda, el arte y hasta los principios conservadores de la familia y de propiedad— para reterritorializarlos con un nuevo sentido, un significado distinto de riqueza, de prosperidad, de familia, que transforma la tradición y ensancha las posibilidades respecto a quienes pueden ahora tener acceso al lujo y a lo más exclusivo de la cultura.

Kanye West, como artista performático, crea constantemente, nos guste o no lo que hace; sus ambiciones van más allá de la música y eso ha quedado claro desde el momento en que decía en las entrevistas que era “un hombre del Renacimiento” y que “veía los sonidos como pinturas, como ropa, como video, como películas”. Evidentemente no es Giusseppe Verdi ni Puccini, ni Wagner; es Kanye West, un hombre al que su propia dimensión de provocador cultural le ha hecho transformarse una y otra vez, para incomodarnos, para generar admiración o rechazo, pero jamás para aburrirnos. 

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