No te vas a rendir, pero tampoco te puedes dejar j*der

Las malas lenguas dicen que a nuestra generación le cuesta proyectar una relación a largo plazo, que queremos que toda nuestra vida pase ya y pase ahora, sin embargo, como “la vida es la vida” todo toma su tiempo, lo que eventualmente nos aburre y vamos en busca de esa emoción de nuevo.

No estoy segura si las lenguas que dicen eso son enteramente malas, pero sí son unas desgraciadas. Porque se trata de generaciones anteriores que lo que han hecho es predicar al unísono la frase cliché de Robin Williams en The Dead Poets Society: “carpe diem” (y cualquier otra cursilería parecida de los baby boomers). Así que aquí estamos, viviendo y amando como siempre se ha querido y nos critican por ello.

Porque aprovechamos el día, las horas, los minutos y los tic toc de los relojes análogos, casi sin límite. Y esa es nuestra arma de doble filo.

Para nosotros los límites son algo difusos, hasta cuándo podemos decirle que sí a esas horas extras que no pide nuestro jefe sin remuneración, postergar esos trámites que nos comerán en cuanto reconozcamos su existencia, o incluso hasta cuándo dejaremos que nos traten como Nate a Andy en The Devil Wears Prada.

La pregunta del millón.

Hay cosas que sabemos detener a tiempo y otras mil cosas que, por miedo a calarnos el mismo regaño de las malas lenguas sobre nuestra incapacidad de hacer durar algo, nos aguantamos como perritos falderos. Cosa que está muy mal.

Las relaciones son complicadas, todas y cada una de ellas. Las princesas de Disney nos lo dijeron muy por debajo de la mesa, solo que nosotras no lo pillamos a tiempo porque en realidad muchas de ellas fueron unas pend*jas. Y muchos de los príncipes fueron unos tarados también. Pero por alguna razón vieron que podían echarle pichón y lo hicieron. Esa fue la lección que nos quedó de las películas de cuentos sacadas del VHS.

El límite de lo que debes aguantar de alguien en tu relación bien podría definirse como la raya que se cruza cuando atenta directamente contra ti, contra toda tu entidad como persona: tus sentimientos, tus sueños, tus miedos, tus frustraciones, todo lo que tenga que ver contigo y que estás poniendo en riesgo por alguien que no hace lo mismo.

Cuando te dicen “vete a la m*erda” o “eres una p*ta”, o incluso cuando no te dicen nada pero hacen de todo con todas, son cosas que nadie debería aguantar de nadie, y mucho menos si eso llega al límite de dejarte morado por alguna parte.

Los movimientos que muchos llaman “cacerías de brujas” en la industria cinematográfica, son en realidad la prueba de esos límites a los que ninguna mujer debería sentirse obligada a llegar.

Los límites existen y es momento que los reconozcamos en voz alta.