El proceso de convertirse en vegetariana - The Amaranta

Fui vegetariana un mes (tercera parte)

Mamá, ¿El pescado se considera legalmente anti dieta vegetariana?
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Sasha Bograd

Un poco asustada, como un chihuahua entrando a una casa ajena por primera vez, salí del frío aire acondicionado del espectacular aeropuerto de Mumbai para recorrer un pequeño camino al aire libre hasta llegar al taxi.

Los rumores eran ciertos, eso que la gente dice que en India las personas huelen mal. En un espacio tan abierto yo ya estaba sintiendo (o mejor dicho padeciendo) de las esencias corporales de otra gente.

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No huelen técnicamente “mal”, huelen a lo que comen. Y yo por haber decidido impulsivamente eso de ser vegetariana todo mi mes en la India, iba en caminos de oler igual.

Como Ser Jorah Mormont, ya me sentía infectada de una condición que iba a apoderarse de mí. Para su fortuna, él solo se iba a convertir en piedra por el greyscale, pero yo iba a convertirme en un repelente de personas a punta de especias.

Entre medio drogada del sueño, el jet lag, el olor de los locales y por el cálido clima casi familiar, tuve un momento de introspección en el que consideré seriamente mi juicio para tomar decisiones que me complican la vida.

Desperté del hambre en el hotel e inconsciente de mi “situación” me reencontré con mi madre en el buffet lista para engullir cuantos kilos de tocineta fuesen legales en este país. Con la pinza en mano y los ojos sobre la manilla grasienta que encapsulaba aquel manjar porcino, siento la mirada punzante de mi madre sobre la nuca, quién mientras se servía un potaje misterioso de desayuno, sacudía la cabeza en desaprobación como si le hubiese dicho que iba a dejar la universidad para convertirme en stripper.

No madre, no te dije que me iba a meter a stripper. Es peor, te dije que me metía a vegetariana un mes.

Orgullosa y terca como buena vasca auto atribuída, solté la pinza y me acerqué a la indian part del buffet. Letreritos salpicados de salsa revelaban en hindi un despliegue inmenso de engrudos con olor a especias, vegetales crudos, mucho yogurt, pan hasta decir basta, aceites y distintos tipos de salsitas que tenían pinta de ir incrementando en calor desde “picante” a “hijo e’ su madre, Santísima Chiquinquirá sálvame de este ardor”.

El desayuno parecía más un almuerzo que otra cosa. Desvergonzada, observé a los que se servían de allí como si fuesen animales en un zoológico. Con el mismo aire confiado, cogí mi plato y pasé a la sección de desayuno internacional como si nada.

“¡Qué pena!” pensé. “Yo que me las tiro de mujer de mundo, vengo como una gafa a servirme panquecas y huevo frito en la India”.

Mi rubia madre mientras comía me miraba en desaprobación por mi escogencia vegetariana de desayuno, fingiendo disfrutar muchísimo el picante que le estaba reemplazando su típico cereal y café matutino.

Eso aparentemente no cambia mucho alrededor del mundo. Dondequiera que vayas, si sabes buscar bien puedes conseguir una taza respetable de café. Mi guayoyo “indificado” estaba perfecto y olía amargamente a la promesa de que podía superar esta prueba que parecía de carácter divino.

Bueno, casi perfecto. A lo lejos podía ver un señor que disfrutaba felizmente de un cigarrito que yo sabía, combinaba con mi café como combinan Chino y Nacho, perdón Chyno.

Pero tenía que salir de bocona a decir que un mes detox era lo que necesitaba. Vacaciones sin echarme un palo, sin fumarme un cigarro y uniéndome a la secta satánica de odiosos de la carne. Qué fino.

Horas más tarde, luego de un semi largo camino a casa de mi tía en Puné, di mis respectivos besos y abrazos a mis familiares que tenía ya un tiempito sin ver.

Mi dulce y poco sutil abuela vasca de 89 años luego de ensordecerme a punta de besos, me inspeccionó de arriba abajo e hizo señas de que tenía el rabo un tanto alimentado. Era verdad, estaba gastándome mi quincena en ron y hamburguesas y se estaba empezando a notar.

En mi cabeza contemplé el hecho de que no todo era negativo en esto de ser vegetariana. Era obvio (aparentemente) que comiendo lechuga y granos iba a terminar en una talla en la que mis pantalones de cuero no me quedaran como si un tubo de PVC negro se quisiera tragar un lechón.

Pero primero lo primero. Según tenía entendido había distintos tipos de vegetarianos y quería cerciorarme que me estuviese aplicando a aquellos que más variedad de cosas comieran.

Así me topé con Vegetarian Society. Una página de intensos que se dedican a todo aquello vegetariano. Entre ellos, la definición del sustantivo en cuestión.

"A vegetarian is someone who lives on a diet of grains, pulses, legumes, nuts, seeds, vegetables, fruits, fungi, algae, yeast and/or some other non-animal-based foods (e.g. salt) with, or without, dairy products, honey and/or eggs. A vegetarian does not eat foods that consist of, or have been produced with the aid of products consisting of or created from, any part of the body of a living or dead animal. This includes meat, poultry, fish, shellfish*, insects, by-products of slaughter** or any food made with processing aids created from these."

Es decir, en cristiano, un intenso.

Tipo en serio, ¿Qué crimen se ha incurrido en el hecho de comerse una hormiga?

Este término luego se desglosa en lacto- ovo vegetarianos (los que además comen huevos y derivados de los animales como leche), lacto vegetarianos (comen lácteos), ovo vegetarianos (comen huevo) y luego están los veganos que no comen nada de esto. Incluso hay un tipo de vegetarianos que no comen ni hongos porque es “demasiado ser vivo”.

Indiscutiblemente iba a ser lacto- ovo vegetariana, y tan solo con pronunciar las palabras sentí una metamorfosis que me cambiaba el nombre a “Rayo de Luna” y me obligaba a adoptar cualquier otra cosa ridícula hipster.

El siguiente paso me señaló en dirección del automercado que ¡sorpresa! estaba surtido, tenía variedad, precios medianamente fijos y proteínas. Antes de soltar el suspiro que casi quiebra en llanto por concientizar que estaba en la India y que aquí el automercado estaba años luz de distancia de los de mi país; agarré el carrito y me di un paseo turista por los vegetales raros y las chucherías con sabor a Gram Masala.

Increíble la variedad de arroces, granos, frutas y sobretodo especias. Vi por primera vez una dragonfruit, compré cuanta especia se veía interesante y llené el carrito de una cantidad casi letal de tés.

Estaba como maravillada por la India luego de salir de allí. Los colores en la calle se veían saturados y brillantes, las mujeres vestidas en sari paradas al lado de un Mercedes último modelo, edificios modernos rodeados de caseríos muy parecidos a los ranchos, música por todos lados, gente lavando sábanas blancas en ríos sospechosamente marrones, un caos organizado en el tráfico y el ocasional elefante, camello o vaca que lo detiene con aire despreocupado.

Como si nunca hubiese sido un problema, mi prejuicio hacia una dieta sin productos animales se esfumó como el polvo en la calle y me sentí cada vez más atraída por esta cocina picante, llena de especias y que además se comía con la mano.

Estaba determinada a que me gustara, ahora tenía que ver si mi paladar (y mi estómago) se ponían de acuerdo con mi decisión.