"Miedo irracional a los doctores (al menos de que sean bonitos) y a todo lo relacionado con la medicina".

Ilustración: Sasha Bograd

Para que una sociedad fluya con armonía, es necesario la colaboración de todos y cada uno de sus ciudadanos. Por supuesto, como Dios nos hizo -además de a su imagen y semejanza- distintos en personalidad, gusto, sexo y aspecto, cada quien desenvuelve su papel en el ámbito que más le gusta, o que le cause más conveniencia.

Si vives en una ciudad normal, libre de dictadura, crisis y corrupción (aka, cualquier país que no sea Venezuela) es probablemente gracias al buen desenvolvimiento de aquella colaboración ciudadana que nombré antes.

Los que decidieron ser abogados, se especializan en las distintas ramas que ofrece el derecho y ejercen en pro de la ciudadanía. Los comerciantes se dedican a vender, comprar, o regatear cualquier bien que quiera ser adquirido por el consumidor. Los ingenieros construyen, programan y usan muchos números para colaborar a su manera con la ciudad; y los médicos nos salvan la vida.

La medicina, a diferencia de las demás cátedras, está analizada por mi maravilloso criterio, como un universo paralelo donde Dios decidió incluir un prototipo de personas específicas. ¿A qué quiero llegar con esto? A que no todo el mundo puede colaborar en la sociedad siendo médico; ya que se diferencia de todas, sí todas, las carreras por el simple hecho de que la medicina trata al cuerpo humano, juega con la vida y su praxis puede definir millones de escenarios a futuro.

Así como existe ese universo de seres humanos con la capacidad de estudiar hasta el día de su muerte y con los ovarios de abrir a una persona y explorarla por dentro, están los que no quieren nada que ver con la medicina. O como yo los llamo, “los que piensan que un remedio casero de la abuela cura hasta el cáncer”.

Yo formo parte de ese equipo; solo que con una definición un poco más exagerada y ya considerada una fobia. Como para todo en este mundo, sí existe la fobia a la medicina.

El desagrado a todo lo que tenga que ver con clínicas, doctores, inyectadoras y sangre viene de pequeña. Mi familia nunca ha sido de esas fanáticas de consultas médicas. La visita al doctor era anual y un simple chequeo pediátrico. Todos los dolores los curaba un beso y un abrazo de mamá. En mi casa jamás existió esa despensa gigantesca que veo en casa de mis amigas simulante a una farmacia; y la primera vez que me sacaron la sangre fue a los 13 años porque se necesitaba saber qué tipo era para ir a un campamento vacacional.

Y todavía recuerdo como si fuese ayer esa primera sacada de sangre; cuatro enfermeras y un desmayo para sacar un simple tubito rojo.

Después de haberlo cocinado en mi cabeza y gracias a la maravillosa experiencia en el ginecólogo la semana pasada, me tomé la molestia de explicar aspecto por aspecto mi gran desagrado por las clínicas/hospitales. Si estás leyendo y estás a mi favor, te sentirás identificado.

El sentimiento

Para los medicofóbicos, pisar un hospital ya nos hace sentir incómodos. El olor indiscutible a desinfectante mezclado con tos ajena, el feeling de que todo el mundo allí está enfermo y por lo tanto tú lo estarás también, y el pensamiento inevitable de que dentro de esas cuatro paredes hay gente muerta o a punto de morir (no es muy común ese aspecto, pero a mí me come el coco bastante).

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"Emergencias"

Aclaro este punto porque hace unos meses me tocó acompañar a mi abuela hospitalizada un par de días en una clínica. Antes del tratamiento y de estar en la habitación bella y hermosa, tuvimos que pasar por “emergencias”.

Gracias a las maravillosas condiciones en las que está mi país, me tocó pasar casi 24 horas en un cubículo helado de emergencias dividido por cortinas y rodeado de personas mucho más enfermas que mi abuela. Además de que me tocó presenciar inevitablemente tratamientos, suturas, sangre, instrumentos médicos y demás.

Las operaciones

Desgraciadamente a mis cortos 20 años me han operado tres veces. Una fractura en el codo y otra bastante fea en el tobillo que demandó dos cirugías.

El peor de los sentimientos clinicofóbicos es salir de una operación. Según mi cultura de Grey’s Anatomy el procedimiento no es así, pero creyendo en mi invaluable memoria, después de las últimas dos operaciones me levanté en una camilla drogada hasta las metras, completamente desnuda, muerta del frío, sin entender nada y además entre dos enfermos más que seguro estaban saliendo de otras operaciones. Ah y también estaban desnudos.

Los chequeos

A medida que crecemos, la consulta anual al pediatra se convierte en ginecólogo si eres niña o urólogo para los varones. Como no soy niño no lo sé, pero para nosotras mujeres, o bueno, las que detestamos la medicina, es un evento ir al ginecólogo. Es que vamos a hablar claro, significa abrir las piernas y que un extraño te revise ahí abajo. Claro que hay que chequearse constantemente y tal, pero eso no le quita lo desagradable.

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La espera

Porque siempre hay que esperar ocho horas y media en una silla incómoda para entrar a una consulta médica.

La comida

Seas el paciente o el acompañante, vas a comer mal. Todo desabrido, seco y de mal aspecto. Lo único que te comes es la gelatina (si es roja).

El dolor

Creo que no hay mucho que explicar aquí. Lo que sí puedo decir es que casualmente mi umbral del dolor es bastante bajo, si no está en negativo ya.

Las personas que les encanta ir al médico

Siempre está ese niño que le encanta ver cuando le sacan la sangre, o se quiere llevar la aguja a su casa; y uno ahí bañado en lágrimas con 20 años pidiendo que en vez de la inyectadora normal, usen la mariposita de bebés para sacar la sangre. (No se hagan los locos, todos saben cuál es la mariposita).

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...

Con todas estas acotaciones de odio en contra de la medicina no quiero generar malinterpretaciones, más bien aclarar lo que dije antes. Definitivamente la medicina no es para todo el mundo. El papel que cumplen los doctores es esencial y maravilloso, pero es eso, su contribución específica a la sociedad, así como la de todos los ciudadanos que se proyectan en la cátedra que más les gusta.

Yo, por otra parte, me quedo con mis acetaminofén para el dolor de cabeza, mis ibuprofenos para el dolor de vientre, y bien alejada de cualquier procedimiento que requiera un bisturí.

Mientras tanto; docs, sigan salvando al mundo y por favor a ver si nos movemos con la cura contra el mal gusto. Dícese: croptops, crocs, Hummers, mocasines blancos y rosarios de plástico. 

Es justo y necesario.