Las Navidades más venezolanas

Porque las gaitas y las hallacas no son lo único que nos caracteriza.
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1. Una cena

Todas los martes y jueves, a eso de las nueve de la mañana, se reúnen Clara, Valentina, Gabriela y Sara a jugar tenis en un par de canchas que dispone la urbanización donde viven las cuatro. Cada una de ellas toma esa hora y media de ejercicio para drenar y chismear sus ocurrencias del día a día; los esposos, los niños malcriados, el trabajo, hacer el mercado, los altos precios, etc.

Al final del mes de noviembre, en una de las jornadas, el cuarteto de amigas decidió organizar la tan esperada cena de Navidad que tienen todos los años junto con sus respectivos esposos e hijos. Valentina, autoritaria de nacimiento, decidió que la cena sería en su casa y el primer viernes de diciembre, ya que Gabriela y Sara se iban a pasar las fiestas en el exterior. Todas acordaron, se dividieron los elementos navideños, y siguieron conversando sobre lo rápido que estaba subiendo el dólar.

El día antes del evento, se pospuso la sesión de tenis en la mañana debido a que todavía no tenían listos los preparativos para la cena; distintos inconvenientes impidieron a cada una poder terminar la parte que les tocaba en el evento.

Valentina, la anfitriona de la fiesta, se pasó toda la semana previa, entre obreros y escombros, instalando un tanque de agua para su casa, ya que en la urbanización había pasado una semana que no entraba agua de la calle. Clara por otra parte, estuvo tres días buscando, de farmacia en farmacia, unos antibióticos que necesitaba su tía hospitalizada. El martes de la semana previa, Gabriela chocó su carro saliendo del colegio de los niños y lo tuvo que ingresar en el mecánico, sin fecha de entrega debido a que el repuesto que necesitaba no estaba disponible, por lo tanto tuvo que esperar a que su hijo mayor la llevara a comprar lo necesario para la cena. Sara, a diferencia de las demás, no tuvo mayor problema cotidiano durante esa semana; solo que, una de las cosas que le tocaba preparar para la cena era una torta de Navidad. Al hacerla, se dio cuenta que en su casa no tenía azúcar y tuvo que pagar un precio exorbitante por un par de kilos a un bachaquero.

Llegó el día de la cena, y el tema de conversación principal durante la noche fue (además de la política) las ocurrencias de cada una de las madres durante esa semana. Cenaron, bebieron y compartieron como lo han hecho todos los años; evitando a propósito el hecho de que cada año se les hace más difícil celebrar tal evento.

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2. El árbol

Santiago López, hijo de José Luis y Andreína, tiene nueve años y es fanático de los días festivos. Halloween, su cumpleaños, el de sus familiares, el día de Reyes y en especial la Navidad son para él los momentos más esperados de todo el año.

En casa de la familia López se mantiene la tradición de comprar el arbolito y montar la Navidad juntos en familia todos los cinco de diciembre, porque el día anterior es el cumpleaños de Mariana, la hija mayor. Este año, José Luis pasaba por una situación económica bastante apretada ya que, meses atrás, fue estafado cambiando una cantidad importante de dólares. Evitando transmitirles la preocupación a los niños, los padres decidieron, a pesar de la situación, gastar el dinero que implica una decoración navideña.

La mañana del cinco de diciembre, Santiago y Mariana se levantaron entusiasmados por el día que les venía. Los cuatro desayunaron torta de cumpleaños del día anterior (como era costumbre) y salieron a comprar el famoso arbolito. Se dirigieron a la venta de pinos canadienses de siempre en Los Naranjos. Al llegar, la inflación se asomaba por cada esquina de aquel humilde negocio. José Luis y Andreína hicieron la matemática, los pinos este año costaban cuatro veces más que el año anterior. Andreína recordó en ese momento un comentario de una mamá en el grupo de Whatsapp de la promoción de uno de los niños. Le dijo a José Luis: “¡Puedes creer que Susana, la mamá de Chipi, me dijo que a los importadores de pinos este año les dieron dólares a 600 para comprarlos! José Luis, hirviendo de la rabia, sin saber si la noticia era verídica o no, le inventó una excusa improvisada a los niños y se fueron del lugar. Santiago, confundido pasó todo el camino de regreso preguntando por qué no habían comprado el arbolito; la explicación más calmada que le dio su mamá fue que allí los pinos no duraban mucho.

Ya en la casa, a pesar de la desilusión de no tener un arbolito, empezaron a decorar el resto del hogar con los adornos de Navidad que quedaban en el maletero. Al rato, Andreína recibió una llamada de su hermana Patricia; necesitaba que se llevara de su casa unas carnes que tenía en la nevera, ya que se iba de viaje a Panamá todo diciembre y no las quería perder. A Andreína se le prendió el bombillo. En la noche, ya con la casa semi decorada, pero incompleta, y escuchando “Niño lindo, ante ti me rindo” por décima vez, llegó la madre con una bolsa de carnes congeladas y una caja con el arbolito de plástico de su hermana que no iba a montar este año.

Los niños casi se desmayan de la emoción. Mientras decoraban y armaban el pino, José Luis y Andreína se sintieron aliviados; aliviados porque a pesar de afrontar una crisis bestial, lograron hacer lo que todo padre desea: ver sonreír a sus hijos.

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3. Lo más cotidiano

Jueves ocho de diciembre. La Sra. Rosa, nacida en Portugal y exiliada en el Paraíso Tropical a causas de la Guerra, es dueña de la muy famosa panadería “Los Ríos” en la Castellana. Ese día, se despertó temprano como de costumbre para empezar las fuertes jornadas laborales que exigen las fiestas decembrinas. El negocio de la Sra. Rosa tiene años siendo reconocido por su famoso pan de jamón y hallacas; las empiezan a vender desde octubre, y la clientela hace filas para comprarlas.

Este año para el negocio portugués había sido un poco distinto. A la Sra. Rosa y a sus empleados se les había hecho muy difícil encontrar los ingredientes navideños, y cuando los encontraban, era a precios muy altos que no tenían sentido con el valor del producto. Por otra parte, como todo en el país, los precios de los productos en la panadería eran altos, y al tener fama, le daba valor agregado a sus ventas; pero aún así, la cantidad de consumidores, comparado con años anteriores, había bajado.

A las ocho de la mañana abrió el local. Los clientes de siempre fueron llegando; se tomaron su café guayoyo y se comieron su cachito de pavo y queso. Ese día, la Sra. Rosa decidió utilizar la harina de trigo para hornear solo pan de jamón; ya que las cenas de Navidad era lo único que se discutía esa semana en la panadería. Esperanzada porque ese día fuese productivo en ventas, se puso su delantal y le dio play al CD de “Mejores Gaitas Zulianas de la Historia”.

A eso del mediodía entró por la puerta llena de adornos coloridos el Sr. Jaime. El Sr. Jaime y su esposa Luisa. Habían sido clientes de esa panadería desde que abrió, conocían a cada uno de los empleados y eran altos colegas de la Sra. Rosa. El Sr. se tomó su café con leche grande, y se sentó a conversar con la Sra. Rosa. Pasaron diez minutos y ahí mismo gritó un motorizado bastante nervioso, con un arma en mano y acompañado de dos sujetos más, que les dieran todos los celulares y el dinero que estaba en la caja registradora. Hace no menos de un mes, la panadería había sido robada también por un grupo de delincuentes, así que la Sra. Rosa, harta de la delincuencia, se levantó indignada e intentó negociar con los malandros. Unos segundos después, entre gritos, llantos y nervios, se oyó un disparo. Inmediatamente los delincuentes se fugaron y la Sra. Rosa estaba en el suelo con la pierna color púrpura.

Dos días después, la Sra. Rosa despertó en la clínica El Ávila con una herida en la pierna y rodeada de sus clientes habituales y todos sus empleados; quienes juntos decidieron pagarle los gastos médicos a la señora y acompañarla durante los días de reposo. Una mujer que dejó su país natal para ser adoptada por el calor caribeño, y que a pesar de las tragedias, toma como suyo la bondad innata que aún mantienen en el alma algunos venezolanos.

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La Navidad en Venezuela, así se esté comiendo de la basura, es para nosotros una fecha utópica, donde se hace lo imposible por celebrar aquel pequeño destello de felicidad y esperanza que resta en algunos. El 24 y 31 de diciembre el país se paraliza, no hay inflación, no hay crisis, no hay delincuencia, no hay política, no hay hambre. Lo que sí hay, es espíritu de compartir con seres queridos; a pesar de que cada año se desmorona, poco a poco, ese tan sagrado término llamado Navidad.

"¿Qué te pasa viejo año, qué te pasa?

Que ya tienes tus maletas preparadas,

dime si es que te han botado de la casa,

porque estas viejo, porque no sirves pa’ nada".