¿Los primeros "firsts"?

Sigue leyendo para que esto tenga sentido.
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Cuando somos unos “mocosos” no estamos realmente alerta de todas las cosas nuevas que aparecen en nuestras vidas. En primer lugar porque todo es nuevo, desde entender que no duele que te corten el pelo, hasta entender que sí duele que te saquen “el gato” (y no entender por qué le dicen así), y por otra parte porque al menos que leas Nietzsche a los 8 años, ningún niño/a hace reflexiones de vida demasiado profundas a esa edad.

De preadolescentes, lo nuevo seguía sin ser demasiado importante. Aunque realmente no sabemos muy bien lo que es un preadolescente, nos imaginamos que en esa época estábamos viendo mucha televisión y decidiendo si Lizzie McGuire o Next era lo que debíamos estar contemplando al llegar del colegio. Tiempo de confusión pero sin muchas vueltas en las novedades de nuestras vidas, porque en teoría, tampoco habían muchas.

La adolescencia se supone es el tiempo de mayor cambio físico, emocional, psíquico y metamórficamente incómodo de nuestras vidas. Emociones raras, crecimiento de algunas cosas, ensanchamiento de otras y pelos, muchos pelos. No creo necesario destacar todas las cosas biológicamente maravillosas y socialmente incómodas por las que atravesamos todos durante los “teens”, pero es clave recordarlas un poco para saber que esta etapa de nuestras vidas está colmado de cambios.

Aunque la novedad sea la característica de los cambios, en la adolescencia estas mutaciones vienen de adentro y se reflejan afuera, se ve que necesitas sostén y capaz un bozal para la mala actitud. Pero una vez que el bachillerato va culminando y las dos décadas se acercan, los cambios empiezan a marcarse afuera y eventualmente modificándonos por dentro.

Aquí quería llegar.

Hemos sido víctimas y en ocasiones partícipes, del típico comentario de graduación de bachiller que nos recuerda que el cocuyo en el que vivíamos ya no existe y que la “burbuja de seguridad”, el confort y la tranquilidad explotó. Es como si las personas que son mayores que nosotras nos quisieran decir con un humor negro que nos encontramos desnudos y perdidos frente a un cambio inevitable y brusco.

Sin embargo, como es de esperar, nosotras como las “reinas del mambo” que juramos que somos, sabemos que el máximo cambio que vamos a sufrir es acoplarnos a un nuevo horario y una nueva ruta a otro recinto de cotidianidad.

También como es de esperar, los reyes del mambo a veces se equivocan de paso y terminan bailando reggaeton.

Por si la analogía no quedó clara: de bolas que nos equivocamos.

Lo curioso y casi burlón del asunto es que posiblemente, aunque pasada tu adolescencia e iniciada tu carrera universitaria, no te hayas dado cuenta de la infinidad de cosas nuevas que surgieron a tu alrededor en el corto período de 3 años. Nosotras nos acabamos de dar cuenta, y por eso la urgencia o picazón mental de escribir al respecto.

Si bien los cambios vienen de afuera, no quedan aislados de transformaciones internas. El entorno y su modificación tienen un efecto directo en lo que sentimos y somos, y a veces, como dicho antes, sin darnos cuenta.

En el corto plazo de 3 años te cambió tanto el ambiente, como las relaciones, la perspectiva de vida, los vínculos cercanos, la familia, los ingresos, las responsabilidades, la moda, el escenario mundial, la tecnología y por supuesto la rutina. Esto es un hecho seguro porque el fin del colegio y el inicio de tus 20's son tan inéditos como para todo el mundo.

Es posible que hayas vivido un sinfín de experiencias nuevas realmente significativas y que por no detenerte a pensar en ellas, no le estás dando importancia a los cambios bruscos y sucesos nuevos que te cuestan sobrellevar y que probablemente definan tu carácter en la adultez.

El rollo no es tan existencialista como parece.

Lo que tratamos de hacer es por fin prestarle atención a los personajes cuasi insufribles que nos advirtieron de todo lo desconocido que iba a aparecer en este tiempo.

El motivo es simple: mientras sepamos lo que hacemos ahora y entendemos las nuevas experiencias que vivimos, capaz le demos la importancia que merecen, y así poder tenernos más paciencia.

Dinero:

En teoría debería haber más. Te abriste una cuenta bancaria, te dieron una tarjeta con tu nombre, firmaste papeles en un banco, te dieron una temible chequera y empezaste a manejar tu presupuesto. Si el primer mes tu plata se fue en chocolate y cigarros, capaz no pudiste comprarle el regalo de secret santa a tu amiga. 

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Aprendiste a manejar:

Y con suerte te convertiste en la orgullosa dueña de un carro usado, si eres más afortunada entonces eres el dueña de uno “fresquito” de concesionario. Una ley tan infalible como la de la resistencia al cambio, es que empezando a manejar siempre se choca el carro, y en el mejor de los escenarios, aprendiste a negociar con un furibundo conductor,  a semi coquetearle a un fiscal de tránsito y a fingir sonrisas forzadas a las alcabalas en el camino.

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Iniciaste una carrera universitaria:

Capaz te cambiaste de profesión, pero de todas formas te sumergiste en un mundo de, irónicamente, más responsabilidades y más libertad. No tuviste que acoplarte a ningún gremio bully del colegio ni frecuentar personas que te caían mal. Con la universidad llegaron nuevos amigos, nueva actitud de estudio y por fin materias que van acorde a tus intereses.

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Relaciones amorosas serias:

Es un mito decir que en quinto año se es un ser completamente participante de una relación “seria”, y aunque no alegamos ser los hijos de Afrodita en el tema ahora, es posible que te hayas involucrado amorosamente con una persona y le dieras rienda a una probada de un noviazgo serio. Con el acompañado, todos los primeros característicos del amor: las peleas, los llantos, el sexo, el disfrute y casi inevitablemente el despecho.

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Viajes de independencia:

Este es el momento en el que te dejaron viajar sola, en compañía de tus amigos pero sin tus padres. El permiso en este tema es irrelevante, porque a fin de cuentas lo has hecho. Viviste la organización de un viaje, las equivocaciones, la risa, la incertidumbre de una nueva experiencia y el dolor de cabeza del ratón de los buenos ratos. Así no hayas cruzado más allá de la playa más cercana, lo hiciste sin ellos.

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Primeros trabajos:

Como guía de campamento, niñera o lava carros. Te dieron un trabajo de donde sacaste muchos primeros: paga, regaños de jefes, horarios, disgustos y compañeros de trabajo. Si no lo hiciste muy bien, entonces un despido, y si no te gustó, una renuncia. De nuevo, todo nuevo.

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Amigos:

Los del colegio queriendo o sin querer, en el caso de que no te acompañen en tu escogencia de universidad, sufren de tu separación. Las amistades viejas o se refuerzan o se pierden y consigues joyas nuevas en tus nuevos andares. De la noche a la mañana un grupo de Whatsapp se puede convertir más activo que otro.

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Este es el terreno común por el que surfeamos la mayoría de los nuevos veinteañeros. Ya vivimos estas nuevas experiencias escoltadas de equivocaciones, disgustos, errores y duros golpes a la cara. Sin embargo, nos han enseñado a montarnos mejor en la tabla la próxima vez y a vernos bien para la nueva foto.

Lo bueno de lo nuevo es que en momentos se convierte viejo, por lo que siempre habrá algo nuevo que vivir.

Reconoce la importancia de los cambios exteriores que vives ahora y así nadarás mejor las aguas.