¿Cuánto plástico tocamos?

Hace poco una nueva ola de preocupaciones por el medio ambiente dominó las tendencias y los titulares de las revistas.

Aunque suena como una moda, como si los chokers estuviesen haciendo su regreso, lamentablemente la importancia a la conservación del planeta tierra se maneja con el mismo sensacionalismo, furor fashionista y atención efímera que en el mundo de la vestimenta. 

Esta vez no son los pandas, ni pulseritas hechas de desechos o liberar tortugas en la orilla de la playa. Para sorpresa de todo el mundo algo tan insignificante como un pitillo logró una revolución. 

Escribí sobre ello, acerca de mi intento por deshacerme de esta ayuda cilíndrica de plástico para las bebidas, el auge de su tendencia y las soluciones a su preocupante y dañino efecto en el mundo. 

Ver relacionado: La guerra del plástico y los pitillos

Inevitablemente me hice terriblemente consciente de la cantidad de plástico que consumía a diario y me pareció tremenda idea documentar la cantidad de plástico que llega a mis manos.

En primer lugar para tener evidencia de la cantidad de plástico que una galla caraqueña de 22 años toca para que otras gallas como yo digamos “m*erda, eso es demasiado”. Y por otra parte para que no solo nos sorprendamos sino que, en conjunto como comunidad polla que somos, hagamos algo al respecto.

Por supuesto la mirada de los millennials apáticos que son inmunes a la medicina alternativa y curaciones con salvia (a.k.a. todas mis amistades) va a ser de asco cuando pidas por favor que no te traigan el jugo de fresa con pitillo.

Comentarios como “eres una malintensa” corren el riesgo de ser enunciados. Pero ninguna revolución se logra sin un poco de resistencia por parte de gente ignorante (por favor quitemos la connotación socialista al término revolución). Además, dentro de 12 años cuando sus hijos se puedan bañar en Chichiriviche porque no corren el riesgo de ser ahorcados por un plástico de six pack, nos darán las gracias.

Bueno, probablemente no. Pero seremos como Batman ecologista, el héroe que nadie quiere pero todos necesitan.

Ahora de vuelta al registro de plástico:

La idea era cargar una libretica encima e ir haciendo rayas y palitos para registrar todo el plástico que tocaba. Cualquier otro ser humano racional hubiese entendido que en esta vida moderna, registrar todo el plástico que cruza nuestro camino en un día es un trabajo exhaustivo y casi imposible. Pero mi espíritu entusiasta no se percató de este detalle y salí un buen lunes a anotar, como en la vieja escuela, todo lo que me sucedía, con la meta de poder tener para el viernes una buena base de evidencia. 

A las 2:00 p.m. ya había olvidado mi trabajo científico y el miércoles fue que entré en conciencia de que tenía más de dos días sin aplicarme a mi experimento. Enredada en los quehaceres, la vida kafkiana del venezolano, la presión del trabajo y sobre todo la angustia de ser una romántica en la era de Tinder, fueron suficientes distracciones para que el registro del plástico pasara a un segundo plano. Además en mi defensa, para el desayuno ya llevaba treinta artículos de plástico contados.

Entonces reformulé. Lo iba a hacer a partir del viernes, un fin de semana en el que en vez de tomar en cuenta todo el plástico que toco (cepillo de dientes, pasta de dientes, papelera, champú, cola de pelo, estuche donde guardo las colas de pelo, cargador de celular y pare usted de contar) iba a registrar todo el plástico que me ofrecían y que podía rechazar sin poner en peligro limpieza, salud o seguridad.

Entonces desde la mañana del viernes hasta la noche del domingo registré en la vieja y confiable libretica todos los rebotes de plástico. Desde el plástico de las cervezas, hasta las bolsas de la basura, desde pitillos hasta cubiertos, esta fue la lista con la que quedé:

  • 9 bolsas de plástico.
  • 14 pitillos.
  • 10 vasos de plástico.
  • 6 combos de cubiertos de plástico.
  • 4 botellas de jugos naturales de plástico.
  • 5 bandejas de aluminio.
  • 2 chucherías.
  • 2 paqueticos de toallitas húmedas para limpiarte las manos después de engrasarte con costillas de cerdo.
  • 4 potes de plástico de salsa agridulce.
  • 6 salsas de soya.
  • 1 caja de cigarros (por el envoltorio de plástico de afuera).
  • 20 (aprox.) rollos de pelo.
  • 3 panfletos de papel glasé que creo es plástico y sino, es casi igualito.
  • 2 tapas de refresco de máquina.

El registro revela mi evidente viaje al restaurante chino de confianza, una visita a la peluquería, una fiesta donde pedí reiteradamente mi vaso, mi claro medio intento fallido por dejar de fumar y una visita siempre de agrado al mercado municipal de verduras.

Seguro están faltando más artículos de la lista, de eso no tengo duda. En el ajetreo del día y el despiste, seguro olvidé anotar alguno que otro plástico perfectamente rechazable. Sin embargo, la alarmante cifra de 88 artículos que me fueron ofrecidos en dos días y medio, me da pesadillas. 

Rechazar bolsas significó un desastre de verduras y hielo en el carro. Decir que no a los rollos de pelo me dejó mal peinada, por supuesto que rechazar vasos me dejó sobria y decirle que no a la tapa del refresco de máquina en el cine me bañó, de nuevo, con Coca-Cola. 

Entendí que para decir que no al plástico debo estar armada con artefactos que sustituyan la función del mismo. Hecho que cualquier otra persona menos despistada también hubiese descifrado, pero bueno, me tienen a mí. 

Vasos de plástico que se pueden lavar, termos, bolsas de tela, llevar tus propios envases para tu restaurante favorito de comida para llevar y pedir que te hagan rulos con el secador son alternativas semi-ecofriendly que podemos adoptar. Corriendo por supuesto el riesgo de que la cajera te vea con cara de “ay, chica, tú sí estás loca” y que tus amigos te juzguen por andar de abraza árboles. 

Peligro diminuto que como galla estoy dispuesta a correr por lo menos hasta que venga la próxima nueva tendencia de cuidado del ambiente. 

Mentira, cuiden el p*to planeta que nos estamos derritiendo.

Cuídense.