El Mérida me reconcilié con el caraqueño - The Amaranta

En Mérida me reconcilié con el caraqueño

Epifanía geo-cultural.
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Eran las 8 de la noche. Paty -la encargada de recursos humanos-, y yo estábamos de regreso de un evento al que había sido invitado la revista. Como es habitual, veníamos hablando y escuchando música. Una vez que llegamos a un semáforo, le llegó un mensaje a Paty y quiso ver quién le estaba escribiendo. Unos segundos después escuchamos unos golpes fuertes en la ventana del carro. Un motorizado parecía sacar algo del bolso mientras gritaba “¡Dame el teléfono!”. La decisión entre la vida y un celular no es difícil; Paty le dio el teléfono y después me dejó en mi casa. En el camino, nos tocaron corneta por tal y cual cosa. Apenas llegué, me aseguré de que hubiese llegado bien a su casa, e intenté dormir con la mente turbulenta.

No pude evitar pensar en lo harta que estaba de la violencia actual del venezolano (después me di cuenta que es realmente el caraqueño de quién estaba hablando). ¿En qué momento nos convertimos en una sociedad agresiva e insolidaria?

Solo en el 2008 Venezuela ganó el premio Guinness de el País Más Felíz del Mundo. Seguro, todavía había corrupción, inseguridad y represión, pero por alguna razón, después de las protestas del 2007, el país siguió sonriendo, llevándose un récord Guinness a casa, mérito únicamente de su felicidad.

Actualmente, según los reportes del 2017, Venezuela pasó de ser el país número 1 en cuanto a felicidad a ser el 126 -de 155 países-. Esto, al entender la realidad de uno de los países con más pobreza extrema, hambruna, tasa de mortalidad, aunada con una dictadura represiva, es perfectamente entendible. Sin embargo, no pude evitar comparar las dos situaciones tan distintas en las que nos encontrábamos, tanto política, económica y social.

Con esta duda en la cabeza, hice mis maletas y me fui en un viaje familiar a Mérida. Esperaba lo que me habían contado: artesanías, el mercado, el teleférico y pastelitos. Todo eso lo obtuve, pero me fui con una cosa más valiosa que cualquiera de las anteriores: esperanza. Sí, suena cursi, pero es verdad.

Entiendo que a kilómetros de Caracas no está un oasis libre de inseguridad y estabilidad. Mérida también tiene sus contras, pero yo iba de turista, así que debo decir que no vi estos contras.

Caminé por las calles, algo que no había hecho en mucho tiempo sin sentir el miedo abrumante de que me iban a arrancar los zarcillos de las orejas. Nos paramos en las plazas a escuchar a los músicos, los cuales grabé sin la sensación de que me robarían mi teléfono. Pedí direcciones, mirando en los ojos de las personas locales, sin ninguna razón, el saber que podía confiar en ellas. Luego me encontré a esas mismas personas por ahí y me preguntaron qué me había parecido el lugar a donde fuimos. Comimos espectacularmente, atendidos de la manera más amable. Vi el Pico Bolívar, y me di cuenta que Venezuela realmente lo tiene todo. Entré a la propia casa de los artesanos, quienes nos hablaron amablemente de su trabajo y se pusieron a la orden, sin hacer comentarios ofensivos o usar palabras desagradables.

En este viaje de turismo nacional, tuve la oportunidad de reencontrarme con ese venezolano del cual me habían hablado: el que ofrece ayuda a las personas que lo necesitan, cede el puesto a las personas mayores, y no se atreve a comenzar una interacción sin un “buenos días”.

A pesar de que -como dije anteriormente-, esta ciudad también tiene sus aspectos negativos, me di cuenta que no tiene el malandraje que llegó a Caracas. La gente es respetuosa, amable y paciente; tal como me habían contado que era la Venezuela de antes.

En este momento, estamos molestos. No hay manera de maquillarlo. Con todo lo que este país ha soportado, la felicidad no entra en nuestro limitado presupuesto. Sin embargo, no puedo evitar sentir un profundo resentimiento hacia los responsables de quitarnos más que nuestra riqueza, nuestra propia identidad. Vivimos perdidos sin reconocer a quienes vemos en las calles, por miedo a acercarnos. Añoro la cercanía y el calor de mi país.

Pido por la libertad de mi país, pero además pido que cuando la consigamos, podamos encontrar de nuevo nuestra identidad.