De algún lado lo teníamos que heredar

Ser una fangirl es una gran labor. Requiere habilidad, devoción, y conocimiento. Gracias a la tecnología, este estilo de vida se ha facilitado a millón. Ahora se puede comentar en las redes sociales de esas celebridades encantadoras que le quitan el aliento y le aceleran el corazón a más de una admiradora, así como ubicarlos geográficamente sin esfuerzo alguno e incluso mandarles correos en algunos casos. Dedicarles nuestro amor es tan fácil como amarlos.

Pero se nos olvida pensar en esa persona que apoya esta pasión, esa que nos lleva al concierto, a la firma de autógrafos en el centro comercial o al hotel en el que se está hospedando; nuestras madres o esas tías geniales, incluso los padres, tíos y hermanos mayores, son los fieles promotores de esa pasión desenfrenada.

Esto se debe a que ellos estuvieron en nuestro lugar una vez, llenos de corazonadas devotas a ese artista que tanto admiraban. ¿Pero cómo hacían los fanáticos que no tenían las facilidades actuales? Estamos a punto de saberlo, porque algunas admiradoras mayores compartieron sus sagradas técnicas.

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En unos tiempos no muy lejanos donde no había Twitter o Instagram, las amantes de inspiraciones se manejaban de una manera asombrosa. He aquí sus técnicas :

  • Se enteraban de absolutamente todo a través de la televisión, radio y prensa.
  • Antes del Internet se compraban las revistas de farándula que salían semanalmente.
  • Veían los programas de TV donde hablaban de los artistas y sus proyectos.
  • No dejaban de ir a un concierto y por supuesto adquirían el disco o cassette (que traía la letra de las canciones). Luego vinieron los CDs y fue mejor.
  • En Venezuela y otros países había un programa los viernes, donde informaban sobre los músicos y canciones en tendencia. Era primordial verlo, casi obligatorio, para mantenerse al tanto de las novedades musicales. De allí también se hablaba del chisme de la estrella.
  • Sus maneras de demostrar su admiración por sus celebridades favoritas era a través de las cartas de amor que nunca fueron respondidas, atender a sus conciertos y visitar el hotel en el que se hospedaban, y por supuesto no faltaban los gritos de ardiente pasión.
  • También era común que tuviesen mercancía relacionada con ellos como camisetas, posters, álbumes, chapas, cuadernos, entre otras cosas.

Prácticamente era una constante devoción y esfuerzo por mantenerse al día y llamar la atención de estos. Por eso, además de saber cómo se manejaban, tendremos testimonios exclusivos en donde se relatan historias de claros ejemplos de fanatismo antes del siglo XXI:

“Yo tenía una amiga que estaba enamorada de un cantante español, Camilo Sesto. La acompañé a verlo porque le quería profesar su amor y no quería ir sola. Le hizo un cuaderno con fotos, dibujos y declaraciones. Mi mamá nos dejó en la recepción del hotel y cuando la seguridad nos preguntó qué hacíamos ahí dijimos que éramos estudiantes de Comunicación Social y que le queríamos hacer una entrevista (no teníamos ni papel ni lápiz, pedimos todo en la recepción). Efectivamente bajó a vernos y todo pasó muy rápido. Mi amiga se quedó paralizada y resultó que no le pudo dar el cuaderno o decirle que lo amaba. Se hipnotizó y no pudo, pero al menos lo vio”. -Rosemary, 57.

“Luis Miguel venía todos los años y se volvió tradición en mi grupo de amigas que todas fuéramos juntas. Así fue, siempre nos aprendíamos las canciones juntas y en el concierto le lanzábamos cartas de amor con nuestra dirección escrita para obtener respuesta. Ninguna tuvo esa suerte, pero años después una de nosotras se lo encontró en un hotel y se tomó una foto con él.”. -Cristina, 48.

“Cuando era fan de Menudo (Xavier era mi favorito), por el año 1988, pasó algo muy cómico. Se solían quedar en el Hilton, pero el escándalo y la multitud fue tal, que se tuvieron que mudar de hotel (el Hilton les prohibió hospedarse allí de nuevo). Averiguamos cuál era, fuimos, y también gritamos como locas. Se asomaban y nos saludaban, era simplemente estupendo. Siempre los perseguimos: al hotel, al concierto, al aeropuerto. ¡Nos logramos tomar fotos! Y conocimos al mánager y coreógrafo. Lo peor es que habían muchachas más locas que nosotras”. -Lisbeth, 52.

“No iba tanto a los conciertos porque mi mamá pensaba que ofrecían droga, pero fui adicta a los programas de los viernes, nunca me los perdía. Tenía de todo: camisas, chapas, pósters y todos los discos. Mis amigas iban a los conciertos y yo las ayudaba a escribir en sus pancartas el día antes”. -Patricia, 48.

“Mi mejor amiga y yo hacíamos pijamada prácticamente todos los viernes para ver el programa de farándula. Compramos las revistas juntas y todo. Ella escribía poemas todo el tiempo sobre nuestra historia de amor con Luis Miguel y me encantaba leerlos, fue una época muy linda. Me sigo acordando de todas las canciones como si me las hubiese aprendido ayer”. -Irene, 49.

“Me encantaba Juan Gabriel. Nunca cometí ninguna locura, nunca fui de las que lo persiguió cuando venía al país porque mi mamá no me dejaba, pero me lo conseguí en un hotel a mis 27 años. Me acerqué para saludarlo, pero el ascensor se estaba cerrando y todo fue muy rápido, creo que ni me escuchó”. -Cecilia, 50.

“Luis Miguel siempre venía, creo que todos los años. Era un imperdible, obviamente. Mis amigas y yo nos íbamos al poliedro diez horas antes. ¡Había niñas que siempre se iban un día antes! La emoción al verlo no tenía comparación”. -Ilse, 43.

Las fangirls han existido desde siempre y han servido de motivación a muchos artistas con su dedicación extrema y el cariño que les profesan. Fueron el ejemplo de amor platónico más grande y siempre serán apreciadas. Ahora tiene sentido que la serie de Luis Miguel haya sido una de las más vistas en Netflix.