Fui vegetariana por un mes (cuarta parte)

La historia de mi agonía llegó a su final.
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Sasha Bograd

Sasha Bograd

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Estoy consciente del hecho de que “me cueste demasiado imaginarme una dieta sin carne” suena a mucho show.

Pero realmente deben comprender que para una persona que sueña con oler a humo de parrilla, este plan de dejar de comer carne por un mes era como ingresar a un familiar en una centro de rehabilitación. Un proceso triste, doloroso, un acto que no es agradable de ver, pero que al final iba a traer un beneficio. La diferencia es que culminando la primera semana de no comer ningún tipo de animal, yo no le veía beneficio claro a mi rehabilitación.

Mis desayunos consistían en una rica arepa, hecha con harina contrabandeada que compré en Miami y me llevé a la India (tipo, porque en Venezuela no hay); un buen plato de frutas, una naranja, varios arándanos, patilla y una manzana, un ocasional pan tostado con mermelada sin azúcar; casi medio litro de café negro y medio paquete de galletas.

Esta es la única comida del día que mantuve total y completamente anti India. El desayuno es sagrado y no está hecho para un despliegue de picantes y lentejas.

Los almuerzos variaban, casi siempre manteniéndonos en la nota oriental, mi madre y yo nos parábamos en cuanto puesto medianamente decente prometiera algo picante, sabroso y por supuesto “veg”.

Tan solo pisar el suelo de Mahatma Gandhi te vas a dar cuenta de 3 cosas inmediatamente: todo (y todos) huele a especias, Rahul es el nombre más popular, un equivalente a un José, y absolutamente cada menú que caiga en tus manos tiene una sección vegetariana igual de extensa que la no vegetariana.

Esto quiere decir, que luego de caminar por las polvorosas y ruidosas calles de Puné, cansada, acalorada y famélica, llegaba a un restaurante y miraba con ojos de Oliver Twist las opciones de pork belly, pescados envueltos en hojas de plátano y chuletas de cordero marinadas en romero y mantequilla almendrada. Yo con todos los ánimos de devorarme a Babe el puerquito valiente, debía saltarme todo el menú hasta las opciones veg.

Así aprendí a querer al tofu, el cual puede saber muy bien, correctamente preparado. El pan, también descubrí, es absolutamente necesario en la India, sobretodo si te vas de lleno con el picante, el roti sirve tanto para amortiguar el picor de los chiles como para secarte el sudor de la frente tras las retalías de un ardor al que no estás acostumbrada. Los vegetales son sabrosos, una cosa llamadas lady fingers (también conocido como okra) fueron mis mejores amigos. En una nota de picadera masiva, fui aprendiendo que con varias opciones de comida y bastante arroz basmati se te olvida que no estás comiendo carne.

Hasta la cena.

Estos fueron los momentos de prueba al estilo Jesús antes de la crucifixión. Para mi sorpresa, la movida gastronómica en la India es muy fiel a sus raíces, pero también bastante abierta a restaurantes de muy alta calidad que se dediquen a comida internacional. Impresionantes propuestas brasileras, italianas, japonesas y chinas son la mejor opción para salir a cenar en la noche.

Como dije antes, mi primera semana no fue fácil. A pesar de una rutina de comida bastante buena, como una drogadicta, en las noches tenía síndrome de abstinencia y me volvía loca la idea de lo lejos que estaba de una punta extra salada y una morcilla.

Por eso cuando al inicio de mi segunda semana como vegetariana obligada, me llevan a un famosísimo restaurante brasilero, caí en la tentación. Recién sentados en la mesa somos recibidos por el chef, quien había escuchado que mis tíos habían vivido en Río de Janeiro. Como un baile de seducción a la idea de comer carne, el chef empezó a describir los platos del día. Podrán entender, en Brasil la dieta está lejos de lo veg y las opciones del menú salían de la boca del cocinero como un canto satánico a cualquier vegetariano, pero para mí sonaban al Edén.

“Yo quiero el pork belly sobre puré de batata y tamarindo con chips de yuca, culie de granada y la ensalada con tocineta”.

El chef me sonrió diciendo que era su plato preferido de preparar, y luego de quedar levemente enamorada, subí los ojos para ver las expresiones de desaprobación de mi familia.

Es que entiéndanme, todo muy fino lo del reto de mostrarme a mi misma que puedo dejar de comer carne, pero realmente va en contra de mis principios dejar pasar una oportunidad de comer sublimemente bien en un restaurante así. De haber pedido una ensalada o un bowl de lentejas, me iba a arrepentir el resto de mi vida.

Simpatizando un poco con mi situación y luego de prometer reanudar mi promesa en la mañana, nos llegó un festín de animales, coronado con el mejor plato de la noche: mi pork belly.

La mañana siguiente seguía soñando con el crunch del chicharrón y cómo se derretía la grasa en mi boca combinándose con el dulce y ácido puré. Triste, como si hubiese conocido al amor de mi vida solo para no verlo más nunca, volví a mi ciclo de desayuno venezolano y almuerzo y cena indian.

Todo iba bien, y aunque seguía anhelando mis buenos pedazos de carne, descubrí lo mágico de la comida picante, de que un curry no es realmente un condimento sino una mezcla de especias distinta para cada chef y que los vegetales son buenos de todas formas.

Digo todo “iba” bien porque al darme cuenta que mis pantalones no cerraban y de que la balanza indicaba 4 kilos por encima de mi peso normal, a la tercera semana casi muero de shock al estilo telenovela porque no comprendía cómo mis sueños de rebajar un poquito el rabo comiendo vegetariano, se habían esfumado.

Hasta que entendí, aparentemente comer arroz en cantidades industriales, atapusarte la cara de pan para subsanar el picante y bajarte 4 paquetes de galletas cada dos días, no es la mejor forma de adelgazar.

Además ¿se recuerdan del lindo comentario sobre lo ricos que son los vegetales en la India? bueno, ¡es porque todos están bañados en mantequilla!

Ghee es una mantequilla clarificada que por su procedencia de la vaca (y porque es catastróficamente buena) es considerada sagrada en la India. Y esta gente, como si además fuese gratis, descubrí que se la ponen a todo.

Así que hambrienta y además gorda maldije a los cuatro vientos el momento en que me prometí poder llevar a cabo tan doloroso calvario culinario.

Había dejado a un lado también el cigarro y el alcohol, y aunque lo que más me provocaba era echarme un palo y prender un Marlboro como excusa de que “estoy frustrada”, con la frente en alto decidí seguir con el reto e irle a llorar a mi mamá mientras le echaba la culpa de mi decisión vegetariana.

Era la cuarta y última semana, recortando un poco el ghee y la ingesta de carbohidratos, estaba un poco más feliz.

Consideré a la comida como parte del caótico y emocionante panorama del país. Descubrí que el curry es para Rahul, como la arepa es para José y la pasta para Gianluca. Si quieres vivir la experiencia de descubrir un país tan psicodelicamente colorido como la India, la mejor manera es hablando con su gente y comiendo como ellos.

Tomé fotos increíbles, visité lugares de ensueño, vi monos, toqué elefantes, pasé calor, comí muy rico en lugares malos y comí muy malo en lugares ricos. Me sorprendí por el contraste y de cierta forma, no pude evitar ver a Venezuela en cada rincón, tanto en lo bueno como en lo malo. Supongo que esto último, es un gaje de ser una romántica en un país tan insólito como el nuestro.

Pero una vez superada la bonita óptica Eat, Pray, Love, a unos tres días de embarcarme en el largo regreso a casa, le imploré a mi mamá por una probada del mundo carnívoro al que pertenezco. Llevaba 29 días (sin tomar en cuenta el cheatmeal) que no probaba carne y mi cuerpo ya satisfecho con haber logrado su meta, pedía celdo mami.

Así que fuimos a la feria del centro comercial de costumbre, y mis ojos resplandecieron al ver una gran “M” amarilla que internacionalmente significaba colesterol alto y felicidad. Con la misma cara como si me hubiesen regalado un anillo de diamantes, me acerqué al mostrador donde Krishna esperó 15 minutos a que decidiera lo que quería.

“Ainoa, ¿se te olvidó que aquí no comen vaca?”

Fue el fatal y obvio comentario que hizo mi madre al ver que yo no conseguía un Big Mac en el menú de combos.

Puras hamburguesas de pollo picante, extra picante, pescado y tofu eran las opciones con las que contaba. Claro, si aquí comemos Cuarto de Libra con yuca, ¿por qué ellos no pueden tener Cuarto de Libra veg?

“Krishna, no quiero nada picante ni vegetariano, ayúdame”

Dije yo en inglés, mientras el amable cajero de McDonald’s me ofreció con cara de “lo siento” y en inglés con el distintivo acento indio lo siguiente:

“You can have a plain McChicken”

Y entre feliz y triste, como cuando te regalan una pijama en Navidad, devoré mi super nugget entre dos panes con lechuga y mayonesa.

Me monté en el avión ruta Bumbai-Frankfurt de noche y mientras veía las pequeñas lucecitas de la ciudad desaparecer mientras despegábamos, llegué a la próxima conclusión sobre mi mes vegetariano.

Sin duda, es total y completamente viable comer vegetariano si tienes varias opciones, de hecho se te puede olvidar el hecho de que no estás comiendo carne. También te abres a probar obligatoriamente cosas nuevas y eso es siempre algo bueno.

Si quieres considerar meterte de lleno en esta onda, investiga bien, hay que estar pendiente de ingerir suficientes proteínas por otros lados y de que no te crezca un derrier al estilo Jlo involuntariamente.

La comida india no es para todos, pero si eres aventurero y vas pendiente del picante, no tienes nada que añorar en un McDonald’s (por lo menos hasta que pasen 28 días).

Inevitablemente sin tomar, beber y fumar por un mes te sientes como recién salido del útero.

Y ya, eso.

Llegué a hacer escala en Miami y me comí un rack de costillitas.

Fin.