El peaje de la cola

Evidentemente somos objetos.
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Sasha Bograd

Sasha Bograd

Durante mi último semestre de la universidad mi carro decidió abandonarme por 4-5 meses. Afortunadamente, Alex, uno de mis compañeros, vivía cerca y casi todos los días me iba a buscar para ir a clases y luego me regresaba a mi casa.

Cada vez que mencionaba que mi carro había muerto y Alex estaba siendo mi transporte escolar oficial, empezaban las miradas “¿ah síiiii?” con tono de “evidentemente terminas con su pene en tu boca cada vez que te deja en tu casa”. A mi nunca se me ocurrió que hubiesen segundas intenciones de por medio. Principalmente porque para Alex soy la malintensa más malintensa del planeta y probablemente moriría del aburrimiento con cualquiera de mis rants feministas. En segundo lugar porque uso pijamas como ropa de salir y Alex, con su inagotable fuente de franelas de Abercrombie & Fitch, tiene pinta de que le gusta ser un poco más formal. Eso sin contar que creo que históricamente tenemos como 3 temas de conversación: lo que estábamos estudiando, la situación del país, y el estado de mi carro. La antítesis de la tensión sexual. Nunca jamás pasó nada.

Aún así, los comentarios nunca pararon y eventualmente me di cuenta que es algo generalizado. Es como una regla de la que nadie habla, pero en la que todos creen ciegamente: cuando un hombre heterosexual le da la cola a una mujer a donde sea es porque espera sexo a cambio. Y si no hay sexo, el mundo entero espera que haya sexo de todos modos.

Después de tener la epifanía del que mundo espera que toda cola tenga peaje, me di cuenta de la cantidad de colas que me han dado a lo largo de mi vida. Hace menos de un año estaba con mi ex mejor amiga en un bar, sin efectivo ni carro para regresar a mi casa y un tipo al que conocí ese día y a quien en ningún momento le di a entender que estaba interesada, de la nada se ofreció a llevarnos. En mi cabeza de persona ilusa que cree que las personas hacen las cosas solo por ser buenas nunca se me ocurrió que quisiera algo. En retrospectiva, el tipo se estacionó afuera de mi casa y volteó a verme con cara de “¿Y ahora qué va a pasar?” mientras yo le explicaba cómo devolverse al bar.

Ahora estoy segura que estaba esperando que lo invitara a entrar. Casi puedo escucharlo hablando con sus amigos, “¿Pueden creerlo? Las lleve a ella y a su amiga y ni siquiera me la dio”.

Cuatro años atrás estaba con otra amiga tomándome un café cuando me suplicó que por favor la acompañara a verse con un tipo, llamémosle Mini Patán. Dos semanas antes Mini Patán la había ido a buscar en medio de un diluvio, para darle la cola hasta el médico. Ahora estaba cobrando el peaje: una cita. Como no quería hacer nada con él, necesitaba que fuese a acompañarla y fingiera estar despechada para no quedar sola con él. “Solo serían un par de horas”. Mini Patán tenía otros planes. Apenas me vio llegar llamó a su mejor amigo, Supra Patán, para tener una cita doble.

Esa fue la noche más larga de mi vida, incluyó un mochilero argentino que usó su acordeón (no es un eufemismo) para robarme un beso, y una cantidad excesiva de alcohol. Pero eso es parte de otra historia. El punto es que la lógica de Supra Patán lo llevó a pensar que él también tenía que ganarse su “peaje”, por lo que nos subió a su carro a todos para darnos vueltas por sitios a los que nadie estaba particularmente interesado en ir. Al final de la noche, dejó a todos los demás, y al dejarme a mi en mi casa me dijo sin ninguna clase de tacto “Entonces, nos vamos a dar los besos ¿o qué?”, creo que solamente abrí la puerta y me fui sin decir nada.

Así que está bien, it's a thing. Los hombres tiene que invertir en un carro y hacer el esfuerzo de dar la cola, y nosotras tenemos que pagar con otra “cosa”, como nuestros cuerpos. Get it? Porque evidentemente somos objetos.

Tal vez tengamos que institucionalizarlo. Si la cola duró entre 10-60 minutos, un hand job. 61-90 minutos, un blow job. De 91 a 120, sexo pero solo en misionero y con la ropa puesta. A lo mejor va a ser necesario crear casetas de peajes fuera de nuestras casas. Con huecos a nivel de la cintura para que solo saquen sus penes y cobren lo que quieren cobrar.