Probé la meditación diaria por una semana

En tiempos de crisis, era un reto no perder la cordura.
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Cabe destacar que la semana por la que acaba de pasar Venezuela es una de las más oscuras de su historia. La gran mayoría de sus habitantes enfrenta una crisis y una lucha interna que si no dejan drenar, los consume. Nos consume.

Sin embargo, en todo este bululú de luchas de poderes, el humano sigue siendo ser humano. Es por eso que acuden a actividades muy personales para poder sentirse plenos, al menos una hora al día. Pero en lugar de criticarlos (como algunos insensibles por ahí), los he admirado.

He visto a personas hacer yoga, correr, cocinar, beber y hasta desatarse en la sala de su casa para bailar música ochentosa, y prácticamente de todo para no perder la cabeza de la frustración. Quise hacer lo mismo porque ya veía a mi cordura en un acantilado lista para lanzarse si no hacía algo.

Así que me decidí por algo que no me obligaba a sudar y a matarme del cansancio.

Hace unos meses probé la meditación gracias a unos jefes muy liberales que no tenían problema en hacer clases de meditación, hamburguesadas o fiestas de cumpleaños cada vez que veían que la situación país derrumbaba las paredes de nuestro santuario laboral.

Se sintió increíblemente relajante y hasta me dio la sensación de haber fumado marihuana. Todo por practicar simples ejercicios de respiración mientras estoy sentada pensando en mi lugar feliz por 30 minutos.

Eso haría por una semana, a ver si logro no querer matar a nadie del estrés.

First Days

Lo que me propuse fue muy simple, lo suficiente para no renunciar a hacerlo por siete días:

Dedicar al menos 15 minutos diarios a la meditación. Y después premiarme con una taza de té caliente.

Entonces comencé. Mi primer día fue un lunes porque por alguna razón necesito empezar todos mis proyectos y retos un lunes. Ese día me levanté a lo que yo llamo las 8 de la madrugada porque normalmente mi día arranca a las 10. Cerré la puerta de mi cuarto para evitar que mi hermanita de diez años me hiciera bullying y comencé con una serie de ejercicios de respiración que recordaba de mis clases. Lo usual: inhalar y exhalar despacio por la nariz y sentarme como me habían enseñado.

Pero lo verdaderamente retador de meditar no residía en la respiración, sino en eso: MEDITAR.

¿Cómo puedes poner en blanco tu mente con tantas cosas pasando? Game of Thrones en Caracas, la empanada en casi tres mil bolívares, los niños lanzando cosas para que caigan los mangos...fue horrible.

Ese primer día creo que no lo logré, solo consiguió relajarme un poco pero no tuvo mayor impacto que una siesta. En realidad, nada tiene el mismo impacto que una divina siesta. Pero tenía que continuar.

Al día siguiente sí me propuse pensar en muchas otras cosas, incluso había trazado una lista de todo los paraísos a los que podía viajar sin pensar en todo lo que me rodeaba. Pensé en la playa, porque no podía evitarlo, pensé en todos los museos que había visitado, pensé en todos los libros que me leería algún día, y pensé en todas las cosas que me daban risa de mis amigos.

Así fue los primeros tres días, en verdad. En pensar, pensar y pensar sin remedio.

Pero ahora mi reto sería no pensar en lo absoluto.

Días finales

Los días que siguieron fueron peores para Venezuela, todos mis conocidos prometían el fin del mundo. Se preparaban para un apocalipsis. La gente en la calle compraba comida como para un fin de semana de guerra y yo, intentando no pensar.

Insisto, el motivo de este reto era poder drenar y ejercitar mi fuerza mental para no dejar que todo me afectara de forma destructiva. Todo se puede estar cayendo y nunca puedes dejar de cuidarte, me dijo una vez mi abuela. Así que continué, por mí y porque ya tenía que escribir de esto.

El jueves se me ocurrió hacer como un ruido de ssshhh. Muy bajo y muy discreto, casi inaudible. Lo hice con la intención de poder callar cualquier voz paranoica que pude haber heredado de mi mamá para momentos de pánico. Para callar a todo el mundo en realidad, solo lo hice por unos minutos antes de continuar con la respiración.

Ese día, tomé muy orgullosa mi té verde con limón post-meditación.

El viernes se me hizo un poco más difícil seguir con el avance. No pude meditar en la mañana porque había ido a protestar y decidí hacerlo en la noche. Cosa que me había dado miedo por no querer tentar a mi sueño invencible. Pero lo hice. Volví a hacer mis sonidos de sshhh, pero esta vez me sentí poderosa, regia.

Por primera vez en este reto, me había sentido dueña de mí misma. Si me sentía triste por todos los horrores que había presenciado y visto en las noticias, podía hacerlo sin caer bajo el poder del monstruo interno.

El sábado y el domingo que siguieron dediqué más tiempo a la meditación de lo que me había propuesto. Ya mi premio no consistía en una taza de té caliente al terminar, sino en sentirme en calma y con la fuerza de Gal Gadot en Wonder Woman.

30 minutos dediqué esos dos días. Y valió toda la pena del mundo. Mi mamá que me había visto como una rara en toda la semana, se sentó conmigo para al menos saber que no me volví loca. Fue más una oración silenciosa por paz mental que un reto o un simple ejercicio de respiración.

Después de lo que fue probablemente la semana más estresante de mi año, debo darle crédito a esta humilde actividad. Que aunque esté disfrazada de respiración, poses raras y tranquilidad, es una superheroína que ha salvado a mi cordura del lanzarse por el balcón. 

Ya inevitablemente, la meditación forma parte de mi rutina y de mi receta para no matar a alguien en estos días. Espero que me dure como mi reto de no usar sostén, desde el cual no lo he utilizado.

Estos retos me funcionan, espero por el bien de mis conocidos que no me manden a decir groserías todos los días como terapia (wink, wink), porque ese tampoco lo dejaría.

Si quieren comprobar estos resultados por ustedes mismos, aquí les dejo una chuleta:

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