Todos hemos sufrido de corazón roto en un vagón de metro

Algo hace Caracas que te obliga a volverte un zombie en ese trayecto de un lugar a otro. No te importa tu alrededor, solo quieres llegar a tu destino. Sin embargo, como esta ciudad es esta ciudad, siempre consigue una forma de desviar tu atención a algo extrañamente inusual.

Esta vez la atención no se va a marchas políticas, a lloviznas suaves pero destructoras, ni mucho menos a invasiones gringas, extraterrestres o lo que sea. Se va a lo más usual pero siempre potente: amores fugaces. Esos que se te aparecen una vez en la vida y sabes que es un castigo del karma por ocurrir en el lugar más fugaz y menos permanente del mundo, el metro.

A todos nos ha pasado, todos hemos sufrido de ese mal. Sin embargo, cada quien lo afronta diferente. Muchos lo dejan pasar y dejan a esos crush en estado de crush, pero otro deciden aprovechar esa única oportunidad para descubrir si con una pizca de polvo de hadas en forma de valentía, ese crush puede llegar a ser algo más.

Y esta es la historia de algunas de esas personas.

La repartición de besos

“Era un viernes, y mis amigas y yo éramos una chamitas de primer semestre en la universidad. Teníamos un plan de irnos juntas de la uni, almorzar, ir a chillear un rato en la Hermandad Gallega y luego quedarnos en casa de una de nosotras y seguir hablando y echando broma ahí. Yo estaba en mi época lanzada en la que le escribía a cualquier chamo que se me cruzara, tú sabes en la fase ‘zamuro’. Equis, no tenía filtro. Y en esa movida de la uni a almorzar, agarramos metro. Cuando íbamos por la estación La Paz, vemos que se cierran las puertas del vagón y a un chamo que estaba pero BELLÍSIMO AF no le da chance de entrar y se queda afuera, mientras nosotros lo vemos desde adentro y nos lo buceamos boleta”.

Entonces no sé qué me pasó, tal vez fue la adrenalina del metro moviéndose, el hecho de que era viernes o tal vez que el chamo estaba increíble (lo cómico es que no me acuerdo cómo era solo que me enamoré ahí mismo); que aproveché que estaba mirando hacia nosotras y le mandé un beso. Con la mano, el sonido, el gesto y todo. Sucesos siguientes: el chamo con los ojos pelados, mis amigas muertas de la risa y yo, presenciando todo eso muerta de la pena por la escena pero orgullosa de haber manifestado mi amor. Nunca más lo volví a ver así que no me arrepentí”.

-Carla.

La agarrada de nalgas

“Llegué a la estación de metro California para ir a la UCAB y por lo general nadie cumple con la ‘cola’ para subir al lado de las puertas, ni yo. Caminando para buscar el espacio con menos gente estaba un papi bello. Serio, arregladito, guapetón. Así que me paré detrás y tenía demasiado perfume de macho”.

“Llegó el metro y nos subimos, eran como las 6:30p.m. cuando el metro está más patético en esa dirección y quedé afortunadamente apretujada contra él. Fuimos de estación a estación y por fortuna ese día para mí nos apretabamos cada vez más. Ya como en Chacao, me imagino que él se sentía como yo me sentiría si un hombre me viera tanto y estuviera tan cerquita. Pero es que era bello, morenito claro, pelo negro liso, ojos marrón claro, una camisa blanca, un pantalón así enrollado en los tobillos y un bolso, lo que me hizo asumir que estudiaba. Por Sabana Grande, ya las miradas eran mutuas y las personas menos, y él seguía cerca y yo feliz”.

“Cuando ya estábamos llegando a Plaza Venezuela, que todos se ponen en posición de salir, veo hacia abajo y tenía un culito chévere, a parte de toooodo. Yo no suelo ser acosadora pero era inevitable, se abren las puertas y entre los que entraban y salían le agarré la nalga como disimulado pero agarré con fuerza. Obviamente volteó y supo que era yo, ahí sí me dio pena y pensé ‘bueno ya no lo veo más nunca’ y seguí enamorada por la transferencia de Zona Rental. Al llegar a la universidad, había cola en los torniquetes, cosa que odio, y mientras estaba buscando el carnet para pasar en el bolso subí la mirada y ahí estaba él entrando a la universidad 🙃. Ahora lo veo muchas veces y sonríe y lo amo. Pero qué pena”.

-Marianny.

La clásica no recomendable: hablarle

“A ver, yo soy una persona muy de rutina, de caminos confiables y de recurrir a cosas que conozco. Sé que suena burda de aburrido pero bueno, así me funciona. Siempre que cambio algo como el shampoo, mi chuchería favorita, mi cuerpo simplemente se vuelve loco, o tal vez soy yo, pero es lo mismo ya no hay forma de revertirlo. Y lo agradecí durante un tiempo. Hubo una época en la que como costumbre, me monté en la misma zona, del mismo lado del metro de siempre y comienzo a ver a una chama que siempre me la encontraba en el mismo vagón. Bueno, no siempre, pero al menos dos veces a la semana. Era una increíble pelirroja, con el cabello rizado y los ojos verdes. C*ño era bellísima, man.

“Entonces, era como la quinta vez que la veía pero creo que nunca me había visto o no lo demostraba no sé. Y como ya se lo había comentado a mis panas, los retrasados me recomendaron lo peor: decirle algo. Así que le eché b*las. Me acerqué a ella muerto del miedo y le pregunté qué está leyendo. Me dice el nombre del libro y tal, estaba leyendo algo de Virginia Woolf y me di cuenta que fue mala idea porque no sabía nada de ella en ese momento. Así que le pregunto el nombre y ella como que evita responderme riéndose de la incomodidad, supongo. Yo como soy yo, no se me ocurre una forma mejor de arruinarlo y le digo que es muy bonita. En ese momento, ella llega a su estación y se disculpa porque se tiene que ir. Y nada, en ese momento juro que lo hice todo súper mal”.

“Pasaron como dos semanas sin que pudiera verla, no la encontraba cuando me montaba en el metro. Pero después la volví a ver, sí, pero estaba besándose con su novio. Fue súper chimbo pero al menos le hablé y, ¿cuántas personas pueden decir eso? Capaz tenga chance después, nadie sabe”.

-Mauricio.

Los amores de metro casi siempre son un corazón roto garantizado, pero siempre vale la pena el intento.

Bueno, casi siempre.