Frida Kahlo no es el ícono perfecto, pero al menos era real con su arte

Frida Kahlo no era perfecta, pero al menos era real

Solo hace falta ver un par de sus pinturas, leer sus cartas o buscar fugazmente sobre ella en Wikipedia para darse cuenta de que la vida de una de las pintoras latinoamericanas más reconocidas está lejos de ser perfecta. En su caso, es todo lo contrario.

Desde los seis años Frida se enfrentó al dolor físico, cuando fue diagnosticada de poliomielitis y afectó su pierna derecha. Años más tarde, tuvo un accidente en autobús que le costó fracturas en las dos costillas, en la clavícula y tres en el hueso pélvico, su columna vertebral quedó fracturada en tres partes, su pierna derecha en once, su hombro izquierdo se descoyuntó y su pie derecho se dislocó. Su condición la obligó a pasar la mayor parte de su tiempo inmovilizada con un corsé metálico, acostada en cama o confinada en un hospital.

Pero el dolor no solo se limitó a terrenos físicos.

Frida se enamoró de Diego Rivera, un hombre diagnosticado por su médico como “incapaz de ser monógamo”, tuvo que aceptar la realidad de que nunca podía procrear por sus problemas físicos y perdió a su único hijo en un aborto espontáneo.

Además de las 32 operaciones quirúrgicas que tuvo que experimentar desde el día que nació hasta el día en el que murió, su vida personal no gozó de estabilidad emocional.

Aunque si jugamos a ser optimistas, antes del accidente Frida no tenía mucho interés por la pintura; sino más bien por deportes físicos, que la ayudaban a recuperarse del polio, como boxeo y fútbol. 

Fue cuando tuvo que pasar días en cama y hospitales, que recurrió al arte: dibujó sus yesos, hizo autorretratos y escribió hasta el cansancio.

En retrospectiva, estamos acostumbrados a calificar a Kahlo como un símbolo, en gran parte, por sus características y atributos físicos: desde su ceja única y bigote, hasta sus vestidos mexicanos y recogidos exóticos. Pero más allá de eso, la fuente de inspiración de Frida siempre fueron sus propios sentimientos, su vida, sus realidades y luchas por encontrar y defender su propia identidad.

Con su larga lista de infortunios, la obra de arte más significativa de Frida Kahlo fue su vida. 

Transformó todo su dolor en arte, se inspiró en sus pasiones, convicciones políticas, y ofreció en bandeja de plata una respuesta práctica a su discapacidad. Su herencia personal, además de las pinturas y cartas (que fueron un medio para un fin), fue su incansable búsqueda de la honestidad.

No solo estamos hablando de honestidad en su entorno, sino con su persona. Toda su vida fue, nada más y nada menos, que un recorrido por ser honesta consigo misma. 

Y aquí es cuando entran las imperfecciones de Kahlo; en ánimos de ser sincera con ella misma, tuvo que serlo con el mundo y dejó ver sus matices oscuros.

Admitirse a sí misma que dependía emocionalmente de Diego, era admitírselo al mundo; dejar que todos vieran, a través de su arte, sus errores y fallas, porque ella misma quería reconocerlas. Frida no fue, ni pretendía ser, perfecta.

«No sé si mis pinturas son o no surrealistas pero, lo que sí estoy segura es que son la expresión más franca de mi ser. Como mis temas han sido siempre mis sensaciones, mis estados de ánimo y las reacciones profundas que la vida ha producido en mí, yo lo he llevado objetivamente y plasmado en las figuras que hago de mi misma, que es lo más sincero y real que he podido hacer para expresar lo que yo he sentido dentro y fuera de mí misma» – Frida Kahlo.

Kahlo renunció a sus deseos y sus valores para que Diego no se marchase de su lado, ella lo sabía; pero sus imperfecciones no la hacen menos icónica: la hacen real, de carne y hueso.

Manteniéndose fiel a su lema de “nací para ser real, no perfecta”, Frida Kahlo fue un ícono lleno de errores, conflictos internos, problemas y duras realidades, pero un ícono al fin.

Cuando Kahlo muere a los 47 años, el 13 de julio de 1954, dejó atrás un historial de pinturas que encarnan su evolución como persona; cartas y diarios que evidencian su incansable persecución por su identidad y verdadero ser. Hoy, a 63 años de su muerte, celebramos que su alma era lo suficientemente revolucionaria como para abrazar su dolor a través del arte, sin importar que todos estuviesen ahí para verlo.

Por eso y más: gracias, Frida. 

TheA logo
Más artículos
‘Smells Like Girl Spirit’: mujeres que deberías estar escuchando en este momento