Crónicas de una despedida anunciada: historias sobre Lugar Común de Altamira

A partir del mes de agosto, uno de los lugares más icónicos de Caracas dejará de prestar sus servicios para la comunidad lectora citadina. Se trata de la Librería Lugar Común de Altamira, un local frente a la Plaza Francia Sur que ha servido desde el 2012 como un espacio de encuentro y de resistencia cultural en una Venezuela donde la crisis late cada vez con más fuerza. Ahora, este comercio se suma a una numerosa cantidad de víctimas de esta tragedia.

La primera vez que me enteré fue a través de un post en Facebook que fue compartido por los mismos emisores de la noticia. Y significó una sorpresa no solo para mí, sino para todos aquellos que alguna vez plantaron un pie en este refugio de la literatura, la crítica y la buena vibra.

Porque lo cierto es que librerías hay miles, pero si a tantos les dolió la noticia de su cierre es porque hacían mucho más que vender libros. Charlas, talleres, conversatorios, proyecciones, bautizos de libros y todavía me quedo corta, eran algunas de las actividades a favor de la cultura que hacía Lugar Común. Ahí mismo, al lado del metro de Altamira y con las puertas abiertas a cualquier lector, músico, estudiante y curioso; era posible pertenecer a un mundo comprometido con un país más involucrado e informado.

Así que como muestra de nuestra gratitud y aprecio por todo lo que significó (y seguirá significando) esta sede de la marca, quisimos recopilar cuatro crónicas sobre experiencias de las que Lugar Común fue autor. Probando con una voz más personal que esta librería trascendió mucho más allá de sus ventas e increíbles eventos.

‘Lugar Común: el inicio de una noche caraqueña’ de Carlos Spitia

@carlos_spitia

Era viernes por la noche y la voz femenina del vagón anunciaba “estación Altamira”. Había acordado con unos panas vernos en la Plaza Francia, pero me dio culillo sacar el teléfono, entonces crucé el rayado en ele y entré en la librería.

Para suerte inesperada, estaban regalando cerveza Zulia. La botella verde derretía hielito a medida que la jeva me la servía en un vaso. El paladar se me llenaba de gloria con los tragos mientras paseaba por los estantes, manoseando libros al ritmo unísono de una chama que estaba dando un conversatorio sobre intervenciones gráficas muy malandras en espacios inhóspitos.

En eso me pusieron la mano en la espalda y me dieron un abrazo antes de que pudiera emitir un saludo. Era el barbudo, enchaquetao’ y con un casco en las manos, preguntándome cómo me trataba la ciudad. Este man es de esos panas diablos que cuando te los encuentras, puedes terminar en un point lejos de casa.

Yo tenía en las manos la necesidad de llevar algo sobre Parque Central, le pregunté a la catira de Lugar Común y me enseñó un libro de cuentos, señalando uno de suspenso y prometiendo que me lo tripearía burda. El barbudo me apuró diciendo que Gaby nos esperaba en La Guacamaya. Pagué el libro y le pedí a la catira que me lo guardara, porque la noche era caraqueña.

Luego de unas negritas frías en la tasca, fuimos por una botella de cocuy en una esquina de Chacao y nos rescató un pana de ellos con su jeva. Fuimos a una muestra-pachanga de Pigmento Criollo y me encontré a Mariana, me invitó al camerino, me sirvió ron y quesillo, y comí con aquella hambre de maracucho, rematando con pan de guayaba.

Gaby nos pasaba rondas de cocuy brindando hasta por el cuatro que tocaban. El pana del carro se l*dilló y salimos de ahí a buscar cigarros en lo oscuro de la madrugada. El barbudo ya hablaba italiano y yo traducía su tante grazie e buona sera.

Terminamos en el apartaco de unos bichos fumaísimos y habían dos prepagos operadas periqueándose en el sofá. Yo estaba junto a ellas con un vasito de curda y le dije a Gaby: «baby I’m gonna puke» pa’ que nadie entendiera. La jeva me llevó pa’l baño y sobaba mi espalda mientras por mi boca salía cebada, cocuy de penca, Cacique, restos de pan de guayaba y quesillo. Al amanecer me contó que me acostó boca abajo y durmió en mi espalda pa’ que el barbudo se buceara a las tetonas tranquilo.

Me dieron la cola hasta Lugar común, entré con la misma pinta de la noche anterior, rescaté el libro, Payback, de Lucas García, y leí Nocturno ambientado en Parque Central al día siguiente en un avión a Maracaibo. A los panas con los que no me encontré esa noche, les eché este mismo cuento tiempo después mientras el barbudo daba un conversatorio en la librería.

‘Elena y los lugares comunes de Caracas’ de Elena de Arenales

@elenabendita

Habían lugares en Caracas que se convertían en referencias para llegar a otros lugares, ya sea porque todo el mundo los conocía o porque simplemente estaban ubicados en un espacio tan específico que podría verlo hasta el más despistado. Eran lugares que por un consenso social llegaban a ser casi parte de la infraestructura mental de todos los habitantes de la ciudad porque era imposible pensar en Altamira sin pensar en el metro o en el obelisco en la mitad de la plaza, así como era inevitable pensar en las veces que alguien pudo tener sexo cada vez que pasabas por enfrente del hotel Palace o que quizás aquella tarde justo en ese lugar algún motorizado pudo haber robado a una adolescente que solo quería llegar a su casa porque estaba harta de Caracas, del c*rajo que no le respondía los mensajes y de no tener suficiente dinero para comprarse un carro.

Lugar Común era uno de esos lugares donde Elena conoció y vivió su vida alrededor de libros y una avenida principal muy concurrida. Todo el mundo sabía dónde quedaba Lugar Común de Altamira, desde Sebastián, el niño que le metió la lengua hasta la tráquea, hasta Miguel que la ignoraba cada vez que ella le hablaba de un tal Alejandro Rebolledo y su Pim, Pam, Pum. Era la librería de referencia para encontrarte con un amigo y devolverle su cargador que había dejado en tu casa la noche anterior. Era el epicentro de los encuentros desprevenidos de gente que tenías muchísimo tiempo sin ver, aunque sabías que no era porque Caracas era una pecera gigante en la que todos sus habitantes eran chupados por los aires de supremacía y mediocridad del este de la ciudad.

Pero Elena siempre recuerda el día que Lugar Común de Altamira se convirtió en ese recorrido por Caracas que nunca llegó a ser, en ese olor familiar de leer un libro y llorar por la noche cuando terminas de entender que nada duraría para siempre. En ese lugar donde recordaría sin querer las cosas bonitas que había podido ver caminando por las calles de Altamira, donde imaginaba con expresión agridulce cómo pudo haber sido ese lugar años atrás.

Fue exactamente un día tarde de abril en el que todos sus pretendientes decidieron ir al mismo lugar, porque era el lugar donde la gente acostumbraba a ir los días de semana o los viernes por la tarde y era el lugar donde la gente iba a ver bandas o a escuchar personas importantes hablar de memes. Ese día Elena entendió que Caracas era un lugar común para todos los que estaban ahí, parados frente a las vitrinas decoradas con tipografías de un tal Burner Wong, burlándose de la existencia de cualquier pasajero que quisiera salir por un momento de la caótica ciudad capitalina que siempre había estado en ruinas.

Ojalá Elena hubiera podido disfrutar de cada rincón, de cada historia que se leía y cada corazón que se partía dentro de este lugar. Elena pensó en Santi que la besaba como un loco enfrente de todo el mundo en aquella tarde de abril, en Miguel que en ese momento no lo sabía, pero Elena iba a enamorarse perdidamente de él y en algunos otros que simplemente nunca lograrían conquistar el potente corazón de la caraqueña judía de los Palos Grandes.

‘Memorias de Lugar Común’ de Samuel Schoenberger

@sschoenberger

Cuando estaba en bachillerato y estaba descubriendo la movida cultural en Caracas, leí en un artículo de internet sobre una librería que se prestaba y ambientaba la movida cultural en la ciudad. Ahí tenían tiempo organizando talleres de tipografía, bautizos de libros importantes y planeaban hacer más iniciativas en pro a la cultura de la ciudad. Esto me emocionó, ya que era un lugar que no conocía en mi propia ciudad siendo tan atractivo.

Hablé de esto con un amigo con el que solía salir los fines de semana a rodar con nuestras patinetas por Caracas. Era nuestra forma de conocer la ciudad desde adentro. Entonces nos planificamos para ir ese mismo fin de semana desde su casa hasta este lugar y ver qué tan grandioso era.

Nos lanzamos una buena rodada donde tomamos fotos que aún conservo, nos caímos un par de veces y también nos perdimos, pero llegamos al famoso Lugar Común. Era una pequeña librería que aparenta estar escondida y se hace sutilmente atractiva al camuflarse con la arquitectura artística de la ciudad.

Apenas entramos, lo primero que veo es una composición de lego en el escalón de la entrada completando un pedazo de mármol roto. Y pensé, «wow ojalá toda la ciudad estuviera reparada así».

Entramos y sentimos un ambiente cálido y el pana que ya nos gritaba se convertiría en una parada fija en una nueva rodada. Me sorprendió que nos hayan permitido lavarnos las manos y guardar las patinetas en la caja para no molestar, ni ensuciar. Siento que ese cariño y buena vibra a un par de desconocidos sudados fue mi completo match con ese lugar.

Después de ese día, llegué a frecuentar la librería muy seguido. Ya que para ese entonces era una de las pocas librerías donde conseguía libros de diseño gráfico moderno. Cosa que como estudiante de diseño, era un tesoro. Ha sido un punto de referencia fijo para verme con muchísimas gente y una experiencia inigualable si iba con alguien que me moviera el piso a la librería donde pedíamos un café.

Ciertamente es uno de los lugares más importantes para mí en Caracas y me duele un poco pensar que dejaré de verlo cuando pase por la calle. Pero pienso que lo más importante como ciudadanos es que hagamos más espacios  importantes para nosotros, que los tomemos como nuestros puntos de referencia, nuestros lugares frecuentes. La única forma de lograr esto es saliendo a conocer más allá de lo que siempre vemos. Caracas tiene mucho que ofrecernos y es hora de hacerla nuestra.

‘Sobre libros, panas, amor y lugares poco comunes’ de Carla García Sánchez

@callmecarlangas

“Vamos a ver si tienen el libro que le vi a mi enamorado de metro”.

“Disculpe, chico, ¿aquí sacan copias?”.

“M*rico, ¿hay algo allá?” – “No sé, pero algo fino conseguiremos que hacer”.

“Dale, te espero en Lugar Común”.

Vidas distintas, cruzadas, acertadas, equivocadas, locas, serias, privadas y públicas. Solo un espacio que no sea el metro ha conseguido reunirlas a todas y manipularlas a favor del conocimiento y la curiosidad. Es muy simple: está diagonal a la Plaza Altamira, en el Edificio Humboldt con un mural a lo Picasso de Ennio Tamiazzo y está señalado con letras blancas y negras. Tan sencillo, tan accesible, y de todo menos común. Como un cinnamon roll un sábado en la tarde, solo que mucho mejor.

La primera vez que pasé, ni la noté. “Otra librería más”, tuve el pecado de pensar. Pero ese pensamiento me pasaría factura. La próxima vez fui por motivo de una cruzada; buscaba, para variar, alguna novela cuyo nombre y autor me cautivara sin necesidad de un súper currículum: con una buena historia me bastaba. Tengo la mala costumbre de comprar libros que se me aparecen sin la más mínima lucha ni búsqueda, pues creía que como enamorarse, andarlo buscando solo echa a perder la expectativa. Solo que en lugar de encontrar una sola novela, obtuve cinco. ¿Sola? Para nada, me hubiese vuelto un ocho.

Al mencionarle mi rutinaria cruzada a la librera, a ella se le encendió un bombillo y con solo mirarme y escucharme a hablar me presentó a los cinco autores que debería conocer: Bukowski, Garmendia, Duras y Liendo. Ok, esta chama me dio tarea para la casa, pero me convenció con un discurso de lo más sincero, personal y lógico sobre por qué debería leer a cada uno de ellos. Y con eso me compró, bueno, además del café y la música cool…porque ¿quién querría leer así? Supongo que a partir de ese momento, yo y apuesto que otras cien personas más reformularían y dirían: “Otra librería un carrizo”.

Mucho después volví a caer en ese particular espacio, solo que no se me apareció una inesperada historia de algún bestseller romanticón de los ochenta, sino que se me presentó una historia que al igual que los libros que leía, había venido sin tocar la puerta ni mucho menos después de una desesperada búsqueda. Me extrañó porque nada en mi vida viene sin un poco de desesperación previa. De b*las que me enamoré. Él llegó con café, una recopilación de ensayos y ahí fue. Este lugar me atrapó de nuevo.

¿Acaso no se quedaría sin historias para mí?

Aquí también me hice pana de Sartre, de Camus, de todo el grupito de Kerouac, Ginsberg y Burroughs, y hasta me presentaron a tan famoso Murakami. En este punto, ni siquiera tengo intenciones claras al pisar este piso blanco. Porque aunque muchas historias anteriores han terminado ya, cada vez que vengo a Lugar Común, el prólogo de una experiencia completamente nueva y distinta se hace escuchar en cada oportunidad.

Y en eso pocos lugares, y creo que ninguno en Caracas, lo superan. Lugar Común, además de salvaguardar libros, crónicas, vidas, cafés, música y amores, son miles de historias las que nunca dejará de evocar y no necesariamente escritas por García Márquez, ni mucho menos sobre analizadas por algún intenso estudiante de Letras, sino gracias al azar, la curiosidad, la casualidad y por una bella e interesante coincidencia.

Aunque Lugar Común de Altamira vaya a cerrar sus puertas a finales de julio, quedarán aún varias portadoras de su cultura: en la calle Jalisco de Las Mercedes, Paseo Las Mercedes, la librería Alejandría en Plaza Venezuela, en el centro comercial Alto Prado en Mérida y en la Isla de Margarita.

El interés y la curiosidad de saber cada vez más no pueden cerrarse con este ícono, sino que tiene que servirnos como inspiración para adoptar un criterio que Dios sabe que nos hará falta si queremos evitar más tragedias como estas.

Sin más que decir, pero con mucho más para relatar, agradecemos a Lugar Común de Altamira por todas las experiencias, historias, cafés y libros que nos permitieron vivir en su pequeño gran rincón de la ciudad.

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