Cuento de un adicto en estado de negación - The Amaranta

Reunión en la sucursal de la sobriedad

Por Diego Vega Mata

Siempre me han intrigado las enredaderas. ¿Dónde empiezan? ¿Terminan? ¿Cuándo dejaron de cortarlas? La casa quedaba en Lomas del Mirador. No parecía una casa de adictos o una “comunidad terapéutica” como le dicen ahora. Muchas áreas verdes a su alrededor te querían distraer de la realidad: estabas ahí porque algo terrible pasaba. A ti o a alguien cercano.

Había que tocar el timbre de mi*rda. No sé por qué le tengo rabia al proceso de identificarse con otro para que te dejen pasar. En la casa había dos perros boxer que debieron haber visto a Jaime Lusinchi tratar su alcoholismo. Tenían como 14 años.

La sesión del grupo era a las 4:30 de la tarde. Siempre llegaba 15 minutos antes. No por puntual, sino por la ansiedad que me generaba contarle mis más íntimas preocupaciones a un grupo de extraños. Esos 15 minutos de oro me daban tiempo de combatir esa inquietud como sabía. Impulsividad es un término que no explica totalmente la forma en la que un adicto que acaba de desintoxicarse fuma cigarros, pero se acerca. Después de terminarlo me quedaban cinco minutos para tomar agua e ir al baño. Todo neuróticamente medido. 

Las sillas plásticas manaplas me hacían preguntarme a dónde se iba lo que pagaba mensualmente, pero al menos había aire acondicionado. Los terapeutas eran de primera: un adicto recuperado que se había licenciado como terapeuta solo para hacer a otros adictos confrontarse consigo mismos, una “amiga de todos” y el “big boss” que presidía la institución.

Había un miembro nuevo. Era una joven que se veía nerviosa. Esos grupos son como la cárcel, todo el mundo cree que no pertenece ahí hasta que pasa cierto tiempo. Como se acostumbraba cuando era la primera sesión de alguien, teníamos que presentarnos y decir nuestra droga —o drogas— de impacto, es decir, a qué sustancia te volviste dependiente. 

Empezó Eleazar. Eleazar estaba ridículamente “papeado”. Un día nos mostró fotos de su anterior persona, que parecía otro, ya que pesaba 120 kilos. Pero se veía feliz, no como fingía estarlo ahorita. Era de esas personas que siempre hablaba de lo increíble que era estar sobrio, de lo bonita que era la vida y cosas así. Después de parlotear un rato dijo lo que a todos nos interesaba:

—Mi nombre es Eleazar. Tengo 34 años. Soy adicto a los esteroides y a la heroína.

Había una mujer que habían degradado de un grupo más avanzado al nuestro —sí, porque pasas de grado y eso— por infringir una de las normas. Había visto a un compañero de grupo en la calle y se habían tomado un café. Se supone que no puedes tener contacto con tus compañeros en el exterior, bajo el principio de que no juntes a “dos mochos pa’ rascarse”. Estaba divina. Ni recuerdo cómo se llama, aparte una de las reglas, bien explícitas, me gritaba desde un papelógrafo: “no sexualizar”. Lo prohibido enciende cualquier morbo.

No recuerdo mucho de ella, creo que tenía un novio que la trataba mal y le robaba. Aún más adicto que ella. 

—Yo soy Verónica. Tengo 28. Mis drogas eran Lexotanil, Xanax y Preveral.

Le tocaba al señor Alfonso, un tipo rarísimo. Siempre se vestía con chaquetas de abuelo y contó —casi llorando— su experiencia más vergonzosa: la vez que besó a un hombre. Claro, no soy nadie para decir qué debe o no ser vergonzoso, pero eso no me parecía para llorar. 

—Soy Alfonso, soy alcohólico y tengo 52 años.

 El turno de la voz siguió rotando y automáticamente lo dije: 

—Diego, soy adicto a la cocaína. Tengo 21 años.

La integrante nueva me vio por un rato. Supuse que era una cuestión de edad ya que parecía igual de joven que yo.

Le tocaba a Andrés, uno de los pacientes más dementes que he conocido en mi vida. Una vez tuvimos que escucharlo contar, sin hacer ni una expresión de dolor, cómo le había caído a coñazos a su esposa y no paró hasta que vio que su hijo de seis años estaba detrás de él. Para mí era un psicópata incurable, un narcisista, un bobo con tres décadas encima que seguía vistiéndose como un menor. Un mantenido que se creía emprendedor. Un asco de persona. 

—Bueno, mi nombre es Andrés, ja ja ja. Yo me metía heroína, crack y marihuana siempre.

¿Por qué se rió? Volteé a ver al resto del grupo buscando una mirada de desaprobación como la mía, pero nada. 

Finalmente le tocaba a la nueva. Me llamaba la atención su pelo: corto y de un amarillo especialmente artificial, pero se le veía bien. Tenía los ojos tristes pero dulces.

—Bueno… Yo soy Adriana. Tengo 22 y creo que mis drogas son el alcohol y el molly. Hice popper algunas veces, pero… no muchas.

La que dirigía al grupo ese día era la “amiga de todos”, creo que se llamaba Claudia o algo así. 

—Bueno, bienvenida, Adriana. Hoy vamos a hablar sobre…

Mi atención se desviaba a veces. ¿De dónde conocía a esta chama? Tal vez de ningún lado, pero me parecía que sí. Creo que hablaban sobre la codependencia, que es básicamente una relación enfermiza entre dos personas cercanas en la que una pone primero las necesidades de la otra. En gente con problemas de adicción suele pasar mucho con los padres, ya que el adicto suele infantilizar esta relación, sobre todo si es joven.

Después de un rato escuchando el discurso de la psicóloga, Adriana interrumpió:

—Yo no sé qué hago aquí. No debería estar aquí —habló desde su negación. 

La psicóloga interrumpió su intervención para tratar la de la paciente.

—¿Y por qué crees eso, Adriana?

—Bueno, no sé. O sea, yo los veo a ellos —dio una mirada general al grupo— y sí parecen adictos, ¿pero yo? Lo que pasa es que me pasé de rumba y mi papá se arrechó. Por eso estoy aquí.

Todos callamos hasta que Verónica rompió el silencio. 

—Todos aquí estamos pasados de rumba, mi amor.

Reímos inevitablemente. Lo que Adriana no sabía es que todos en algún momento negamos tener un problema.  

—Adriana —retomó la terapeuta—, el éxtasis no es poca cosa. Los niveles de metanfetaminas que pudimos ver en tu sangre no son de un consumidor recreacional.

—Sí, yo sé que me pasé un poco.

“Me pasé un poco” me definió en algún momento. Era una frase poderosa ya que reconocías que habías hecho algo, pero lo minimizabas porque no te parecía tan grave. 

—Es que aparte no entiendo las reglas —continuó la paciente, confundida—. ¿No puedo ver a mis amigos? ¿No puedo salir?

Eleazar, el que conocía las reglas como una biblia, se adelantó en responderle. 

—A ver, te explico. Hay una medida que se llama cuarentena. El fin es romper tus hábitos de consumo. Las personas con las que consumías están en cuarentena, los sitios donde lo hacías están en cuarentena o deben ser rediseñados. Esto lo explica el doctor…

—Mira, Adriana —interrumpió Alfonso antes de que la palabra cuarentena atravesara la cabeza de Adriana—, lo que pasa es que las personas con las que consumimos no suelen ser nuestros amigos, comúnmente son personas con las que no tenemos otro vínculo afectivo que la sustancia que nos relaciona. Pueden ser adictos o no, pero no nos convienen. Yo sé que es difícil, pero, ¿puedes mencionar algún amigo tuyo actual que lo haya sido toda tu vida?

La increpada se quedó pensativa. Respondió sin pensar. 

—Es que mis amigos del colegio son unos gallos.

No pude contener la risa y lamentablemente fui el único. No me dio risa el comentario de Adriana, sino que pensé que a veces un “gallo” es justo lo que necesitamos.

—¿Quieres contribuir con Adriana, Diego? —ahora el increpado era yo, por la “amiga de todos”.

—Ehm, sí. No sé cómo la puedo ayudar —respondí.

—Bueno, puedes retratarle tu experiencia.

El cerebro, por lo menos en mi caso, funciona a una velocidad impresionante a la hora de demostrar un argumento. En segundos ya sabía qué le iba a decir. 

—No sé cómo te está cayendo esto a ti —empecé—. En mi caso fue duro, no entendí que tenía un problema hasta que enfrenté a la policía, a mis papás, a unos enfermeros en uniforme blanco y eso fue todo al mismo tiempo.

—¿Ven? A mí nunca me ha pasado eso —interrumpía con soberbia la muchacha. No la culpaba.

—Yo entiendo. Aquí dicen que todo el mundo tiene que tocar fondo, yo no estoy de acuerdo. O bueno, pienso que el fondo es relativo. Por ejemplo, hay gente que ha quebrado por la drogas, que se ha quedado sin familia, pero en verdad nadie necesita pasar por eso. Tu fondo puede ser otro, el que tú decidas.

Me ladillaba intervenir, a veces porque me daba cuenta de que argumentaba como en una película de suspenso. No sé si era para que la “moraleja” quedara más clara o simplemente para causar intriga. Era un gran egocéntrico.

—¿Cómo que el que yo decida? Es que yo no siento que haya tocado fondo.

—Ese es precisamente el punto. Tu fondo es desde donde tu decidas parar la situación e impulsarte hacia arriba. Igual no me queda clara tu situación. ¿Cada cuánto consumes?

Llevé regaño por curioso. 

—Diego —me dijo la terapeuta en tono condescendiente—, recuerda que no podemos preguntar eso. Adriana, cuéntanos. ¿Qué situación llevó a tus papás a traerte para acá?

—Bueno, nada, que me cacharon tragándome una en los 15 años de mi primita.

—¿Y ya? —ser psicólogo clínico es ser experto inquisidor. 

—Y vendí mi cámara hace una semana.

—¿Para que la vendiste?

—Para comprar más.

No hizo falta explicar más nada.

—Bueno —retomé mi argumento—, también sé que es difícil abandonar personas que llevan mucho tiempo contigo, pero lo que dice Alfonso es verdad, cuando tenemos un patrón y rato largo comportándonos así, lo que nos une a nuestros “amigos” es la droga, por eso no son amigos.

Adriana se veía molesta. No estaba procesando lo que le estábamos diciendo. Las palabras de Alfonso, Verónica y quienes interveníamos la aturdían. Quiso hablar, pero en verdad no la escuchábamos. ¿Y si en verdad no era una adicta? Pero es que todo lo que decía la hundía más. Tenía un novio dealer, su entorno la desfavorecía, estaba estudiando fotografía y lo dejó… Todo apuntaba al diagnóstico común.

Entre la pelea de gallos se me ocurrió preguntarle algo. 

—Si no eres adicta, ¿por qué lo haces?

—¿Qué? Bueno, no sé, por diversión, porque es más rico rumbear así.

—¿Desde cuándo no rumbeas sin drogarte?

Me miró dejándome saber que si pudiera asesinarme, lo haría. En vez de responderme algo, se paró y agarró la silla plástica. Supuse que se saldría de la reunión, pero antes de hacerlo a toda velocidad, me lanzó la maldita silla manaplas. Una de las patas me dio en el pómulo y me dejó un morado por dos semanas. 

Nunca supe de dónde la conocía.

Pasé toda la noche pensando en cómo había superado mi propia negación. No fue fácil. Pasé por muchísimos doctores, un par de centros, encontronazos —horribles— con la policía y muchas otras anécdotas oscuras para darme cuenta de que habitaba en mí un problemón. Pero no fue eso. Tampoco mis papás, que afortunadamente me ayudaron mucho durante todo el proceso. Tampoco mis amigos, que fueron siempre comprensivos. No fue eso lo que hizo que diera el paso hacia la sobriedad ni que lo siga dando cada día, cada vez con menos tentaciones.

Es que te cansas, coño. Te cansas de abusar de ti mismo hasta quedarte dormido o desmayado, de perderte en vida y que eso sea lo único que te importe, de gastar diez, treinta o cien dólares a la semana en unos gramos de felicidad artificial. Pero lo que más cansa es la mentira, más que el tiempo perdido. Me di cuenta de que estaba roto por dentro cuando me vi solo, gritándome que yo estaba bien, negando las verdades que susurraban a mi oído. Pero recompuse mis piezas. Es posible.

Hay errores ajenos que enseñan, a pesar de lo que digan. No pienso que todos debemos “tocar fondo”, no solo con las adicciones, para entender que vamos por un camino equivocado, a veces escuchar es suficiente, pero no es fácil. Es una habilidad que tenemos que desarrollar a pesar de que nuestro número de orejas doble al de las bocas que tenemos. Es la práctica de la humildad verdadera.

Espero que Adriana haya vuelto alguna vez.

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