Irte de tu casa es cambiar una silla cómoda por un banquito

Deep.
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Toda mi vida he sido bastante propensa a hablar con desconocidos y personas intensas. Mi cerebro los reconoce inconscientemente y se acerca a ellos.

Hace 7 años, cuando estaba por mudarme para ir a la universidad, conocí a un tipo malintenso idéntico a un ex novio malintenso. Los dos tenían la contextura de un indigente standard, tatuajes de Radiohead, y una afinidad por hablar de “vibras”. Mis gustos a los 21 podrían definirse como “entre más discos de shoegazers conozca, más me gusta”, puntos extras si podía hacer disertaciones filosóficas sobre el verdadero significado detrás de Fake Plastic Trees.

En esa época conocí a Rafael. No voy ni a cambiar su nombre porque estoy segura que ahora es banquero y a pesar de que tenía no más de 2 años más que yo, ahora seguro tiene 80 y solo accede al internet gracias a sus bisnietos. Rafael era altísimo, pesaba lo mismo que mi meñique, vestía con ropa que seguramente guardaba en un baúl que le heredó su abuelo, y tenía un tatuaje (creo que de Kid A) en el antebrazo derecho. Just my type.

Nunca pasó nada físico entre nosotros supongo que porque él era demasiado estudiante de filosofía y yo demasiado estudiante de letras. Lo máximo que pasó fue un intercambio de intensidad (notas de voz epistolares antes de que WhatsApp existiese) que aún vive en mi correo y la transmisión de una analogía que de hecho me pareció bastante acertada de su parte.

Rafael era de algún lugar del interior, y se había mudado a Caracas. La experiencia lo había llevado a crear la analogía que compartió conmigo cuando le dije que me mudaba a Mérida, parafraseo:

Irte de tu casa o independizarte es cambiar una silla cómoda por un banquito. Crecer, volverse adulto, es estar sentado en un banquito sin espaldar. Cuando estás muy cansado, si te echas para atrás te caes. Siempre tienes que estar alerta y ya no te da chance de quitarte las pilas. Apenas te descuides estás en riesgo de caerte.

Eso era exactamente lo que sentía en ese momento. No estaba particularmente asustada o emocionada, solo tenía la certeza de que ahora tenía un banquito en vez de una silla. Creo que de hecho es analogía cambió por completo mi perspectiva a lo largo de los años porque una vez que me sentí en control de banquito, gran parte de mis acciones se basaron en buscar un árbol o un muro al lado del cual pudiese poner mi banquito.

Otra cosa de la que me di cuenta es que hay un starter pack de los banquitos que va más allá del banquito original, y debería estar en alguna guía de vida para que todos podamos aprovecharlos. Como nadie lo ha hecho, yo me tomo la libertad de hacerlo.

El sofá

¿Sabes esa época de tu vida en la que todo estaba bien? tus preocupaciones eran cosas bobas, como que Laura dijo que tienes piojos y ahora te ven feo. No tenías problemas monetarios, no tenías responsabilidades que superarán tus habilidades, no tenías crisis existenciales.

Estabas bien donde estabas. Porque era un sofá gigante en el que hubiesen cabido 30 personas más.

La silla que te queda pequeña

Te sientes como si estuvieses sentado en una silla de kinder. No vas a perder el equilibrio y caer a tu muerte, pero es incómodo. Sabes que ese ya no es tu sitio. Es lo que te pasa cuando ya tu trabajo no te satisface, tus relaciones no te hacen feliz y sientes que necesitas un cambio urgente.

La silla que te compró alguien más

Es bonita, se ve bien, tal vez es cómoda pero evidentemente no es tu silla. Es donde te sientas cuando te inscribes en contaduría pública porque tus padres están seguros que ese es el camino a seguir. Aún cuando puedas sentarte y dejarte caer en la silla, no es tu sitio y eventualmente vas hasta a preferir quedarte callado.

El banquito remendado

Estás en un banco que tambalea. Lo bueno de estar aquí es que no va a durar demasiado, a juro tendrás que cambiarlo porque no se puede hacer malabares toda la vida. Este es el banco que estaba bien hasta que le dejaste de dar mantenimiento.

Estás ignorando que tu relación te hace miserable o que en realidad quieres renunciar a tu carrera e irte a vender pulseras por toda latinoamerica. Cada vez que finges demencia y dices que todo está bien, se te quiebra un poco más una de las patas y la única manera de arreglarlo es dejando de pensar que todo se va a solucionar solo.

El banquito con ruedas

Creo que este es el banquito que más tiempo usamos. Pero no lo sé porque todavía no he vivido lo suficientemente como para tener seguridad de esta clase de cosas.

Lo que sí sé es que este banquito es más flexible y se mueve contigo. No te obliga a estar sentado en un mismo lugar o cargarlo a cuestas. Es el banquito más cómodo y en algún momento podrías acercarlo hasta una pared y descansar un rato. Es el unicornio de los banquitos.