Pero peor

Donde solían haber avenidas repletas de ventas de pinos canadienses, ahora hay unos semi arbolitos de plástico más desnudos que Diosa Canales y más escuálidos que Henrique Capriles.

Los automercados antes repletos de hojas de plátano, pabilo, y todos los ingredientes para un buen guiso, ahora solo son estantes llenos de aceitunas. Y como tu madre te dirá, “con eso no se puede hacer una hallaca”.

Las gaitas que sonaban a cada esquina, los villancicos insoportables traducidos al español y las niñas intensas enamoradas con el CD de Navidad de Justin Bieber, son sonidos reemplazados con calles silenciosas de ambiente lúgubre.

Los balcones decorados de luces, los árboles de los centros comerciales, los detalles de largas filas de luces navideñas en los municipios, esta Navidad quedan obsoletos bajo la luz de un único faro cada 500 metros en toda la ciudad.

Los tiempos de parranda navideña fueron sustituidos con colas.

Las fiestas, con más horas de trabajo para ver qué tanto se extiende la plata.

Los regalos bajo el arbolito, con un “este año no se puede mi amor”.

Y los deseos de esperanza y prosperidad para un año nuevo, con desearle a los demás poder conseguir carne en el 2018.

La Navidad del 2017 en Venezuela se siente como ese momento en que mientras todos dormían, El Grinch decidió robársela

En la película, un animal verde, con mala ortodoncia y un olor putrefacto, desarrolla un odio sin precedentes a la celebración de la Navidad. Por esto, la noche del 24, decide robarse cuanta decoración, Santa bailarín, regalo, luces y postres consiguiera en el fantástico pueblo de Whoville, esperando que sin eso nadie pudiese celebrar sus fiestas y quedarán eternamente tristes.

Venezuela se siente así. Como si un gordo malévolo haya decidido que porque le provoca nos podía despojar de tradiciones, buenos deseos, espíritu de festejos e ilusiones a los niños.

“No se siente el ambiente a navideño” dicen con aire desalentador y voz resquebrajada las personas que recuerdan las largas filas para sentarse en las piernas de Santa, las patinatas icónicas por el inevitable olor a sangre, costras, cotufa y pólvora de cebollitas y los especiales navideños en televisión que solo se podían acompañar de Oreos pintadas de verde y rojo.

Antes se podía estrenar ropa, ahora tan solo se aspira por tener algo que poner en la mesa el 24.

Las largas filas para empaquetar regalos, ahora están fuera de la panadería, rogándole al Espíritu de la Navidad que por lo menos hoy le deje llegar con pan a la casa.

¿Dónde está la Navidad? ¿Quién nos la quitó?

En la película, contrario a lo que deseaba El Grinch, el pueblo se unió en cantos, fraternidad y buenos deseos para comprender que el verdadero sentido de la Navidad está en compartir con los tuyos y aspirar a que el año que viene seas una mejor versión de ti mismo. Ellos encontraron que diciembre no se trataba de dar regalos y empinar Ponche Crema, sino en abrazar, dar gracias y compartir.

Puede que eso sea lo que tenemos que hacer nosotros. Compartir lo que tenemos y hacer saber que a pesar de que nos roben de opciones, oportunidades, información y dignidad, no nos van a tumbar.

El Grinch puede que se haya robado la Navidad, pero en vez de asumirlo como uno de nosotros al final de la película como lo hicieron en Whoville, hay que meterlo en una cárcel severa y hacerlo pagar por el mal rato.

Mientras tanto, la música sigue siendo gratis y un abrazo de pana también. Adopta a los que El Grinch también obligó a sus familiares a irse de nuestro Whoville y promete que para el año que viene, cuando venga un monstruo verde y peludo a despojarte de lo que es tuyo, lo estarás esperando despierto y con un bate.

Feliz Navidad Venezuela, que a pesar de todo, El Grinch no te robe la sonrisa.