Lo que paso cuando dije que si todo un día - The Amaranta

Lo que pasó cuando dije que sí todo un día

Fui una “Yes, Girl”
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yesman

Una vez más fui con una idea para un reto que me expondría y ridiculizaría por el entretenimiento de los lectores. Sin embargo, es mentira decir que eso es todo lo que inspira andar sin sostén por una semana, dejar de lado las distracciones o incluso decir algo tan simple como “no” durante 24 horas. Se trata de hacer algo diferente, con esa excusa precisamente, a lo que haría sin ningún tipo de presión o deadline.

Así que una vez más fui con la idea de arriesgarme y dejarme presionar, en esta ocasión me rendiría ante el karma, el destino o lo que sea durante todo un día. No puedo decir que no, ni rehusarme a ningún plan o proposición por parte de un tercera persona. Es decir aceptaría ciegamente cualquier cosa que me pusieran en el camino.

Preferí hacerlo un fin de semana porque si me dejaba llevar un día de semana, sabría que faltaría a clases, no entregaría mis artículos pendientes, me despedirían y me quedaría desamparada por las calles del socialismo. Y para evitarme todo eso, simplemente lo apliqué el sábado pasado.

Mi mañana comenzó con unas arepas de mi mamá que acepté con gusto. Pero como todo tiene un precio, me pidió que la acompañara para comprar algo en la farmacia para mi tía. No fue el comienzo emocionante que esperaba, pues no apareció ninguna celebridad pidiéndome que me llegara a su mansión de tres pisos, una piscina y un tobogán inflable. No, nada de eso. Esa mañana acompañé a mi mamá a hacer sus diligencias, cosa que sin darme cuenta, no había hecho en años.

Ganaste esta vez, mamá.

Al regresar, encontré en mi teléfono una muy seductora propuesta de mi mejor amigo a tomar birras como siempre en nuestro spot predilecto ubicado en Chacao, donde un hombre mayor es dueño y señor desde, al parecer, que el venezolano descubrió la cerveza. O eso dicen.

¿Respuesta? Sí. ¿Habría sido diferente de no ser por el reto? No.

“Negra, ¿puedes comprar una caja de cigarros en el camino?”...F*ck. Así hice y me llegué con una caja de Lucky Convertibles, también conocidos como los cigarros para maricos, pero así nos gustaba a nosotros.

Pasamos la tarde ahí, se llegaron otros dos amigos y llegó el momento decisivo. Estaba anocheciendo y era entonces cuando se tomaban decisiones difíciles. Quedarnos, irnos a casa, irnos a otro lugar, ir a comer y esperar a la llegada de alguien más. Tantas opciones y a la vez estaba a la absoluta merced de lo que sea que decidieran esos tres seres que tanto amaba pero a la vez temía, en especial un sábado en la noche. Cuando los límites eran meramente monetarios, más no morales.

Decidieron ir a casa de un “gordo” que yo no conocía a “chillear”, lo que es sinónimo de fumar y bueno, que pase lo que tenga que pasar.

Cuando llegué, solo le pedí una cosa a mi mejor amigo: que no me perdiera de vista. Lo cual fue exagerado cuando vi que solo habían unas cuatro personas en el apartamento, dos amigos y una pareja. Y en lugar de ver a unos tipos como cara de dañados, me pareció verme en el espejo, chamos igual que nosotros queriendo pasar un buen rato sin el fastidio de un antro, ni la incomodidad de estar rodeado de desconocidos.

Ahí me pasaron algo que ya había visto y fumado un par de veces en mi vida. Lo acepté y lo pasé como la costumbre demandaba y todo perdió tensión. Hablamos inevitablemente de la patria y de varias cosas que honestamente no recuerdo bien. Pero estoy segura de que la pasé bien.

Por un momento pensé que la noche se había acabado hasta que alguien dijo, “¿quién quiere arroz con leche?”, y en ese momento la palabra “no” parecía tan lejana como Tailandia o la democracia en Venezuela. Al parecer esa fue una manera de agradecimiento por haber aceptado la invitación y de ahí llegó la pregunta que por unos cuantos minutos estaba esperando. Sí, me quería ir a mi casa.

El recorrido hacia mi casa fue extraño, revelador y satisfactorio. Recordé lo bien que la pasé aceptando propuestas que fácilmente pude haber rechazado cualquier otro día, pues, ¿qué mejor forma de terminar un sábado yéndome temprano a comer chucherías y ver películas malas en mi casa? Exactamente lo que hice esa noche.

No pienso tomar el extremo a lo Jim Carrey (ya sabemos lo mal que ha salido eso), pero entendí que hay veces que debes escuchar al Bob Marley de tu cabeza y simplemente seguir la corriente de las cosas. Porque todas esas novelas y dramas y futuros inciertos son mentiras creadas por ti para quedarte segura en tu rutina.

Pero definitivamente, nada como un satisfactorio “No” para defenderte en ciertas ocasiones del mundo y sus caminos raros.