Es cómico cómo haciendo cualquier cosa te conviertes sin querer en un estereotipo

Así que vas al gimnasio.

Siempre he creído que este lugar funciona más o menos igual que un club nocturno, al menos en cuanto a lo social. Porque nos guste o no, tenemos una especie de impulso mediático a registrarlo y hacerlo público. Aquí es donde entra la premisa “si no lo publicas, ¿de verdad pasó?”. Entonces, si ves veinte barritas grises en las stories de tus amigas y tus celebridades favoritas, ya sabes que fueron a rumbear o al gimnasio.

Eso no es lo único en lo que se parecen un club y un gimnasio. Otra similitud es que la gente que va para allá, fácilmente entra en un grupo de personas con ciertas características reconocibles a kilómetros de distancia. Están los que no sueltan el trago de la mano, los que se toman las fotos en los baños, los que prefieren estar descalzas que sentadas, y aún me quedo corta.

Dentro del gimnasio, esos estereotipos no son muy distintos. Aunque no haya nadie en tacones (espero) en ese lugar que lucha contra los cauchitos, siempre surgen personalidades y álter egos genéricos. Una vez dicho esto, descubre de una vez quién eres en el gimnasio.

Lo curioso es que no tienes que ir al gimnasio para ser alguno de estos clichés. Con tal de ser un humano activo en las redes sociales, tú sabes quién serías en este templo de caminadoras sin tener que plantar pie en uno.

No puedes engañarte a ti mismo.