Seguí una rutina de belleza cruelty-free en Venezuela por una semana - The Amaranta
PETA approved.

Después de una semana sobreviviendo a costa de huevo y yogurt como intento de shampoo artesanal, oficialmente puedo decir que cinco días fueron suficiente para querer alejarme de cualquier pseudo-producto hecho bajo la intención de replicar recetas caseras encontradas en Internet.

No precisamente porque no sean buenas, sino porque intentar vivir una semana únicamente con productos cruelty-free sería muy sencillo en cualquier otra parte del mundo, menos Venezuela. El país en el que ni los productos probados en animales se encuentran.

Y este fue el primer impedimento con el que nos tropezamos cuando estábamos en la lluvia de ideas para encontrar un reto decente que documentar a expensas del escarnio y la exposición pública.

Así que con “Venezuela” escrito en mayúscula en la lista de contras, y “salvar al mundo” en la lista de pros, su servidora se propuso, tentativamente, a sobrevivir cinco días con mezclas, mascarillas y artículos de higiene cruelty-free.

Pero a todas estas, ¿qué es cruelty-free?

En el lenguaje adoptado por el movimiento por los derechos de los animales, “libre de crueldad” es una etiqueta que le asignan a los productos o actividades que no dañan ni matan animales. Nada que se aproxime meramente a ellos es considerado libre de crueldad; en cambio, todas aquellas empresas y marcas que prueban sus productos en animales, ensayos que tienen que ser dolorosos y causan sufrimiento o incluso la muerte de millones de animales cada año, son la razón por la que el término se acuñó; a fin de presionar a las compañías que no adaptaban sus prácticas para no afectar a los animales en el camino.

Por lo que, en ánimos de enfrentar mi faceta orgánica/vegana/socialmente consciente, me embarqué en el viaje de alejarme en un radio de dos kilómetros de todos los productos que contaran con prácticas de maltrato animal.

Challenge: Una semana cruelty-free

El domingo aproveché los beneficios de la ignorancia y me bañé y arreglé con todos los productos que se atravesaran en mi camino, porque entrando a la semana del reto, las probabilidades de que tuviese que restar más de la mitad de los productos y cosméticos de mi rutina eran alarmantes; y considerando que me gusta oler bien y que tomó a la higiene como un elemento fundamental, al menos quería un último día de limpieza.

Pues, en efecto, tenía razón. La mayoría de mis productos estaban fuera del radar de lo cruelty-free.

Primer paso: investigar

Tuve que hacer una revisión exhaustiva de todo lo que usaba en mi rutina de belleza diaria, desde mi rímel hasta el perfume que me aplico en las mañanas. Con una cantidad absurda de información, mayormente propiciada por PETA, conocí que lo cruelty-free es menos común de lo que esperaba.

La revisión sistemática arrojó que todo lo que tenía era probado en animales; a excepción de una crema, el removedor de esmalte, un aceite para el cabello, una mascarilla que no había usado desde sexto grado, bálsamo para los labios y todo el maquillaje Valmy que pudiese encontrar.

Porque contra todo pronóstico, la marca Valmy no es probada en animales. Podría oler mal pero al menos no tendría cara de zombie.

En resumen, me quedé sin shampoo, acondicionador, cremas para el cabello, desodorante, perfumes, pinturas de labio, jabones para la cara, desmaquillantes, hidratantes y cualquier producto que implicase mi comodidad como limpiadora compulsiva.

Razón por la cual, el verdadero reto comenzó. Considerando que la economía venezolana no me dejó ni acercarme a los productos cruelty-free, ya fuese porque:

  1. Costaban partes del cuerpo que no estaba dispuesta a pagar. O,
  2. No se encontraran fácilmente, porque...Venezuela.

Tuve que limitarme a copiar recetas de Internet (o al menos intentarlo) que sustituyeran mis productos probados en animales.

Cambié mi shampoo Dove por huevo, limón y yogurt; mi acondicionador Pantene por aceite de oliva (por más que mi mamá intentó evitarlo) y agua destilada; el desodorante Dove por bicarbonato, aceite con esencia, crema y aceite de coco; y jabón desmaquillante por crema y algodón. En cuanto al perfume que me ayudaría a disimular la ausencia de un desodorante decente, apliqué esencias en lugares estratégicos.

Pese a mi resistencia, no pude huir de la realidad latente: un día sobreviviendo con estos productos era factible, pero una semana no era un trabajo fácil. Sobre todo porque un día tuve que hacerlo en el transporte público. No lo intenten. Los DIY’s no son tan efectivos.

Por otra parte, si dejamos a un lado el hecho de que la combinación del shampoo y el acondicionador hecho en casa hizo que mi cabello se pusiera grasoso con mucha facilidad, se podría decir que sobreviví.

Eso si ignoramos el hecho de que tuve que salir corriendo a comprar ampollas para el cabello porque no aguantaba un día más con el acondicionador de aceite. Necesitaba movilidad en mi cabello.

Puede que eso implicara hacer trampa, porque no estoy muy segura de la procedencia de las ampollas, y mucho menos si son probadas en animales. Pero es como si un carnívoro intentara ser vegano por una semana. Culpemos a la naturaleza humana. 

Del desodorante ni siquiera hablemos; lo único que hay que aclarar es que esta es una opción viable solo si vas a invernar en tu casa, con el aire condicionado prendido y sin ningún esfuerzo físico. De resto, no confíes en él y siempre mantén una chaqueta a tu alcance.

Así que, cinco días después, sigo firme en contra de las marcas que prueban sus productos en animales, pero ahora entiendo la realidad de los venezolanos que prefieren vivir en la ignorancia de no saber cuántos de sus productos son, de hecho, probados en animales.

Porque ser cruelty-free en Venezuela es una misión complicada; pero en mi defensa, mis próximas compras de cosméticos serán mejor estudiadas.