La cura al Sunday Blues - The Amaranta

Sunday Blues: mi odio, mi solución, al final mi cura

Desconozco los "sunday fundays"
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Evidentemente no soy catira ni modelo, pero no iba a poner mi cara llorando un domingo en la mañana. Entonces deléitate con esta foto de Benjamin Combs e imagina que soy yo 🤓

Evidentemente no soy catira ni modelo, pero no iba a poner mi cara llorando un domingo en la mañana. Entonces deléitate con esta foto de Benjamin Combs e imagina que soy yo 🤓

No me gusta que vienen después del sábado, no me gusta que vienen antes del lunes. No me gusta que todo se detiene, que hay pocos carros en la calle, que muchas tiendas estén cerradas o que cierren temprano. No me gusta que habiliten las calles para que la gente haga ejercicio, tampoco me encanta el ejercicio (pero ese es otro tema), no me gusta quedarme encerrada en mi casa, no disfruto pasar el día en la cama, no veo lo divertido de desayunar tarde o almorzar temprano y más que nada, detesto, realmente detesto el ratón.

Todo es lento, todo es mas tranquilo, todo es "dominguero".

Que chocante es que te digan que algo es "dominguero".

No me considero una persona que odie muchas cosas, pero esta cuestión del fin del fin de semana me enerva, me pone triste.

A eso de las 5 de la tarde sufro de una de mis condiciones de hipocondríaca más severa, el Sunday Blues. He escrito al respecto, he intentado enterarme de soluciones, me he ideado planes para evitarlo y siempre he contemplado la idea de empezar una fundación en pro de la búsqueda para una cura.

Es una condición. Existe. Es verdad.

El problema parece ser que cuando me levanto los domingos el mismo ambiente que está en la calle de no hacer nada entra en mí, y aunque tenga diligencias, planes con mis amigas, trabajo por terminar o inclusive una reunión familiar no me provoca hacer nada. No suelo dramatizar (totalmente mentira) pero de verdad es una tristeza casi anticipada y que tengo miedo de admitir que extrañamente disfruto.

He llamado a mis amigas regularmente quejándome de lo mal que me siento los domingos, por lo que suelen estar siempre disponibles a eso de las 6 de la tarde cuando saben que necesito alguien con quien hablar. Sin embargo, últimamente una de mis mejores amigas/editora ha tenido suficiente con este sufrimiento al que no encuentra razón ni sentido y en un tono entre desespero y regaño me urgió que esa semana consiguiera qué hacer para no ser insoportable el fin del fin.

Entonces, un poco resignada acepté ir a una especie de bazar dominguero como asignación de trabajo con ella.

Ese domingo en la mañana, con la habitual "calihueva" que me consume ese día me vestí a regañadientes, agarré mi cartera, mi cámara y espere a que Mots me buscara. Odio manejar también 😬

Con unas pintas extremadamente trendy y muy noventosas (para lo que regularmente vestimos), asistimos al bazarcito cortesía de Vive el Hatillo bajo un calor intenso.

Esto no empezó bien.

Allí conseguimos de primero un artista novato @reciclando.arte que en sus cortos 9 meses de experiencia ha desarrollado una técnica de combinación de partes de carro y vidrio (todo reciclado) para crear unas lámparas únicas con una vibra industrial.

Luego vimos lo que sucedería si un bonsái y una esfera de cuerda tuviesen un hijo: una manera muy creativa y singular de tener matas pequeñas que nunca habíamos visto antes, cortesía de @musgosartevivo. Compramos una.

Por otra parte una chama de nuestra edad unió sus dotes artísticos y su amor por Caracas para crear una colección de camisas estampadas con gráficos abstractos que reflejan lo urbano y bonito de nuestra ciudad. Casi compro una.

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De repente me encontré en un baño probándome una camisa tejida a mano que también compré de @mayandmay. Más tarde me convertí en la dueña de un curioso artefacto para aguantar el celular mientras se carga hecho de material de parabanes reciclado. También logré encontrar un puestico donde iba a adquirir algo que siempre quise, pedí y nunca me regalaron: un choker, o dos. A muy buen precio y compatibles con mi pinta de Spice Girl, el nuevo accesorio aunque llegó a mi bastante tarde para seguir siendo considerado in, me hizo sentir de lujo.

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Un tanto cansadas del álbum de Adele en re-play y acaloradas, fuimos a nuestro puesto favorito del lugar: el de cerveza. En el puesto de @birraccs luego de una breve inducción de birras artesanales, nos decidimos por comprar una buena cerveza verde y una rubia con (tonos agudos y cítricos) y aunque para nosotras no hay nada mejor que una polarcita, esta vez en la vibra alternativa de nuestro vestuario y el lugar compramos las artesanales.

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Aunque fuésemos las personas más gallas, toscas y poco alternativas.

Como es usual, me dio hambre, por tanto decidimos intentar el choripán de pato promocionado en el flyer del evento. Sin muy altas expectativas lo probamos y descubrí lo que se sentiría lamer un ángel en la cara. Pan del perfecto tamaño, blando pero firme, recién horneado y lleno de harina suelta. Una salchicha de pato que no tenía corteza fuerte, estaba cocinada al punto y con un carácter de experiencia gastronómica completa sin ser pretenciosa. Lo coronaba un pico de gallo hecho al momento y las tres gloriosas salsas infalibles para un choripán como Dios manda.

Y Dios mandó, estaba feliz. Entre la buena compañía, la cerveza con recuerdos de St. Patricks Day, el glorioso choripán, los niños corriendo, mis buenas compras, mis fotos no profesionales, la banda de rock de principiantes cantando Green Day a un volumen atormentante. Todo tomó un lugar perfecto en una especie de epifanía pacífica donde me di cuenta que la estaba pasando bien.

Era domingo y la estaba pasando bien. No me sentía hater, no me sentía cansada, no tenía ganas de llorar y se estaba acercando el atardecer, inédito.

Era domingo y estaba feliz.

Casi embriagada de felicidad (y de cerveza) llamé a una amiga más y la invité a ver una película de Woody Allen en el cine con nosotras.

Una vez en el cine, las cotufas y el refresco me hicieron sentir aún más fenomenal. La comida siempre me ha puesto de buen humor. Esperamos Mots y yo a la llegada de la tercera parte para entrar en una sala de cine que curó todos mis vaporones como de mujer menopáusica. Nos echamos los cuentos y empezó a proyectarse la imagen.

Un corto, probablemente el más deprimente que haya visto en toda mi vida tomó lugar antes de la película. Era sobre una anciana que se quedaba sola y triste, yo me reí. Mi buen humor hizo que viera con cierto humor lo que al resto de la sala había dejado con lágrimas en los ojos.

Mis amigas desconcertadas e incómodas rieron conmigo. Nos burlamos de todo lo previo a la película.

Al salir del cine con la boca cortada por la sal de las cotufas y en confusión sobre si la película me gustó o no, le dije a mi jefa/ amiga que me sentía curada, no había señales de Sundays Blues este domingo.

No me importó la infinitamente larga cola para pagar el ticket del estacionamiento, no me importó la ineptitud de 3 conductores en el camino a mi casa, no me importaron los huecos en la calle, no me molestó la tranquilidad en el ambiente al llegar a mi casa.

Me acosté en mi cama, cansada y casi en bancarrota a eso de las 9 para reflexionar de mi día como cualquier persona intensa como yo haría.

Creo que lo que debo hacer todos los domingos de ahora en adelante es tener un plan, así sea sola, obligarme a salir de mi casa, comer bien y si se puede, tener buena compañía para distraerme del hecho de que una semana más terminó y darme cuenta que justamente una semana más empieza.

Lo que más temía como hipocondríaca se hizo claro ante mis ojos, el Sunday Blues no era una enfermedad terminal y el tratamiento era fácil y efectivo.

Giphy

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Todas las imágenes son cortesía de Ainoa Lander (moi) y sus escasos dotes fotográficos.

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de The Amaranta y sus dueños.