Mi primera ‘MILF’

Por Diego Vega Mata.

La arena de una playa lejana a mi país servía de cementerio para mis pies cansados. Tenía una camisa de Bob Marley, un “jew fro” venezolano y un poco de acné. Lo suficiente para delatar mi edad.

En el 2009 tenía 15 años. Si me fumaba un cigarrillo, era escondido y por imbécil. Unos escuchaban lo último de Nickelback y otros lo primero de Lady Gaga, pero en esa playa mi hermano mayor y yo escuchábamos a Sean Kingston, imagínate tú.

Nos encontramos a un conocido que no era tan cercano, de esos que no sabes cuándo se convirtió en tu amigo. Creo que habíamos ido a un campamento con él y le guardábamos cariño. Tenía mi edad también. Se sentó un buen rato a hablar con nosotros, hasta que los temas tan interesantes de peleas intercolegiales y otras chamas de 15 años se acabaron. En ese momento nos invitó a un lugar donde estaban sus papás y caminamos unos minutos hasta llegar a un grupo de adultos semi ebrios que bailaban cualquier cosa de ABBA.

La mamá de este sujeto era impresionante. Una mujer de 40 y tantos años de pelo negro y ojos claros, con una sonrisa que inmediatamente fabrica otra en respuesta. Si explicara cómo era su cuerpo, tendría que escribir mucho más. Tal vez lo describa después. ¿El papá? ¿Qué c*ño importa? Era un viejo como de 70 años. Seguro se casaron por amor.

Nuestro amigo nos invitó a quedarnos en su casa. No teníamos nada mejor que hacer, como cualquier adolescente, así que aceptamos después de hacer la llamada típica para “jalarles” a nuestros papás.

Luego de un trayecto relativamente largo llegamos a un apartamento muy bonito. El viejo se fue a dormir, por supuesto, y mientras mi hermano y nuestro amigo elegían con qué juego de PlayStation se deleitarían, yo estaba concentrado en otra cosa. La MILF se servía otro trago y reproducía un concierto en vivo de Juan Luis Guerra. Qué delicia.

Yo vigilaba a los otros niños. Me sentía mayor, superior por mi deseo. Después entendería que lo que soy es mucho más “quesúo” que los demás. Mucho más. Mientras jugaban, yo fui desapareciendo de su vista. Primero me quedé en unos muebles detrás de ellos, que estaban hipnotizados con el juego. Después puse cara de enfermo y anuncié que iba al baño para que entendieran que iba a c*gar y podía tardarme.

Llegué a una sala con unas puertas corredizas de vidrio plenamente abiertas, como hubiese querido que estuvieran las piernas de esa señora. El viento con olor a salitre soplaba a una mujer borracha y a un adolescente que quería cumplir una fantasía. Ella me increpó inmediatamente. Me dijo que los de mi generación no sabían bailar merengue.

—Yo sí sé bailar merengue —le respondí valientemente, casi invitándola a permitirme demostrárselo.

Aceptó el reto y se paró a bailar conmigo. Mis pasos, nerviosos y poco experimentados, tropezaban a veces. Sus pasos, con algo de kilometraje y con la voluntad del alcohol, también lo hacían. Reía, ella reía mucho mientras bailábamos. Yo trataba de acercar mi cuerpo al suyo tanto como fuese posible, en esa edad incómoda en la que cualquier roce te provoca una erección.

Después de un rato bailando extrañamente en la sala de un apartamento playero, me atreví a imitar el sonido de los timbales con mis manos como baqueta y sus nalgas como cuero de redoblante. Se rió aún más fuerte y el “¡Ay, chico!” me indicó lo que soñaba que fuera una realidad: la tipa se dejaba.

Fue la primera en cansarse, claro, y se sentó en un mueble cercano. La seguí. Conversamos no sé qué tipo de estupideces hasta que me atreví a hacer una nueva movida: pasarle la mano por arriba de su cabeza hasta su hombro. Qué amateur. Pero sirvió, nos abrazábamos. El contacto era cada vez más lujurioso, nos agarrábamos de manos, unas caricias que no eran nada apropiadas se ejecutaban y mi pene apuntaba hacia el cielo.

Di el paso más grande y una de las decisiones más atrevidas de mi vida: “lanzarle la cara” a una señora de unos 46 años teniendo yo apenas 15. Acerqué mis labios secos por el Roacután hacia los suyos, divinos y húmedos de tanto vino y vodka. Sus ojos se achinaban hasta cerrarse, los míos querían ver todo. El primer contacto fue incómodo, pero se desenvolvió bien el beso. Yo quería un poco más y me robé otra base: estaba tocando el segundo par de tetas de mi vida y eran las de una MILF. Solo pensaba que mis amigos ni en un millón de años iban a creerme este cuento y así fue, no me creyeron al principio.

En algún momento, después de intercambiar saliva de distintísimas edades por un buen rato, ella decidió fumarse un cigarro. Curiosamente no la acompañé. Creo que ya quería volver al cuarto donde estaban mis humanos contemporáneos. También creo que estaba asustado.

Al día siguiente mis papás me buscaron en la “escena del crimen” y me fui pensando en mi secreto.

Ahora, diez años después, no veo esto como lo hacía de adolescente. Contándole este cuento a mi novia, por ejemplo, sentí vergüenza. Un sentimiento que ni sabía de dónde venía y decidí explorar un poco más esos sentimientos.

Hasta que conocí a la primera mujer que quise, creo que realmente no supe cómo comportarme con las “chamitas”. No digo que esto me haya traumado, aunque tal vez sí lo hizo pero soy demasiado orgulloso para admitirlo. Por un tiempo —años— nunca quise ser el más “manso” entre una mujer y yo. Siempre fui dominante y esto me costó un par de cachetones, amistades y encuentros con más mujeres mayores, y me hizo e involucrarme en relaciones que eventualmente me harían daño.

No pensaba desde el amor, pensaba —creo— desde una posición hambrienta de poder. Veía las relaciones amorosas o casuales como una oportunidad para lucirme, en vez de un camino para ser y disfrutar. Sé que suena absurdo, pero piénsenlo: ¿le compran un regalo a su novia porque la quieren o porque quieren que ella piense “este carajo es otro peo”?

Si su respuesta honesta es la segunda, sean mujeres u hombres, yo fui así hasta, probablemente, los 23 años. Tampoco crean que he progresado mucho, pero siento que he avanzado algo. Por lo menos reconozco este sentimiento. Sé que había —o tal vez hay— un vacío en mí que no me permitía amar de verdad. Tenía destellos de ese calorcito que supongo que era amor, de esa visión sin medida del otro, pero no me entregaba a ese peligro de m*erda. ¿Ven? También me cuesta ser vulnerable. Lo soy con pocas personas.

Ojo, no me aprovecho de lo que me pasó para justificar haber sido un “coño ‘e madre”. Lo fui a pesar de lo que me pasó. En vez de aprender de una desequilibrada experiencia que me encontré en mi muy precoz camino, decidí ser un imbécil. No creo que conscientemente, pero definitivamente he hecho daño.  

En esta onda de introspección quiero que me acompañen a hacer un ejercicio y plantearnos varias preguntas:

¿Fui víctima de pedofilia? Nunca me sentí como una víctima, pero esa señora es una efebófila, lo que significa que tiene una particular atracción hacia los adolescentes. Creo que su clara desviación sexual, aunque no se justifica, se debía a que se había quedado encerrada en unos años que añoraba que volviesen. Lo sentí en su soledad.

Pregunta de aquellos más morbosos: ¿por qué no me la cogí? Creo que no sabía ni cómo era ese procedimiento. Todavía era virgen y para mí, el placer consistía en darse unos besos y después masturbarse. Si ustedes estaban teniendo orgías a esa edad, los felicito.

Pregunta que les hago a aquellos más reflexivos: ¿ves la gravedad en este cuento? Si tu respuesta es negativa, tal vez fuera distinto si la historia se tratara de una niña de 15 años y un hombre de 46. ¿Y si fuera tu hija? ¿Qué pensarías?

Creo que como personas “decentes” —qué intenso ese opening—, debemos revisar este constructo social que le aplaude a los niños que comparten este tipo de experiencias y no penaliza a los adultos por acoso. Puede ser normal que un adolescente vea con ojos de deseo a una señora mayor, pero, ¿que esta le responda? Claro que es un problema. Grave.

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