La ropa no ocasiona la violación - The Amaranta
Que la ropa hable por sí sola

Una pijama

A la primera la gusta usar ropa cómoda cuando está en casa. ¿Qué se pone uno sino cuando está a punto de enfrentarse a un maratón de La Casa de Papel un miércoles? Una camisa de algodón gris con rayas negras, revestida de esas bolitas que salen por demasiado uso o malas técnicas de lavado. Su madre siempre le dijo que para evitar dañar la ropa había que secarla al aire libre, pero eso toma tiempo y esfuerzo. Para ser honestos los mejores pijamas son las de peloticas. La franela debe tener unos tres años, en la manga derecha un hueco de nacimiento espontáneo y en la manga izquierda un hilito que misteriosamente no ha descosido toda la franela, de ser halado, este hilito transmutaría la prenda de pijama a coleto mágicamente.

Un pantalón brincaposo, de esos que son menos que un pescador pero definitivamente más corto que un pantalón normal. También lleva sus buenas vueltas al sol guardado en la gaveta de pijamas, el indicado para estas ocasiones porque lleva liga a la cintura y si dan demasiadas ganas de ir al baño pero no las suficientes para despertar el ánimo de una floja que se comprometió a una serie de moda, cede ante una vejiga inflada. Los dibujos en el pantalón son medio psicodélicos, una mala imitación de bacterias ochentosas en tonos chillones que como su compañera la camisa de rayas, las malas técnicas de lavado lo han convertido accidentalmente en el campeón de la comodidad.

El traje de gala es completado por un par de medias con la punta y el talón gris, de esas que nos enseñaron a pintar en el colegio y que no pensábamos que existían en el mundo real. En el pie izquierdo se asoma una deformación en la tela por el área del dedo gordo, como si este luchara por cavar la media y salir de su encierro. No son viejas pero lo parecen, las medias creo que tienen la vida más corta de todas las prendas del clóset. Sí, la vida más corta y los matrimonios más inestables, viven perdiendo su pareja.

El último toque son un par de converse rojos que ni ellos recuerdan cuándo fueron comprados. Así salió la primera a comprar un paquete de cotufas en el abasto de la esquina donde pensaba no encontrarse con nadie. Allí y así fue violada.

Una camisa escotada y unos pantalones negros

Son las siete de la noche y a la segunda la van a buscar en su casa a las ocho y media en punto. Ella sigue embotellada en el tráfico de la ciudad, miserable e inútil frente a su circunstancia como el resto de los personajes atrapados en los carros que la rodean. Por eso en ánimos de adelantar algo a pesar de su estado estático, piensa qué es lo que va a ponerse para salir.

Frena en seco la velocidad mortal con la que conducía al salir del embotellamiento para dejar el carro en el estacionamiento, el repuesto no ha llegado y por eso el aire acondicionado no sirve, está sudada así que inevitablemente se va a tener que bañar, eso la va a retrasar, se frustra.

Son las ocho y sabe que el tiempo la está retando como si alguien le estuviese diciendo que es imposible que una mujer se arregle para salir de noche en menos de media hora. Reto aceptado, baño express (eso sí, sin mojarse el pelo) y agradece desnuda ante su clóset la planificación en el tráfico porque sabe perfectamente lo que va a usar.

Una camisa negra que solo ha sacado a pasear un par de veces, es nueva, la etiqueta todavía pica. Por delante cerrada, el collar llega a rodear el cuello, da la vuelta y por la espalda cae una cadena dorada hasta la cadera que empalma con el corte halter de la camisa. Una espalda totalmente descubierta y un frágil hilo de metal que marca la diferencia entre verse bien o ir topless.

El pantalón han sido, como los zapatos, fiel acompañante de noches de fiesta. Nadie ha bailado más que esos zapatos y ningún bar ha visto tantos tragos derrumbados por borrachos como esos pantalones. Los primeros son negros, ajustados y de cintura alta, esos que la vendedora de la tienda dice que favorecen a las que no tienen demasiado por allá atrás y que están hechos de un material semi elástico sin ser un leggin. Los zapatos han visto mejores tiempos, pero la segunda a nadie le confiaría más sus pies. Son tacones pero hoy en día los siente como pantuflas, negros y de cuero con un cierre medio fastidioso al que ya le ha agarrado cariño.

“Otra vez de negro” se piensa la segunda, no en aire desmotivado sino como aquel que se burla de sí mismo porque sin querer gravita en torno a las cosas con las que se siente cómodo. Perfume, no mucho maquillaje y una cartera de flecos la acompañan al carro del amigo que la fue a buscar a las ocho y media en punto. Allí y así la violaron.

Un uniforme

La tercera odia su trabajo, entiende que no es para toda la vida y que mientras tanto le da buena plata, pero no soporta el olor, la gente, ni el trato de su jefe, tampoco las inagotables cartas que llegan todos los días, abandonadas por sus creadores con la confianza de que la compañía en la que trabaja les encuentre hogar en un destinatario. No le gusta el lema de la empresa, no soporta el “tiqui tiqui” de los camiones cuando van en reversa justo antes de frenar para buscar a los paquetes huérfanos, detesta la idea de que todavía en el 2018 a nadie se le haya ocurrido la teletransportación y que su trabajo no haya sido reemplazado por una máquina, pero sobretodo rechaza con repulsión el uniforme que la obligan a usar.

Nunca le gustaron los uniformes, según la tercera, es la manera más fácil de convertirnos en un rebaño. Nadie destaca, nadie es distinto, se sepulta el individualismo y es más fácil manejarnos como masa, no eres tú, eres la empresa hecha persona. Asco.

La camisa de fuerza de la tercera no es más que una chemise azul oscuro con mangas amarillo mostaza en la que brilla bordado el logo de la empresa, un pantalón azul que en el código de vestimenta del empleado es descrito como “el que a usted le parezca mejor” y zapatos de goma blancos, eso sí, todos blancos.

A simple vista no suena muy estricto, pero para ella las mañanas cuando se viste antes de ir al trabajo, son un ejercicio de auto encarcelación. Puede que sea dramática, pero a ella no le importa, no le gusta y no tiene por qué gustarle.

Refunfuñando y arrastrando unos zapatos Nike con el logo cubierto de tipex, sale por la puerta trasera del edificio a fumarse un cigarro mientras espera un camión con su “tiqui tiqui” insoportable. Un compañero de trabajo sale a acompañarla. Allí y así es violada.

...

¿Qué estabas usando? es la pregunta casi obligatoria que se hace cuando se escucha la confesión de una víctima de violación. Como si de alguna forma la razón por la que son violadas es lo provocativo de su atuendo.

Una respuesta en tono de “te lo buscaste” es lo que se escucha cuando las atacadas dicen que llevaban una minifalda, pero exposiciones como What Were You Wearing? buscan desmitificar el hecho de que estos crímenes suceden por culpa de las víctimas.

Como ven la ropa no provoca la violación, los violadores provocan la violación. Ya sea en un traje de látex de Gatúbela o con una camisa de Winnie Pooh, la culpable de la violación no es la víctima.

Las historias narradas son ficticias.