Untold Story: la peor temporada del año - The Amaranta

Porqué la temporada de mangos es la peor para las personas incómodas

“Sweet baby jesus make it stop!”
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La primera vez que entendí la temporada de mango como un acecho para las personas incómodas fue gracias a mi mejor amigo. Como de costumbre, interrumpió una conversación totalmente normal para decir algo profético y sabio, esa vez fue “Deberías hablar del untold story behind the época de mangos”.

A pesar de que nunca habíamos hablado del tema, sabía exactamente de qué estaba hablando: La temporada de mango, por encima de cualquier otra época del año, entre otras cosas, implica un alto índice de conversaciones con extraños, hordas desenfrenadas de adolescentes lanzando objetos contundentes y un sin fin de situaciones espantosas para alguien que entra en pánico cada vez que tiene que interactuar con otro ser humano. Lo peor es que socialmente nunca hablamos al respecto.

Amo el mango como fruta, pero el mango como elemento de la vida social es uno de mis enemigos personales por todas estas razones totalmente arbitrarias:

Olvidamos medidas básicas de seguridad

Hay personas que hacen lo que sea por un mango. Y esas son las personas que ves balanceándose en un pie sobre la rama endeble de un árbol a 5 metros de altura.

No parece demasiado pero cuando eres una persona incómoda la escena inmediatamente te va a hacer pensar que la persona trágicamente caerá y al estallar contra el suelo, su cerebro se mezclará con el mango roto y todo será un desastre. Seguro en ese momento pasará un niño impresionable que quedará traumado durante el resto de su vida y jamás podrá comer mangos. La familia del equilibrista no sabrá cómo seguir su vida y comenzarán un escuadrón anti mangos dedicado a cortar todos los árboles de mangos, lo cual claramente terminará por convertirse en un movimiento a nivel mundial que penalizará la ingesta de mango con pena de muerte. Todo porque apenas vemos un mango se nos olvida que no estamos hechos de acero. Nadie dice nada porque hacer lo que sea por un mango es el el equivalente en vida real a las fotos de aguacates en Instagram, todo el mundo lo aplaude por más idiota que se vea.

La semana pasada una compañera de trabajo entró a la oficina con una sonrisa en su cara y me dijo “¡Había gente trepando el árbol de enfrente buscando mangos!”. Mi cara inmediatamente hizo un gesto de terror absoluto mientras mi cerebro procesaba la información y entendía que en realidad me lo decía como un hecho gracioso, tierno y ejemplar de la idiosincrasia bella y sublime de nuestra sociedad.

No voy a tocar el tema de mi reacción inapropiada y desproporcionada. Estoy acostumbrada a vivir con la certeza de que gracias a la temporada de mangos hay gente que piensa que tengo problemas graves.

Desencadena hordas de adolescentes salvajes sueltas por las calles

Como toda persona incómoda tengo un miedo irracional hacia algo totalmente intrascendente. En algún momento después de cumplir 25 desarrollé una fobia horrible hacia los adolescentes. Es un problema porque soy parte de la sociedad y porque tengo tendencias de cougar.

Ver un grupo pequeño de personas de menos de 18 años para mi es igual que despertarme en la mitad de la noche con el Babadook al lado abrazándome y susurrándome al oído.

Los adolescentes son volátiles, están constantemente insatisfechos, y tienen una fijación con los mangos tan fuerte como la de un rey azteca por la sangre de una virgen. Cuando los mangos empiezan a crecer, se transforman en hyenas desenfrenadas avaladas por la sociedad.

La gente espera que lleguen con sus uniformes y sus risas inquietantes a bajar los mangos de los árboles. Aplauden que lancen cualquier cantidad de cosas para tumbar los mangos. Les abren las puertas a cualquier lado. Nunca hay tantos adolescentes sueltos como cuando los mangos están por caer.

Fomenta un constante small talk vecinal

No hay nada más incómodo que tener que terminar una conversación casual. Una vez me hice la mejor amiga de un tipo obsesionado con los Backstreet Boys -En pleno 2012- porque no fui capaz de terminar una conversación que empezó con él hablándome del árbol de mangos que teníamos enfrente en una parada de autobuses para ir a la universidad. Todavía lo tengo en Facebook, ha embarazado como a 3 mujeres distintas desde entonces. Todos sus updates son sobre Nick Carter y no puedo dejar de leerlo. Lo odio.

No me llevo mal con mis vecinos y no tengo nada contra ellos, excepto por el niño de la esquina que se viste como Justin Bieber desde hace 2 años. Pero siento que gran parte de nuestra buena relación se debe a que solo hablamos dos veces a la semana como máximo, y son conversaciones que se limitan a 30 segundos cuando llego a mi casa en las noches.

La temporada de mangos cambia nuestra dinámica totalmente. La lista de temas de los que mis vecinos quieren hablar con quien sea crece absurdamente. Ya no es sólo un comentario efímero sobre el clima. Ahora quieren discutir el color de los mangos del árbol de enfrente, todas las recetas -con detalles- que planean hacer, decirme una anécdota suuuuper graciosa sobre cómo alguien usó algo inesperado para bajar un mango en la mañana, lo molestas que son las moscas rondando los caídos en las mañanas, lo terrorífico de los murciélagos atacando el árbol en las noches, y planes elaborados con 540 pasos sobre cómo hacer para evitar que los mangos exploten al caer al suelo.

Una conversación que no debería durar más de 30 segundos se convierte en un maratón de 3 semanas. Llegas exhausto a tu casa.

Puede llevar a un apocalipsis vehícular

Un mango cayendo es capaz de romper el vidrio de un carro, esto lo sé gracias a evidencia totalmente anecdótica.

Eso significa que puedes estar manejando tu carro tranquilamente en la calle, tal vez en una cola justo bajo un árbol de mango, en el desafortunado momento en el que un mango decide caer. En el mejor de los casos, pierdes visibilidad, a.k.a una de las medidas básicas que necesitas para estar seguro y a salvo mientras manejas.

En el peor de los casos, puedes ir manejando y ser víctima de un adolescente descarriado tumbando un mango que te rompe el vidrio de tu carro como daño colateral de su adicción. True story. Obviamente si sobrevives te toca pagar el vidrio a ti porque, de nuevo, los adolescentes son criaturas espantosas que jamás se hacen responsables por nada.

Ahora imagínate eso pasando en simultáneo a todos los carros del país e intenta seguir pensando que un apocalipsis zombie sería peor que un reinado de adolescentes buscando mangos por toda la ciudad.

Causa brotes de paranoia

Aunque suene descarado no me refiero a mi demostración de paranoia con los 5 puntos anteriores.

El fin de semana pasado mi tío me acusó muy seriamente de acaparar mangos. Su teoría es que como la ventana de mi cuarto da al árbol de mangos que está en frente, siempre puedo ver cuando los mangos están por caer y los busco antes de que se dañen con el impacto o alguien más pueda agarrarlos… todo eso a pesar de que durante 9 horas, 5 días a la semana, estoy en una agencia de publicidad y no mirando por la ventana. En su mente, mi cuarto es el Santo Grial de los mangos.

Pero, eso es sólo una historia ¿No? Oh, sweet child of summer, no, no es sólo una historia. Actualmente mi urbanización se encuentra protagonizando una guerra fría por el mismo árbol de mango. Hay 4 casas enemistadas y acusándose entre sí de robarse mangos cuando los otros no ven.