Margaritas Deshojadas: el romance no es siempre nuestra primera opción

Y a veces ni la segunda
Author:
Publish date:
Elisa Rotundo

Elisa Rotundo

Eran las 6 de la mañana. Lucía todavía tenía pegado el horario de su trabajo anterior y se despertaba frustrada pensando que estaba llegando tarde. “¿A dónde?” se preguntaba, y era que recordaba que había renunciado. Nunca le gustaron esas oficinas grises donde todos los empleados se miran de reojo esperando a que alguno se resbale. Ganar dinero no era una prioridad desesperante en ese momento así que no lo pensó dos veces.

Café, ahora era esa su prioridad cada mañana después de que sus papás salieran a trabajar. Nadie podía quitarle el placer de no quemarse la lengua por beberlo apurada o de no poder disfrutarlo como el primer café de la semana lo merece.

Sabía exactamente lo que quería, las decisiones simples no le causaban la más mínima ansiedad como era usual en las semanas anteriores. Así que, sin ninguna obligación, abrió la aplicación de Tinder en su teléfono a ver si el karma, el destino o lo que sea entendían qué era lo que Lucía quería.

Le fascinaba deslizar su dedo en la pantalla eligiendo así el futuro de cada rostro que veía. Izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, izquierda, derecha.

Nunca se tomaba en serio las propuestas que recibía, todo era bastante estándar. “Hola”, “Eres muy bonita”, “¿Qué haces?”, “¿Quieres ir por unas birras?”. Era una volteada constante de ojos. Ni siquiera lo estaban intentando. Así que se dio cuenta que ahí no conseguiría lo que estaba buscando.

Una mañana, por fin lo encontró.

Había comenzado con una falla en su rutina matutina: no había café. La única alternativa que evitaba que bajara y caminara una eternidad al supermercado consistía en tocarle el timbre al vecino de al lado.

Atendió la puerta fue el hijo fantasma de su vecino que vive en Madrid. Bueno, vivía. Hizo los saludos de cortesía correspondientes para asegurar ese café. Pero a diferencia de lo que Lucía pretendía, Armando, el sujeto en cuestión, pensó que era un saludo con intenciones escondidas. Así que la invitó a pasar y le contó la larga historia llena de visas sin aprobar y de bancos sin fondos que lo llevó a devolverse a Venezuela.

Primero fue una conversación, luego fueron unas risas y luego fueron los roces.

Lucía sabía entonces, que eso era exactamente lo que estaba buscando. Después de convencerlo de tomar el tan necesario café, dejó que las risas se convirtieran en gemidos y que los roces en escasos rasguños.

Armando se mostró incómodo después de haber terminado, pero Lucía estaba absolutamente satisfecha, planeaba que luego continuaría su clase de inglés o tal vez comenzaría a ver una serie que su mejor amiga no dejaba de recomendarle. Total, estaba de vacaciones, sin trabajo y con bastante dinero ahorrado como para no preocuparse por las implicaciones de ambas. 

Y mientras todo esto pasaba por la cabeza de Lucía, la de Armando no dejaba de trazar un plan para darle significado a lo que acababa de pasar. ¿Tenía que pedirle su número?, ¿tenía que invitarla a salir?, ¿le diría a su papá? Estaba c*gado de deberle alguna explicación.

Lucía no la necesitaba, más bien la ignoraba. Al igual que él, no significaba el inicio de un relación, sino una transacción exitosa y más que satisfactoria.

Le dio las gracias a Armando por el café y regresó a su apartamento, decidiéndose por ir a comer un dulce con una amiga en la tarde. Desayunó, leyó las noticias un rato en su laptop y luego se puso un vestido.

Al abrir la puerta para salir, se encontraron otra vez. Armando con un ramo de margaritas en la mano derecha y Lucía con un paraguas en la suya. Después de un silencio incómodo, Armando admitió que no sabía qué hacer, le parecía linda pero no quería que pensara que pretendía algo más.

Lo único que contestó Lucía fue: “Qué alivio”. Puso las flores en agua, se despidió, y se comió lo que pensó que fue el mejor brownie de la ciudad.