¿Somos cool o somos feministas?

Porque vivimos en un mundo en donde es difícil ser los dos.
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Como alguien que se identifica públicamente como feminista, he tenido que soportar las mismas situaciones innecesariamente incómodas que Ainoa. En mi caso, decir que soy feminista ha sido parecido a haber abierto un foro de debate sobre feminismo. Y tristemente, en la mayoría de los casos las personas que se sienten con más derecho a debatir han sido hombres incapaces de aceptar que son machistas y que aprendieron sobre feminismo en Yahoo Answers.

No estoy aquí para hablar de ellos, así como Stephen Hawkings no perdería su tiempo rebatiendo mis argumentos ignorantes sobre física.

De lo que quiero hablar es de la minoría, de esos debates que he tenido con personas que sí quieren escuchar lo que tengo que decir y tal vez aprender algo.

Todo empieza por un recorrido básico por las primeras olas del feminismo, hasta las luchas actuales, e invariablemente una pequeña discusión sobre “¿por qué no se llama entonces igualitarismo?” (Hint: entre otras cosas, porque eso ya existe y es otra cosa). Luego de un rato, las conversaciones decantan en lo mismo, “Es que son muy agresivas”, o “Deberían ir con más calma”, “Pueden tomarse el tiempo de explicar de qué se trata el feminismo”, y finalmente, todo el mundo llega a la misma pregunta: “¿entonces no te parece que el feminismo tiene un problema de mercadeo?”

Lo más cercano a una respuesta que puedo dar, es que sí lo tiene, pero no como ellos creen. El problema del mercadeo dentro del feminismo es que ha diluido al movimiento hasta transformarlo algo que no se está rebelando contra nada. Las feministas de antes eran contestatarias y no se disculpaban por serlo. Quiero pensar además, que no modificaban sus discursos para hacer sentir cómodos a los hombres o para parecerles sexys. Pero eso fue hasta que llegó el marketplace feminism.

Marketplace what?

Es un término acuñado por Andi Zeisler, cofundadora de Bitch Media, en su libro We Were Feminists Once y yo divido su concepto en tres:

  1. Cool Feminism: La reducción del feminismo a cápsulas digeribles y fáciles de vender. Como usar un bolso con la cara de Simone DeBeauvoir sin nunca haber leído ninguno de sus libros.
  1. White feminism: En el sentido de que es feminismo para gente blanca. Es decir se enfoca en los problemas de las personas blancas e ignora cualquier otro que no los incluya.
  1. Muted Feminism: El feminismo que no quiere cuestionar nada y se conforma con la sensación de progreso.

El problema es que todas estas nuevas vertientes hacen del feminismo un disfraz que se usa para parecer woke. Es una franela que sirve para parecer interesante, pero cuando hay que hacer el trabajo empiezan las excusas.

La realidad es que si solo eres feminista para apoyar el #FreeTheNipple, no eres feminista. Para parafrasear a Flavia Dzodan, o eres interseccional o no eres nada. Si sólo eres feminista para solucionar problemas que te conciernen a ti personalmente, estás usando tu privilegio como escudo ante tu responsabilidad. Eso no sólo no es compatible con un movimiento que busca igualdad, sino que de hecho se opone activamente a su idea central.

El feminismo como estética es vacío y no busca cambiar nada. Por lo tanto convive felizmente con una sociedad machista. Y entiendo porqué ser tan complaciente a veces se ve tan cómodo y atractivo.

Mentiría si digo que me siento cómoda siempre siendo la feminista fastidiosa que señala el subtexto machista y patriarcal en conversaciones aparentemente inocuas. No quiero tener que estar constantemente viendo el mensaje falocéntrico y sexista en los contenidos que consumo en cualquiera de los medios que visito. Pero no creo que la solución sea reducirme y autocensurarme para no incomodar al otro. Sobretodo porque la única razón por la que esa podría ser una solución ante mi cansancio es por el privilegio que tengo al no ser una de las millones de mujeres que están más seriamente oprimidas o en peligro gracias al patriarcado.

El feminismo que sólo habla de tacones, maquillaje y sexo, está tristemente cumpliendo un juego de performancia de la mujer como objeto sexual. Uno de los temas más difíciles de reconciliar como feminista y humano. Yo también quiero verme bien o que bae no me vea como un saco de papas asexual que no quiere ser objetificado. Pero esos debates no pueden ser el centro del movimiento. Es feminismo débil y superfluo que deja por fuera a mujeres feministas no cisgénero, no heterosexuales, no blancas, y no educadas. No porque las feministas transexuales, lesbianas, de color o con educación básica no puedan tocar ese tema sino porque tienen muchísimos más problemas de opresión de los cuales tienen que ocuparse antes de llegar hasta ahí.

El feminismo de Instagram es uno que sólo puedo ejecutar gracias al privilegio de poder sentarme a hablar de estas cosas porque no me vendieron en matrimonio cuando tenía 13 años, o porque pude estudiar, o porque no tengo que mantener a una familia.

Si Taylor Swift puede llamarse feminista y luego no hacer nada para ayudar a otras mujeres, entonces todo esto se sigue tratando sólo de estética. De lo que se ve bien y concuerda con la idea de una mujer empoderada según la sociedad machista. ¿Dónde está el cambio aquí? ¿Qué estamos desafiando si estamos intentando no incomodar a nadie? ¿Cómo acabamos con el machismo si estamos demasiado ocupadas pareciendo cool?

Aquí es donde está el dilema. Ser feminista no hace que automáticamente te separes de la sociedad y vivas únicamente bajo tus propias reglas.

Claro que me encantaría que ubicarme como feminista no hiciera que todos los demás me vieran como una persona molesta con el mundo hablando de algo que nadie entiende.

También me encantaría quedarme callada porque para mi, Beatriz Marte, hay menos consecuencias si lo hago.

Pero al mismo tiempo, creo que mi responsabilidad como feminista no es acomodar a los que no saben y no se preocupan por conocer. Ni dejar pasar las actitudes machistas, transfóbicas, o falocéntricas que ocurren a mi alrededor así se limiten a sólo una palabra o “un chiste”. Mi responsabilidad como feminista no se trata de mi, ni de cómo me ven las personas. En realidad se trata y siempre ha debido tratarse de todas aquellas personas que están sufriendo como consecuencia de un sistema en el que si no eres un hombre blanco heterosexual, automáticamente eres un humano de quinta. Eso necesariamente incluye ser molesta y decir cosas que no son fáciles de hablar ni agradables de escuchar y eso va a hacer que, en la mayoría de los casos, me vea como una persona agresiva y amargada en vez de una niña eternamente inocente, callada y acomodaticia, y por lo tanto sexy. So be it.

¿Por qué no podemos ser cool y feministas?

Porque no hemos terminado nuestro trabajo como feministas y ser cool todavía significa cumplir con ciertos estándares para complacer al patriarcado. Ser cool no es una posibilidad para las mujeres de color, o butch lesbians, o personas de bajos recursos, o muchísimas mujeres trans. Ser cool y llamarte feminista es usar tu privilegio en detrimento -y no en favor- de todas estas personas que siempre han estado marginadas no sólo en la sociedad en general sino en el feminismo blanco.

La pregunta que tal vez deberíamos hacernos es ¿Prefiero ser feminista? Y darnos permiso de contestar con un no. Si lo que quieres es ser cool, more power to you, sister. Igual vamos a estar apoyándote al otro lado de tu Instagram feed dándole like a tus fotos y admirando tu pómulos.