Freshman AF

¿Dónde está el baño?
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JJ Thompson

JJ Thompson

Mi jornada comienza la noche antes, mientras saco mis jeans y camiseta para el look “sin esfuerzo” de universitaria que me tomó 30 minutos escoger. En este momento vale acotar que durante 15 años estudié en un colegio únicamente de niñas, con el mismo uniforme. Digamos que escoger mi ropa para ir a estudiar is a big deal.

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Me acuesto a dormir y tengo un sueño turbado por la emoción de mi primer día y me levanto horas antes de mi alarma para comenzar a arreglarme. Una vez lista, le doy un beso a mi mamá después de que mi papá me pregunta tres veces si tengo suficiente efectivo, me monto en mi carro y emprendo la ruta a mi universidad guiada por un GPS porque todavía no estoy segura de las salidas de la autopista.

Me da asco lo principiante que soy pero no puedo evitarlo.

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Cuando llego, analizo los atuendos de las personas a mi alrededor y sé inmediatamente que ninguno (de los veteranos) pasó más de 5 minutos en decidir qué se iba a poner. Ok, esto no es nada como en Gossip Girl.

Cuando llego, sé que estoy más atravesada que un miércoles parada en medio de la pasarela mientras intento diferenciar el módulo A1 del A2. UNA SEÑALIZACIÓN SERÍA APRECIADA, GRACIAS.

Aún más turista me siento devolviéndome por el mismo pasillo por el que entré al darme cuenta que el salón que busco no está de ese lado. Bajo la cabeza y camino rápido para que no se den cuenta de mi error de principiante.

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Al llegar a clase, mi radar de niña detecta hombres atractivos y caigo en cuenta que 15 años en un colegio de monjas me han enseñado mucho sobre ser mujer y la feminidad, pero nada sobre cómo comportarse frente los hombres. Estoy inquieta e incómoda toda la clase y me pregunto si mi ropa interior es visible cuando me siento. 

“Claro que no, estúpida”, me dice mi conciencia mientras recuerdo haber probado en mi casa si pasaba eso. Pero se me hace inevitable pensarlo.

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A mediados de la clase, el profesor menciona la evaluación de un taller en pareja y siento como un “gritico mental” se escucha dentro de todos los estudiantes. Inconscientemente, empiezo a ver a los lados a ver quién parece ser inteligente.

Extremadamente discriminante, lo sé, pero hey, no tengo más que el físico para dictar quién me podrá ayudar a obtener una buena nota en el examen.

Al salir, me encuentro con mis amigas mientras nos atravesamos una vez más en frente de todo el mundo para hablar sobre nuestros profesores y compañeros de clase conocidos.

Lo sé, soy insoportable.

Después de una clase más viene la hora del almuerzo y no sé qué comer. ¿Será que el shawarma me dejará mal aliento? ¿Me ensuciaré con la pizza? El Subway es demasiado caro, mejor no. Después de 10 minutos parada frente a la feria me decido por la pizza. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

Al terminar, me despido de mis amigas y les deseo suerte en sus clases. Camino rápidamente las miles de escaleras y pasillos hasta llegar exactamente 5 minutos antes a la clase. “Más vale prevenir que lamentar”, escucho la voz de mi mamá en mi cabeza y decido hacerle caso. Después de una clase introductoria extremadamente parecida a la demás en la que se presentaron todos mis compañeros de clase, sin que yo retenga el nombre de ninguno (excepto el del niño bonito, obvio), el profesor anuncia que se acaba la clase y me dirijo al estacionamiento.

Al salir, veo varios estudiantes esperando a que los busquen y varios papás trancando el paso de los carros mientras esperan por sus hijos.

Después del agite del primer día, llego a mi casa e intento absorber que estoy en la universidad.

Día tras día pasa y tengo menos preguntas sobre la locación y más sobre cómo lidiar con el ambiente universitario. Tengo varios encuentros extraños, como el de un desconocido que me invita a jugar dominó (em, ¿te conozco?). Además, tengo miles de solicitudes de clubes estudiantiles que ruegan que sea parte de ellos.

No, la verdad es que el Club de Coral Africana y el Club de Ecología Estudiantil no me llaman la atención, pero gracias. Quizás nunca.

Descubro también un tesoro escondido: el pasticho del puesto italiano, y la hora perfecta para ir a calentar la comida en el microondas. Me instruyen los estudiantes sobre los atajos, las mejores salidas y la manera de lidiar con los profesores; logro reconocer a los jocks, airheads, freaks del ejercicio, los tatuados, los tatuados sin permiso de sus mamás y los fajados.

Wow, demasiada información.

Poco a poco, se va aprendiendo los trucos y las artimañas que te ayudan a sobrevivir la universidad, pero hasta ahora sólo sé que mi poca experiencia con el mundo social me tiene en desventaja en esta situación, pero lo mejor que puedo hacer es tomarlo un día, un parcial y un estudiante con mal aliento a la vez. 

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Esta columna no necesariamente refleja la opinión de The Amaranta y sus creadores.