Un recorrido por la influyente era dorada del porno

La era dorada del porno, el nacimiento de una gran industria

Nuestra generación nació en una época en la que la pornografía ya era masiva. Sea porque vimos un pasillo de películas con clasificación XXX en algún Blockbuster o porque nos topamos con alguna publicidad de contenido explícito mientras navegábamos por internet, desde temprana edad hemos sabido de la existencia de la industria del entretenimiento para adultos. Esto se debe a la evolución de las compañías pornográficas en la segunda mitad del siglo XX, desatada por el éxito que tuvieron estas entre finales de los sesenta y principios de los ochenta, durante la llamada era dorada del porno.

Conocida en la actualidad por sus representaciones en películas como Boogie Nights, de Paul Thomas Anderson, y Lovelace, de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, la era dorada del porno fue el periodo en el que los filmes sexualmente explícitos empezaron a recibir atención positiva por parte de las cadenas de cines y el público general. El entretenimiento para adultos dejó de formar parte de la escena underground y se convirtió en una industria con producciones que competían en taquilla con cintas de estudios de Hollywood. Fue así, entonces, como la pornografía empezó a ser tomada en serio y a adquirir relevancia dentro de la cultura pop.

Boogie Nights (1997), de Paul Thomas Anderson
New Line Cinema

Aunque luego fue desplazada por la masificación de la industria debido al surgimiento de los VHS y el regreso a las producciones explícitas de baja calidad, la era dorada del porno ya había logrado que el entretenimiento para adultos fuese un negocio mainstream, que si bien seguía siendo un tabú, ya no era del todo clandestino. Sin esta época, no existiría la figura de la estrella porno, no hubiese nacido un interés por los filmes XXX de ficción y, sobre todo, la industria pornográfica nunca hubiera sido masiva.

Cuando el porno no era chic

Antes de que iniciara la era dorada del porno, este no se caracterizaba por presentar una gran calidad, sino que era crudo, simple y precario, en gran parte gracias al ambiente ilícito en el que se encontraban estas cintas y la ilegalidad de su producción. Según el autor y pornógrafo Patrick Catuz, estos filmes normalmente se proyectaban en burdeles, clubes nudistas y salas clandestinas cuyo acceso se limitaba a hombres para motivarlos a contratar servicios sexuales.

A pesar de que las grabaciones XXX surgieron justo con la creación del cine, estas no lograron mantenerse a la par con Hollywood y más bien se quedaron estancadas por un buen tiempo; incluso, para los sesenta, muchas de las escenas hardcore aún eran filmadas sin sonido. El crítico cinematográfico Richard Corliss sostiene en un artículo para la revista Time que solamente un género de producciones para adultos empezó a tener relevancia a finales de los cincuenta: el nudie-cutie, un tipo de soft porn que consistía en comedias ligeras con sexo simulado, exposiciones de piel fríamente calculadas e insinuaciones de gemidos.

Póster de The Immoral Mr. Teas, uno de los nudie-cuties más exitosos de 1959
Pad-Ram Enterprises

En el libro Sleaze Artists: Cinema at the Margins of Taste, Style, and Politics, Eric Schaefer explica que los nudie-cuties iniciaron el auge de un subgénero del cine de explotación —filmes comerciales de bajo presupuesto y calidad que usualmente eran proyectados en salas llamadas grindhouses— llamado sexploitation, el cual encontró un éxito moderado gracias a los baby boomers, jóvenes que se interesaban por las películas que se alejaban de las restricciones del código Hays. Para finales de los sesenta, estas producciones habían aumentado y muchas de ellas habían mejorado su calidad, por lo que empezaron a ser proyectadas en cadenas de cine convencionales. 

En Gauging a Revolution: 16mm Film and the Rise of the Pornographic Feature, Schaefer expone que el New York Times se refería al sexploitation como uno de los intereses de los individuos que tenían inclinaciones artísticas para finales de los sesenta, sosteniendo que muchos jóvenes realizadores de pornografía la usaban para hacer una declaración. El crear este tipo de cintas se percibía como un modo de ir en contra del status quo y los involucrados se sentían parte de una revolución sexual sin precedentes. Incluso entonces ya existían actores porno que se consideraban más artísticos que otros, dependiendo de las tramas de las producciones en las que participaban.

Poco a poco, la abolición del código Hays en 1968, la cual permitió que escenas eróticas aparecieran en películas de Hollywood, y el interés por el sexploitation ayudaron a que el sexo saliera del clóset en la industria del entretenimiento. Adicionalmente, en 1969 se estrenó uno de los últimos antecedentes de la era dorada del porno: Pornografía en Dinamarca, un documental realizado por los sexólogos Phyllis y Eberhard Kronhausen que llevó a que este tipo de contenido estuviera en las salas de cine. Este mostraba penetración de manera explícita y, al mismo tiempo, educativa, por lo que no se prohibió su distribución en los Estados Unidos. Si bien, como mencionó el director John Waters en una entrevista con la revista Time, esta producción europea se percibía como socialmente redentora, logró hacer que material pornográfico se proyectara en la pantalla grande y luego de esto no hubo vuelta atrás: los nudie-cuties morirían y el hardcore llegaría a dominar el mundo.

Una transformación y el nacimiento de la era dorada del porno

Para finales de 1969 y principios de 1970, los filmes de sexploitation habían llegado a su límite y el público cada vez tenía un mayor interés en ver algo más que insinuaciones sexuales y simulaciones del coito. Cuando las primeras películas eróticas que incluían escenas explícitas de sexo fueron estrenadas nacionalmente en los Estados Unidos, la población que se consideraba a la vanguardia estaba más que preparada para verlas.

Póster de Blue Movie (1969), de Andy Warhol
Andy Warhol Films

Blue Movie (1969), de Andy Warhol, y Mona (1970), de Bill Osco, representaron el primer paso de la era dorada del porno. Cada una de estas cintas logró capturar los distintos modos en los que el público ansiaba ver escenas hardcore en la pantalla grande. Por un lado, la primera les habló a todos los realizadores e individuos con inclinaciones artísticas, con sus diálogos sobre la guerra de Vietnam y el uso de escenas explícitas que no seguían una trama en especial. Este nicho pensaba que formaba parte de una revolución sexual y artística, y que el hardcore era el nuevo modo mediante el cual los creadores podían expresar sus ideas.

Para los fanáticos de las tramas más cargadas y las comedias reminiscentes de los nudie-cuties, Mona fue la opción perfecta para transicionar a las cintas hardcore. Enfocada en las vivencias sexuales de una hija que prometió ser virgen hasta el matrimonio y su madre, esta cinta ofrecía la simpleza canónica del porno que le permitía al espectador concentrarse en las escenas explícitas. Aunque no tuvo un impacto muy grande y fue distribuido de manera anónima para evitar cualquier arresto, funcionó como un modelo más adelante para los filmes que definirían la era dorada del porno.

Póster de Mona (1970)
Sherpix

El impacto mediático de estos filmes —sobre todo, el de Blue Movie— fue un paso importante para llevar la conversación sobre la pornografía a un público más extenso. Personajes reconocidos como Vincent Canby, antiguo redactor jefe de la crítica cinematográfica del New York Times, y Roger Ebert, ganador del premio Pulitzer, reseñaron cintas pornográficas durante estos años, ayudando a que la opinión pública empezara a referirse con más soltura a otros documentales y películas pornográficas como History of The Blue Movie (1970) y Boys in The Sand (1971). Sin embargo, este era solo el comienzo, pues no sería sino hasta 1972 que el verdadero filme que revolucionaría todos los medios saldría a la luz

Garganta profunda hace del porno algo chic

El 12 de junio de 1972, en el World Theatre de la ciudad de Nueva York, se dio el momento en que la era dorada del porno se volvió una realidad, con el estreno del que hoy en día es uno de los filmes más icónicos no solo de esta época, sino de la historia del género pornográfico: Deep Throat (Garganta profunda, en español). Con una trama que gira en torno a una mujer que descubre que su clítoris se encuentra en su garganta y busca el orgasmo a través del sexo oral, la película fue un boom mediático desde su primera semana en las carteleras de cine para adultos.

Como mencionó Corliss en la revista Time, la campaña de promoción que tuvo la cinta en periódicos de Nueva York —que contenía frases atrayentes como “si te gusta la cabeza, amarás Garganta”— y una crítica favorable del pornógrafo Al Goldstein en la revista Screw fueron clave en el éxito inmediato del filme, que en su primera semana logró recaudar más de $30.000, recuperando el costo de producción de $25.000.

Póster de Deep Throat (1972) 
Bryanston Distributing Company

Es casi una escena de Ripley, ¡aunque usted no lo crea! verla meterse todo el miembro hasta la garganta. No, no es un pene pequeño, sino una vara robusta de 24 centímetros que se desploma hasta lo más hondo de la cavidad oral de esta señorita. Es un milagro… Nunca me había sentido tan conmovido por una actuación dramática desde que pasé mi propio bar mitzvah tartamudeando.

Al Goldstein

La era dorada del porno inició oficialmente gracias a estas palabras y al interés de la clase media alta por conocer el filme del que todo el mundo estaba hablando. Famosos como Johnny Carson y Bob Hope hablaban de Deep Throat en televisión, mientras que personalidades como Truman Capote, Martin Scorsese y Brian De Palma afirmaban haberla visto. Para finales de 1972, Deep Throat había llegado a la cifra de $3 millones y había sido incluida en la lista de los diez filmes con mayor recaudación del año de la revista Variety.

Linda Lovelace en una rueda de prensa después del estreno de Deep Throat (1972)
Getty

El hardcore oficialmente era chic, tal como mencionó Ralph Blumenthal en enero de 1973 en el New York Times: “[Deep Throat] se ha convertido en el tema principal de cócteles y cenas en estudios en Manhattan, en cottages en las playas de Long Island y en cabañas de campos de esquí”. Para el público general, la pornografía era algo que estaba de moda, algo novedoso que salía de la oscuridad de las zonas rojas donde se encontraban los cines para adultos y llegaba a ser discutido en columnas de sociedad, lo cual, según Addison Verrill, crítica de cine de Variety, hizo posible que la clase media alta sintiera que estaba bien ir a verla.

Ya resultaba imposible negar la era dorada del porno. Deep Throat se sentía como un paso adelante a nivel de calidad en comparación con sus predecesoras. La cinta ofrecía una historia definida, un soundtrack animado y un sentido del humor capaz de satisfacer a las audiencias generales. Sin embargo, la crítica sabía que estos esfuerzos eran calculables en milímetros y que aún quedaba un largo camino por recorrer para que la pornografía pudiera estar a la par con Hollywood.

Más allá de la garganta

La explosión mediática generada por Deep Throat fue el catalizador necesario para que la industria pornográfica siguiera creciendo. La protagonista de la cinta, Linda Lovelace —cuyo nombre real era Linda Boreman—, se había convertido en una sensación y básicamente se había vuelto la primera estrella porno al aparecer en portadas de revistas y ser entrevista en televisión. La gente sabía quién era y sentía curiosidad por conocer más sobre su razón para incursionar en el hardcore.

Linda Lovelace
Shutterstock

En los meses y años que le siguieron a Deep Throat, el interés del público, la crítica y los medios por las cintas pornográficas siguió creciendo y, como afirma Brian McNair en Porno? Chic!: how pornography changed the world and made it a better place, estas empezaron a posicionarse como filmes respetables que buscaban la misma credibilidad que cualquier trabajo dramático. Durante esta época, Gerard Damiano, director de Deep Throat, explicó que deseaba que los periodistas lo identificaran como un cineasta y no como un realizador de pornografía, por lo que siguió enfocándose en buscar ese crecimiento creativo con el que identificamos la era dorada del porno.

La próxima cinta de Damiano, The Devil In Miss Jones, fue la séptima película más recaudadora de 1973 según Variety y siguió representando una mejora significativa en las tramas y la dirección del hardcore. Sobre esta producción, Variety escribió: “Con este filme, la pornografía se aproxima a su forma más artística, una que los analistas no podrán olvidar en el futuro”. Mientras tanto, Roger Ebert la calificó como la mejor película del género que había visto hasta el momento.

La exploración artística de la era dorada del porno se mantuvo por algunos años después de 1973, y el hardcore jugó, dentro de sus límites, con otros géneros cinematográficos. Por ejemplo, hubo musicales, como Alice in Wonderland: An X-Rated Musical Comedy (1976), y adaptaciones de obras de teatro, como The Opening of Misty Beethoven (1976), basada en Pygmalion de George Bernard Shaw. Ambas fueron bien recibidas por la crítica y la segunda fue llamada la joya de la corona de esta época de la pornografía por parte de la autora Toni Bentley. Sin embargo, este brillo fue difícil de mantener y todo parecía indicar que esta época no se prolongaría por mucho más tiempo.

Póster de The Opening of Misty Beethoven (1976)
Catalyst Productions

El porno empieza a perder su brillo

Detrás del glamur de la era dorada del porno, se escondían distintos problemas que llevaron al declive de los intentos de la industria por llegar a más personas. Al fin y al cabo, desde un principio, el financiamiento de estos filmes no venía de fuentes muy legítimas, pues la mayoría de este dinero provenía del crimen organizado de ciudades como Nueva York y Miami. La mafia estaba fuertemente involucrada en la producción, la distribución y la proyección de este tipo de filmes, como se mencionó en una investigación de New York Times. Esto obviamente hacía que muchas de las decisiones tomadas por los creadores estuvieran influenciadas por las sugerencias o, mejor dicho, amenazas de estos grupos.

Claramente, el éxito de las cintas de esta época aumentó las oportunidades de la mafia de tener una nueva fuente de ingresos. Por un lado, películas que habían costado no más de $500.000 estaban generando ganancias millonarias y, por otro, muchos de los números que se daban sobre la recaudación de los filmes de la era dorada del porno eran inflados como una forma de lavado de dinero de otras actividades ilícitas del crimen organizado, ya que eran estos grupos los que solían ser dueños de los cines especializados en hardcore.

Las afueras de los cines de cintas explícitas que normalmente eran propiedad del crimen organizado
Getty

Aunque la conexión de la pornografía con la mafia representaba un peligro para los realizadores y limitaba las decisiones tanto creativas como económicas de los proyectos, el enemigo principal de la era dorada del porno fue la Corte Suprema de los Estados Unidos, pues, a través de la decisión Miller v. California, esta modificó su definición de “obscenidad”, la cual pasó de ser algo “absolutamente carente de valor socialmente redimible” a “eso que carece de valor científico, artístico, político o literario”. Esta resolución se usó principalmente para bloquear la distribución de pornografía, según Jon Lewis, ya que los estándares comunitarios de cada ciudad serían usados por jueces para decomisar y destruir cintas de hardcore por ir en contra de la moral de cada estado.

De 1973 en adelante, el gobierno persiguió y cerró varios establecimientos en los que se proyectaban filmes pornográficos, lo cual, sumado a las demandas de la mafia a los productores para recibir el mayor porcentaje de las ganancias, llevó a que los ingresos de las cintas de la era dorada del porno no se pudieran aprovechar para mantener la calidad artística en sus sucesoras. Esto impidió, sobre todo, que estas producciones se independizaran del financiamiento del crimen organizado para integrarse al showbiz de un modo legítimo, así que la industria fue poco a poco volviendo a las sombras de las que en algún momento quiso escapar.

No todo lo que brilla es oro en el porno

El lado más oscuro de la era dorada del porno no vino por parte de agentes externos, sino que estaba naciendo dentro de sus propios estudios y grabaciones. En 1980, Linda Lovelace publicó su tercera autobiografía, Ordeal, en la que relataba que, durante la realización de Deep Throat, había sido hipnotizada y obligada por su exesposo y representante, Chuck Traynor, a rodar la cinta. Adicionalmente, la actriz declaró haber sido abusada física y emocionalmente durante la producción, por lo califícó el filme como pornografía de violación.

Linda Lovelace, Larry Marchiano y su hijo, Dominic, en 1980
Getty

Cuando ustedes ven la película Deep Throat, están viéndome ser violada. Es un crimen que ese filme pueda ser proyectado aún. Durante todo ese tiempo, yo tuve una pistola apuntándome la cabeza.

Linda Lovelace frente a la Comisión de pornografía en 1986

Lovelace —quien empezó a usar nuevamente su apellido real, Boreman— se unió a activistas antipornografía de la segunda ola del feminismo para testificar sobre los daños de los filmes explícitos en la sociedad tanto en programas de televisión como frente a la Comisión de pornografía de la procuraduría general de los Estados Unidos. Sin embargo, años después, en Inside Deep Throat —documental sobre la historia del filme—, la actriz explicó que también se sintió utilizada por el movimiento feminista de la época, pues este no tomó en cuenta su humanidad ni su experiencia, sino que simplemente vieron en ella una muestra de los daños de la pornografía.

Protestas frente a una proyección de Deep Throat (1972)
The Associated Press

El caso de Boreman nos desmuestra que los problemas que asociamos actualmente con la pornografía ya estaban presentes en la era dorada del porno. Como Susanna Paasonen y Laura Saarenmaa destacan en The Golden Age of Porn: Nostalgia and History in Cinema, en distintos documentales de televisión, como Desperately Seeking Seka, varias porn stars explican que muchos de los conocimientos sobre seguridad laboral y profesionalismo por parte de la industria eran deficientes, por lo que diferentes estrellas de la época, entre esas, Marilyn Chambers, no recuerdan su paso por el cine para adultos con la mayor alegría del mundo.

Las tramas de la era dorada del porno tampoco escapaban del machismo y el falocentrismo con los que relacionamos el hardcore en la actualidad. Solamente que la trama de Deep Throat se enfoque en una mujer que consigue el orgasmo exclusivamente a través del fellatio demuestra el poco conocimiento que se tenía sobre el placer femenino, además de un egoísmo patriarcal. Aunque, claramente, la idea de este filme era usar algo absurdo para generar carcajadas en el público, Deep Throat sigue siendo un ejemplo evidente de los problemas creativos que parecen ser lo único que se mantuvo en el tiempo en la industria pornográfica.

La llegada del VHS y la muerte de la era

Los problemas legales debido a Miller v. California, la falta de recursos por parte de los cineastas para seguir mejorando la calidad del hardcore y la llegada de las cintas de video en los ochenta fueron clave en el inminente fin de la era dorada del porno. “El punto sin retorno fue en 1982, cuando toda la industria pasó a la videocinta”, expresó el pornógrafo Ed Deroo en la revista Time. “Extraño el filme tremendamente. Este tenía alma, el video no tiene nada, es solo un modo de hacer dinero. […] Es el filme el que tiene textura, sentimiento, algo a lo que sostenerse para sentir”, agregó. 

La pornografía dio un paso atrás volviendo a los formatos cortos, típicos de los burdeles y salas clandestinas del pasado, pero ahora con la rapidez y la facilidad técnica del video. El VHS hizo que la producción de porno se volviera algo rápido, sencillo y barato, lo cual permitió que la industria que conocemos hoy en día se consolidara como la creadora de cortos sin mucha trama ni sentido más allá del acto sexual, una fábrica enfocada en dar a su público cantidad, mas no calidad. La máquina de dinero se convirtió en eso a lo que tenemos acceso en la actualidad, cuando cualquiera con una cámara de video pueda crear un sextape y convertirse en un pornógrafo.

La ambición artística de la era dorada del porno se perdió detrás de las ansias de generar más dinero y la industria volvió a la clandestinidad, mientras que el público y la crítica voltearon sus ojos a otras creaciones del Nuevo Hollywood y se olvidaron de los intentos de los pornógrafos de sentirse parte de algo. La revolución sexual de los setenta murió con el inicio de la pandemia del SIDA y la audiencia dejó los distritos rojos de sus ciudades y se resguardó en la comodidad de sus hogares y en la privacidad de sus reproductores de VHS. Fue así como la excitación por la pornografía como expresión artística se desvaneció, dejándonos con la masificación de este tipo de entretenimiento y un culposo, pero innegable gusto por el hardcore.

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