La razón por la que no existe este concepto oficialmente es porque no es tan fastidioso como el ‘mansplaining’

Todas hemos sido víctimas en algún punto del mansplaining. Los que no saben qué significa, en realidad no saben que había un término para algo tan insoportable que es que un tipo te explique con “su voz de la experiencia” cosas que ya nuestra condición de seres humanos nos permite conocer. Solo que por tener un pene, lo hace biológicamente más experto sobre un tema u otro.

Hasta de maquillaje. He llegado a escuchar un monólogo interminable de cómo debe maquillarse una chama a partir de un pana que no diferencia un polvo compacto de una base en crema. O incluso todos hemos leído sobre cómo un grupo de hombres defienden su injustificable derecho de decidir sobre la prohibición del aborto.

En fin, los mansplainings capaz sean la premonición de otra guerra nuclear.

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Así que eso nos pone a pensar, ¿cuál es la razón por la que exista un término para este acto masculino y no exista algo como girlsplaining? Ni siquiera el diccionario me lo reconoce. Es porque cada vez que ocurre una estupidez parecida como que nos expliquen por qué Sex and the City es la razón por la que la modernidad es mal vista; una mujer reacciona más allá de una explicación hueca y llena de ego. Ella solo se calla e imagina cómo le cae a golpes al pana mientras habla estupideces, pero eso, entra e consciencia de que es un acto más ridículo que Carrie Bradshaw.

Es por eso que una mujer que conozco, comenzó a aplicar el mansplaining contra los mismos que lo crearon en una especie de venganza. Se trata de la Ponente. Por un día ella se determinó a asumir el papel de pendeja y dar cualquier explicación que ella considerara oportuno para algún tema que sus mejores amigos (machistas de clóset) mencionaran.

Y lo mejor es que tenía demasiado material con qué esta venganza a cabo.

La conocí sin muchos intermediarios, no sé si el alcohol y un bar en Chacao con mucha gente esperando el único cubículo de baño que servía cuentan como uno. La borracha era yo por supuesto y ella era el alma caritativa que me distraía de mi inminente explosión de vejiga.

Me habló de su día y mi condición de borracha con buena memoria me permitió usarla para esta historia. Resulta que esa mañana, la primera persona a la que aplicó su girlsplaining fue el pobre de su papá, que no tenía la culpa de nada, pero le pareció una buena práctica antes de encontrarse con su verdadero reto (y el de todas): sus panas.

Como de costumbre, su papá le había hecho su café de todas las mañanas. Aunque sabe que las dotes de su progenitor en la cocina se comparaban a los desechos de las alcantarillas, ella siempre apreciaba el gesto de un café aguado y con demasiada azúcar de su padre. La Ponente escogió ese momento para explicarle cómo debe hacer bien un café. Es algo que cualquier humano sabría, pero como esa es la lógica del mansplaining, ella aprovechó de dar un discurso redundante a su papá. Él interpretó de inmediato las intenciones de su hija, pues él siempre hacía lo mismo, en especial cuando se trataba de cómo cerrar una puerta o de cómo manejar sin pegársele al carro de enfrente. Se río y continúo haciendo su café como siempre. Solo para demostrarle su autoridad.

Después de trabajar un poco, aprovechó la ocasión de decirle a su jefe en una de sus decenas de llamadas diarias por Hangouts lo maleducado que es estar llamando a alguien sin decir nada importante y ni siquiera urgente. Le explicó el uso que tenían antes los teléfonos, en la época de su invención y propuso hacerle el mismo uso dentro de la empresa: en emergencias y con mensajes concisos. No de media hora por una información que se puede enviar por un mensaje de texto. Su jefe quedó atónito e incluso avergonzado, y ella satisfecha por haberlo dicho por fin.

Por último, se enfrentó a sus amigos. Todos estaban despechados porque algún culito no les había contestado más nunca o como una chama ni siquiera les presto atención en primer lugar. Para ellos esto no necesita explicación, son unas “perras” y ya. Así que prefieren encontrar consuelo en una cerveza, un partido de fútbol y por supuesto, en su pana la Ponente. También la conocen como Ana, pero este nombre es más conveniente para la historia.

Ella llegó al bar en Chacao, se tomó una cerveza para prepararse mentalmente y comenzó su girlsplaining. Les dio lo que pareció una clase magistral de cómo dejar de hacerse las víctimas cuando una chama nos les para y los incitó a revisar ese misógino enclosetado que les susurraba acusaciones hacia las mujeres en el oído. Les propuso un nuevo camino que consistía en ser caballeros y no zamuros desesperado, pues así capaz tendrían más chance de tener algo significativo con alguno de sus crushes.

Claro que ellos también quedaron sorprendidos y heridos en el ego cuando su mejor amiga les echó la culpa de sus metidas de pata. Al principio se mostraron altaneros, pero la Ponente pudo notar cómo las semanas siguientes sus amigos se mostraron menos estúpidos con las chicas que les interesaban.

Esa noche que les habló se mostró tan molesta de cómo sus amigos le habían respondido con un “¿qué vas a saber tú?”, que tuvo que ir al baño y calmarse. En eso me encontró a mí y ambas llegamos a la conclusión de que el mundo sería un poquito mejor si el girlsplaining fuese tan bien escuchado como lo es el mansplaining.

Capaz, pero ¿qué vamos a saber nosotras?