Mi relación más tóxica ha sido con las apps de citas
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Mi relación más tóxica ha sido con las apps de citas

Siempre he tenido una relación extraña con las apps de citas. Han sido pocas las veces que he decidido mantener Tinder o Grindr por más de dos semanas en mi celular y, por otro lado, cuando las descargo, no puedo evitar revisarlas una y otra vez todos los días. Es por esta razón que digo que mi vínculo con ellas es lo más cercano que he tenido a una relación tóxica.

La primera vez que entré a una de estas apps de citas tenía 18 años. Recuerdo que sentía una mezcla de miedo y adrenalina. Mis manos temblaban mientras agregaba mis datos personales en Grindr y me cuestionaba si debía o no adornar mi perfil con una fotografía de mí mismo para exponerme al mundo. En ese momento, aún no había salido del clóset y nunca había tenido sexo. Pero, gracias a los videos de YouTube que revisé en mi adolescencia, estaba consciente de que entrando a esta aplicación me arriesgaba a que algunos de mis conocidos supieran que era homosexual o a que otras personas me percibieran como un objeto para satisfacer sus deseos sexuales. 

A pesar de todas esas dudas que tenía, igualmente decidí intentarlo y dejar a un lado todo mi miedo para lanzarme a descubrir el pequeño universo de las apps de citas. Tristemente, no tuvo que pasar mucho tiempo para que esos males de los cuales me había advertido el internet empezaran a surgir. Dick pics no deseadas y personas haciendo catfishing, entre otras cosas, fueron parte de esos problemas a los que me tuve que enfrentar horas después de entrar a Grindr. Pero, con los días y cada conversación que tenía, me di cuenta de que más allá de las fotos no solicitadas de genitales y las conversaciones triviales, la verdadera razón por la que el uso de la aplicación me estaba haciendo sufrir tenía que ver con algo dentro de mí: mi autoestima.

Cuando creé mi perfil tanto en Grindr como en otras apps de citas, sabía que las personas me juzgarían principalmente por cómo me veía en las fotografías y por unos pocos datos que aparecían en mi perfil. Sin embargo, no estaba preparado para lidiar con el rechazo que experimentaría debido a algunos pequeños detalles que harían a ciertas personas afirmar que yo no era su tipo. “Eres lindo, pero tienes mucha barriga para mi gusto”, “Eres simpático, pero no te ves muy serio en tus fotos” o “Saldría contigo, pero no tienes cuerpo de gimnasio” eran algunos de los comentarios que poco a poco atentaban contra la percepción que tenía yo mismo de mi físico y mi masculinidad.

Con cada nueva conversación que tenía en alguna de las apps de citas, sentía que debía moldear mi imagen corporal a lo que deseaba la mayoría de los hombres en Grindr, o que era necesario que hablara como un macho para no espantar a ningún pretendiente que no le gustará alguien con “mucha pluma”. Creé una imagen ficticia de mí mismo y no me di cuenta del daño que me hacía. No eran mis relaciones con otras personas en Grindr o Tinder lo que estaba afectando mi autoestima, sino mi deseo de encajar en un molde para poder tener sexo casual o para no dejar de tener una conversación interesante con alguien por miedo a parecerle muy femenino. 

Al hacerme consciente de que cambiaba mi imagen y forma de ser para complacer a desconocidos en las apps de citas, decidí alejarme de ellas para poder sanar ese daño. No obstante, ya existía una relación de dependencia con Grindr y Tinder que convertía esta tarea en algo extremadamente difícil de hacer. Aunque sí llegué a eliminar mis perfiles, en más de una ocasión terminé entrando nuevamente a este mundo por aburrimiento o por ganas de hablar con alguien nuevo. 

Llegué a pensar que mi relación con las apps de citas se estaba convirtiendo en un vicio que me consumía después de alguna decepción amorosa. Por esta razón —y porque mi celular se dañó—, pasé más de un año alejado de estos sitios para trabajar en mi autoestima, en sentirme cómodo con mi imagen corporal y mi masculinidad. 

Después de un tiempo de reflexión y aceptación, decidí que ya estaba listo para volver a las apps de citas para usarlas con otra mentalidad y con la finalidad de obtener algo más que sexo casual. Me propuse interactuar con otras personas bajo mis propios términos para sentirme cómodo dentro de la aplicación. Empecé a rechazar amablemente a los individuos que no me llamaban la atención, a bloquear a cualquier sujeto que enviara una dick pic sin consentimiento y a prestarle mucha menos atención al rechazo que recibía por parte de otros.

Aunque todo esto funcionó por un tiempo, mi experiencia no cambió demasiado. Por mi parte, ya sabía lidiar mejor con los comentarios groseros y sentía que estaba en paz con las apps de citas. Sin embargo, estas me quitaban tiempo porque son excesivamente adictivas y quería estar todo el día pegado al teléfono, refrescando la aplicación para ver si aparecía alguien nuevo cerca. Esto hizo que volviera a borrar Grindr y Tinder para no permitir que mi uso de estas aplicaciones volviera a ser dañino, dando paso al comienzo de una relación intermitente.

A pesar de los malos momentos, esa conexión tóxica que tenía con las apps de citas también me permitió conocer a muchos individuos que han dejado en mí una marca sentimental, incluso llegué a enamorarme de uno de ellos. Por esta razón, nunca satanicé el hábito de entrar en estos sitios. Gracias a Grindr y Tinder, tuve la oportunidad de conocer lo que me da placer, explorando mi vida sexual sin miedo y de un modo sano. Luego, la necesidad de hablar con mis amigos sobre mis descubrimientos en estas aplicaciones, la gente que me interesaba emocionalmente y mis experiencias eróticas impulsó mi salida del clóset. A través de las apps de citas pude deshacerme del temor que me daba admitir mi sexualidad y esto, por ende, me llevó a vivir más libremente. 

Aunque todos estos aspectos positivos existen, después de un tiempo me di cuenta de que definitivamente las apps de citas ya no eran para mí y de que la diversión o la novedad que en algún momento me ofrecieron se habían desvanecido. Sentí que no había nada nuevo que explorar y que las personas que quedaban eran sujetos con los que ya había hablado sin ningún éxito o que simplemente no me atraían, por lo que finalmente decidí, de una vez por todas, dejar de usarlas

Las apps de citas son herramientas interesantes para encontrar pareja o una aventura de una noche, pero yo ya no estaba desesperado por conocer a alguien. Entendí que otros objetivos — mi vida profesional, los últimos semestres de mi carrera y mi salud mental— estaban por encima en mi lista de prioridades. Aunque ya estos sitios no afectaban mi autoestima, su carácter adictivo y absorbente no me ayudaba a progresar en otros aspectos que ahora considero de mayor importancia.

Aunque podría decir que mi relación con Tinder y Grindr fue realmente tóxica, hacer uso de estas aplicaciones intermitentemente por cuatro años me dejó algunos aprendizajes. Agradezco el haber estado en estos sitios porque me dio la oportunidad de explorar mi sexualidad y conocer a alguien de quien me pude enamorar. Tal vez algún día, en otra ciudad y con otros propósitos de vida, decida volver a entrar en estas aplicaciones. Pero, por ahora, es momento de dejar ir mi vínculo tóxico con las apps de citas.

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