‘Big Little Lies’ no debe tener una tercera temporada

Quizá no debió tener una segunda

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Big Little Lies llegó a la programación de HBO en febrero de 2017. Originalmente pensada como una miniserie, los siete episodios que la conformaban fueron escritos por David E. Kelley —también creador del show— y dirigidos por Jean-Marc Vallée, cuyo trabajo incluye Dallas Buyers Club, Demolition y Sharp Objects. Esta primera temporada fue aclamada tanto por la audiencia como por la crítica y resultó ganadora de ocho premios Emmy y cuatro Golden Globes. Así fue, entonces, como Big Little Lies pasó al salón de la fama de la televisión. Hasta este año.

Poco después del estreno de la primera entrega de la serie, HBO anunció que esta tendría una segunda temporada, una decisión arriesgada dada la calidad, cercana a la perfección, de los siete episodios iniciales. Igualmente, cuando Meryl Streep y Andrea Arnold —directora de Fish Tank y American Honey— se unieron al proyecto, las dudas se disiparon, la emoción tomó su lugar y todos esperamos con ansias más de dos años para ver el resultado.

Ahora, tras la culminación de los siete episodios que conforman la segunda temporada, la decepción ha desplazado la emoción. Aunque es agradable volver a explorar la ciudad de Monterey y las vidas de los personajes que hicieron que nos enamoráramos de la serie hace dos años, esto no resulta suficiente. Mientras que catalogar la primera entrega como perfecta no hubiese sido una locura, hacer lo mismo con la segunda sería, pues, una pequeña gran mentira.

Lo más disruptivo de la segunda temporada de Big Little Lies probablemente sea su edición. Con personajes básicamente teletransportándose fuera de los carros y transiciones poco sutiles entre escenas, la serie no pocas veces descuida su ritmo, adquiriendo uno digno de principiantes: desordenado, incoherente y lleno de errores comunes. Esto, sin embargo, no es casual y tiene que ver con una decisión de HBO.

Cualquiera que haya visto uno o más trabajos de Andrea Arnold podría coincidir con que la directora británica tiene un estilo bastante particular que en esta ocasión no solo pasa desapercibido sino que no parece siquiera existir. Dada la naturalidad de sus proyectos anteriores, la humanidad de sus personajes y su inclinación a explorar —mas no explotar— la miseria, la cineasta no se postulaba como una opción obvia para encargarse de Big Little Lies, serie cuya identidad se siente bastante alejada del terreno que conoce Arnold. No obstante, no fue el miedo el que precedió esta segunda entrega, sino la curiosidad, puesto que el show se presentó como el vehículo perfecto para que la directora se sumergiera en otro tipo de aguas.

Los interesados en ver cuál sería la manera en que Arnold abordaría una comunidad como la de Monterey, donde los personajes no se caracterizan por su naturalidad, humanidad y mucho menos por su miseria, y parecen más bien sacados de una telenovela, estaban destinados a ser decepcionados desde finales del año pasado, simplemente no lo sabían aún. Según un reportaje exclusivo de IndieWire, fue en esta época que HBO le quitó todo el control creativo a la directora británica y se lo dio a Jean-Marc Vallée, quien se había encargado de la primera entrega, para que este básicamente le diera su forma y estilo a todo el material que Arnold había grabado con el fin de unificar ambas temporadas. Según varias fuentes cercanas a la producción, este siempre fue el plan del canal y la mayoría de las personas involucradas lo sabían; sin embargo, la directora no era una de estas.

Cuando Arnold terminó de grabar y empezó a editar la serie junto a su equipo, el control creativo le fue arrebatado y entonces Vallée tomó las riendas, modificando el material desde Montreal junto a su propio grupo de editores. Mientras que muchos creyeron que escoger a una directora independiente para liderar al grupo de actrices que protagoniza la serie había sido una movida en pro del empoderamiento femenino, IndieWire asegura que su contratación se debió a que el estudio consideró que el estilo de Arnold permitía ser fácilmente editado en posproducción. Sin embargo, los cortes torpes y desaliñados que se hicieron notar durante la última temporada dejan entrever que esta tarea fue de todo menos fácil.

Como adaptación de la novela homónima de Liane Moriarty, la primera temporada de Big Little Lies abarcó la totalidad de la trama del libro, ocasionando que la segunda desarrolle historias originales bajo la guía de Moriarty. Esto, la mayoría del tiempo, resulta problemático. La cuestión es que algunos relatos tienen sus tiempos y no aguantan más de lo que son, como ocurrió con Game of Thrones, otra serie que buscó ir más allá de los libros que sirvieron de fuente original. Crear personajes significa, también, saber en qué momento matarlos, algo que no parece entender David E. Kelley, creador de Big Little Lies, si tomamos en cuenta el final intencionalmente abierto de esta segunda temporada.

Mientras que el uso de los flashbacks en la primera temporada fue un elemento clave, en esta se vuelve excesivo e innecesario, constantemente referenciando la primera entrega o eventos que acaban de ocurrir, como si el espectador no fuese capaz de recordarlos. El juego de montaje con escenas que aluden al pasado cercano es una marca del estilo de Vallée, como demostró en la también serie de HBO, Sharp Objects. La insistencia en recrear esta aproximación narrativa demuestra la falta de confianza del estudio en lo que Arnold traía a la mesa, literalmente buscando aferrarse al pasado. El público no podrá superar la primera temporada porque esta nueva entrega tampoco parece poder hacerlo.

El exceso no justificado de flashbacks no es el único elemento que denota flojera, puesto que el desarrollo de algunos personajes tampoco fue manejado de la mejor manera. El final de temporada de la primera entrega pedía que la identidad de Bonnie, interpretada por Zoë Kravitz, se explorara con mayor detalle y eso fue precisamente lo que trataron de hacer dos años después. Sin embargo, intentar comprender a un personaje a través de flashbacks de su infancia e introduciendo a sus padres en el show no se siente como la forma más adecuada o natural de hacerlo.

Los siete capítulos que conforman esta nueva temporada de Big Little Lies cuentan una historia interesante con altos y bajos, pero ni siquiera la inclusión de Meryl Streep —quien, por supuesto, da una actuación espléndida— o la facilidad que tiene Laura Dern para interpretar al personaje que nos dará los mejores memes de la televisión de este año logran justificar su existencia. Los problemas de edición y el desorden narrativo despiertan una pregunta en el espectador: ¿era necesario prolongar las historias de estas residentes de Monterey? Preocupa pensar ahora en una tercera temporada. 

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