Tres hombres nos pintamos las uñas por una semana y no fue lo que esperábamos

Si hablamos de hombres con las uñas pintadas hace unos cinco años, seguramente recordaríamos a alguien con una vibra emo parecida a la de los integrantes de Kudai. Pero en la actualidad no es algo tan insólito, en parte gracias a artistas como Bad Bunny, quien experimenta constantemente con su estilo y ha convertido las uñas pintadas en uno de sus sellos característicos, incluso cuando su música pertenece a géneros con inclinaciones machistas. Y no es el único. Harry Styles, Jaden Smith y una gran cantidad de influencers están desafiando cómo entendemos los roles de género, los cuales siempre han contemplado la pintura de uñas como un producto exclusivamente femenino.

En lo personal, nunca había pensado en pintármelas hasta hace unos tres años, cuando vi a YouTubers como Joey Graceffa y Drew Scott hacerlo. Al principio me resultaba un poco disruptivo, como a cualquiera que no esté acostumbrado, pero luego de habituarme a la idea aprecié lo bien que se veía. Era algo novedoso que permitía que sus manos resaltaran y tuvieran una nueva dimensión estética. Nació la interrogante: ¿los hombres deberían pintarse las uñas? O, específicamente, ¿yo me las debería pintar?

Emilio Salcedo/@pixems

Pero más allá de esa pregunta, es necesario mencionar que ni siquiera su uso por parte de Bad Bunny y Harry Styles es algo nuevo. Nails Magazine explica en un artículo sobre los inicios del esmalte que su uso se remonta a 3.200 años antes de Cristo. En Babilonia había hombres de todas las clases sociales con las uñas pintadas y los colores usados tenían una conexión con el estatus. El verde era para los integrantes de la clase baja y el negro era exclusivo de las clases altas. Incluso había guerreros que pasaban horas recibiendo manicuras antes de salir a batallar. 

Según Mic no existe mucha documentación que explique cómo las uñas pintadas pasaron a ser un elemento de expresión femenina, pero para el siglo XIX eran solamente usadas por las mujeres. El mundo tuvo que esperar al auge de las contraculturas en el siglo XX para, nuevamente, ver a hombres usando esmalte. Iggy Pop, Lou Reed y David Bowie son algunos de los artistas que pintaban sus uñas. Buscaban desafiar las reglas sociales de género y rompían con las ideas de que los rockeros debían ser figuras sexuales híper masculinas. Otros ejemplos notables son los hombres de la cultura gótica y otros artistas como Kurt Cobain. Los looks de estas estrellas eran descritos por críticos y periodistas de música como freaky o, en el caso específico de Bowie, andróginos

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Más allá de mi impulso de querer ir en contra del heteropatriarcado, tenía simple curiosidad por saber cómo se sentía ser uno de esos hombres con las uñas pintadas. Quería vivirlo y saber si llevar mis manos así me haría ver diferente. Por eso decidí hacerlo durante una semana entera.

Planificando esta experiencia, invité a dos amigos —Jesús y Samuel— para que se unieran puesto que, tal vez, las personas al verme a mí, un homosexual con las uñas pintadas, no se iban a impactar. Esto se debe, principalmente, a que es más común que alguien que se identifica como gay tenga una mayor disposición a romper las reglas de género. Pero ver a heterosexuales usando pintura de uñas es más disruptivo y las personas podrían reaccionar con mayor sorpresa al respecto. Queríamos descubrir cómo esta variable cambiaría la impresión de otros. Pero dejemos que nuestra experiencia hable por sí sola. Una semana, tres varones, tres teatreros, tres historias de hombres con las uñas pintadas.

Jesús

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“La experiencia fue un poco incómoda. Nunca había sido consciente de que mis uñas pesan y funcionan en mi cuerpo hasta que me las pinté”, fue lo primero que me explicó Jesús unos días después de que yo mismo le quitara la poca pintura que le quedaba en ellas. “Estoy claro de que desde el primer momento hice dos cosas con mis manos: ocultarlas la mayor parte del tiempo e intentar que no se cayera el esmalte. Mi impulso por esconderlas era por miedo a llamar la atención, a ser juzgado. Sentía la necesidad de hacerlo cuando estaba con gente conocida. En lugares públicos, yendo al cine o cualquier cosa así, no me nacía. Podía ir con las manos libres sin problema, pero en la universidad o en el teatro, quería ocultarlas. No sé por qué me pasaba. ¿Sería porque es mi círculo social? No lo sé. Pero me quedó claro que no vale para nada la pena pintarse las uñas”. 

“Al principio pensé que sería cualquier cosa, nada trascendental. Imaginé que no se iba a notar, que era un detalle nimio, que básicamente sería invisible y para uno mismo. Siempre creí que cuando las mujeres se las pintaban era por una sensación totalmente interna debido a que yo, normalmente, no les presto atención”, expresó Jesús mientras estábamos sentados en el cafetín de la universidad junto a Samuel. “Pero el primer día vi que casi todo el mundo se estaba dando cuenta. Pensé: ‘M*erd*, no es invisible, esto existe. La gente se mira las uñas’. Cuando lo entendí fue que decidí esconderlas por miedo al escarnio público porque claramente la gente haría comentarios”.

Para Jesús todo fue muy cotidiano, pero nunca logró dejar de sentir pena. “No me percibí diferente ni edgy. Tenía miedo de ser el centro de atención de forma negativa porque evidentemente esto es mal visto por nuestra sociedad, a pesar de que yo no lo veo como algo malo ni nada por el estilo, pero no me gustaba sentirme conectado a algo que tiene una connotación desfavorable. Era incómodo cada vez que notaba a alguien viéndome las manos. Me fijaba en las miradas, que no es normal para mí. Creo que era la paranoia que nació de tener las uñas pintadas”.

“La única situación interesante de la semana fue cuando mi abuelo las vio. Mi mamá lo sabía y no tuvo problema, pero a ella le preocupaba cómo reaccionaría él y yo compartía esa inquietud. Una noche, antes de cenar, mi abuela me vio las uñas y preguntó: ‘¿Te pasaste de m*rico?’. Mi abuelo estaba entrando a la cocina y se dio cuenta. No se alteró, pero dijo un comentario que me dolió: ‘Un hombre es un hombre sin nada de mujeres’. Luego salió de la habitación. Realmente, fue mucho más tranquilo de lo que imaginé, pero esa frase resultó desgarradora”.

“No conecté en ningún momento con mi feminidad”, me comentaba Jesús al terminar de conversar sobre su experiencia como un hombre con las uñas pintadas, “pero puedo decir que ahora veo el usar pintura como algo admirable. Supongo que lo volvería a hacer si algún día deseo encontrarme con una parte femenina que creo muerta. No lo haría por placer ni nada por el estilo. Si tuviese que interpretar a un personaje que lo exige, volvería a intentarlo. Al menos pude aprender que mantener todas las apariencias femeninas es un reto y ahora me cuestiono si vale la pena, porque claramente los hombres la llevamos más fácil. Es algo que ya tenía claro pero es bueno darse cuenta de vez en cuando de tu privilegio”. 

Samuel

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“Para mí la experiencia fue bastante positiva. Era raro porque obviamente no estoy acostumbrado a tener algo en las uñas, me volví consciente de que estaban ahí y de paso estaban pintadas”, empezó diciendo Samuel cuando pasó a ser el foco de la conversación entre Jesús, él y yo. “Hay que admitir que se veían bonitas. A veces la sensación podía ser incómoda porque es raro verlas cuando uno no está acostumbrado, pero la mayoría del tiempo se sentía bien. Era como cuando tienes el pelo bonito, más o menos lo mismo, pero con las manos. Cuando las ves, tienen pintura y es como ‘Co*o, qué chévere’. Era un refuerzo a la autoestima”. 

Samuel me explicó que desde el principio, inconscientemente, él buscaba cuidarlas para que el esmalte no se cayera. “Hubo un cambio inmediato desde que me las pintaron, puesto que sentí la necesidad instantánea de no j*derlas. Era más cuidadoso con mis manos, no tocaba cosas con mis uñas y utilizaba más las yemas de los dedos, los cuales siempre tenía estirados de cierta manera”. Mientras lo mencionaba imitaba el modo en que extendía sus manos para demostrarme cómo las usó durante la semana. 

“Al tener las uñas pintadas es imposible obviarlas, existe un contraste que te llama la atención, se ven más. Al principio intentaba ocultarlas en mi casa y ahí fue cuando me percaté de que uno las muestra demasiado. Cuando las escondía me daba cuenta de que siempre se veían de algún modo. Quería que mi familia no las viera porque pensé que podría traerme problemas. Al final no, fue algo como ‘M*rico, ¿qué estás haciendo?’ y yo ‘Nada, me las pinté por una semana para ver qué tal’ y les supo a c*lo. No me dijeron nada insólito”.

“Debo decir que en mi entorno la mayoría de los comentarios fueron positivos, aunque no hubo demasiados. No sé si la gente no los quería expresar o qué sé yo, pero cuando lo hacían era para mencionar algo favorable. Supongo que el hecho de haberlas tenido pintadas fue de pinga, divertido. Es algo que no se acostumbra aquí. Hacerlo es como… No sé, se siente chévere porque estás desafiando las normas y reglas de la sociedad. Sin embargo, me gustaba más porque era agradable; porque es interesante que la gente piense cosas raras al respecto. Uno, como niño, no las suele valorar la estética mucho que digamos. En cambio, esos días como que sentí que tenía las manos bonitas. No estaba acostumbrado a verlas de ese modo”.

Cuando Jesús mencionó lo mucho que le costó que la pintura de uñas perdurara, Samuel se rió y le dijo: “No entiendo por qué tanto problema para mantenerlas. En mi caso permanecieron perfectas toda la semana y yo hacía cosas con las manos de manera normal con un ligero cuidado, pero tampoco es que me estresaba por preservarlas. Era algo automático, pero no lo veo como algo difícil”.

Creo que internamente, de alguna manera, me sentía un poco más liberado porque era como quitarse un peso extraño de encima; o sea, no es como que siempre he tenido un deseo de pintarme las uñas, no. Sencillamente se siente como si existiera una barrera que se forma culturalmente en uno sobre el estilo de hombre que tiene que ser. Y el hecho de pintarte las uñas o no forma parte de esto. Cuando lo haces te quitas esa pared que colocaron y piensas ‘Sí, las tengo pintadas… ¿y qué?’. Entendí que no se siente tan contundente para uno mismo como para los demás. Yo estaba por ahí y para mucha gente era como ‘Wow, ¿qué es esto? ¡Qué locura! ¡Qué extravagante! ¡Extraordinario!’. Para mí no era nada de otro mundo. Las personas le dan mucho peso a algo insignificante”.

“Uno de los comentarios que más recuerdo lo hizo una chama que me dijo ‘¡Qué chévere que tienes la personalidad para hacer eso!’. Nadie hizo otro comentario sobresaliente. Mucha gente sí se daba cuenta. No decían mucho, pero se quedaban viendo mis manos por ratos largos, básicamente las veían hasta el instante que me iba de cualquier lugar”. Para Samuel, al igual que para Jesús, la situación más contundente fue una que vivió con su abuelo. “Estaba con mi novia e íbamos a mi casa y mi abuelo nos fue a buscar. En el camino, él las vio porque no se las oculté, no me importaba y nunca pensé que reaccionaría mal. Me preguntó ‘Berro, ¿y esas uñas qué?’. Yo le expliqué que era para este experimento, me dijo que entendía y no hubo problemas hasta el día siguiente”.

“Estaba en la universidad y le pedí que me buscara nuevamente. En el carro me dijo: ‘Mira, te voy a decir una cosa, te tienes que quitar esa pintura’. Le pregunté por qué, a lo que respondió una cosa como ‘Tienes que entender que aquí tienes que seguir unas reglas’. Le pregunté cuáles eran esas reglas y según quién no me podía pintar las uñas. ‘Ya vas a ver cuando llegues a la casa y tu papá las vea’, me dijo. ‘Eso es de m*rico’. Luego me preguntó si yo lo era. Respondí que no. Mi abuelo me dijo ‘¡Qué bueno que admitas que eres m*rico!’. La conversación siguió en ese ping pong hasta que él la cerró diciendo ‘Mira, haz lo que quieras, pero eso sí, yo no quiero que nadie nos vea juntos, así que conmigo no vas a salir’. Yo solamente respondí que estaba bien”.

Cerrando nuestra charla, Samuel admitió que sí se las volvería a pintar. “Preferiblemente en un contexto en el que no tuviera que ver tanto a mis abuelos. Lo haría por voluntad propia, pero lejos de ellos porque les incomoda y cambiarle el punto de vista a alguien mayor es una cosa complicada. Pero lo haría sin problema. Es fino, se ven bien, a mí nunca me pareció incómodo”. Es como ‘Oh, ¡qué muchacho más excéntrico!’, pero realmente es algo muy nulo. Ah, también sé ahora que quitarte la pintura de uñas es un fastidio”.

Mi experiencia

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Debo admitir que lo primero que pensé después de tenerlas pintadas fue: “¿Cómo voy a lograr mantener esto por una semana?”. Yo nunca he sido una persona que tiene un cuidado excepcional de sus uñas. Siempre me las como y nunca había entendido que el proceso de usar esmalte iba más allá de solo colocarlo. Entré un poco en pánico. En parte, había decidido tenerlas pintadas para eliminar ese mal hábito que me ha acompañado por muchos años de mi vida, pero tenía miedo de no poder lograrlo. Mi poca experiencia no me detuvo de lograr preservarlas lo mejor que pude. Me tocó usar mi paciencia, un palito, algodón y acetona para poder conseguir que mis manos tuvieran una nueva vida lejos del caos.

La primera frase que escuche fue “Te queda muy bien ese vinotinto, me encanta”. Allí empecé a sentirme fabuloso. Aunque debo admitir que al principio sentía la necesidad de explicar el por qué de mis uñas pintadas a todo el que las veía. Tal vez porque tenía el típico miedo constante de creer que no vas a ser aceptado por salir de lo normal. Pero durante esas primeras horas estuve siempre en un ambiente conocido y seguro. A veces uno no es consciente del privilegio que significa poder hacer estas cosas libremente en lugares como la universidad.

También sentí miedo al salir de esa burbuja. En la primera ocasión que me tocó caminar del metro a mi casa, pensé que tal vez alguien podía verme las uñas y le nacería un deseo descomunal de caerme a golpes, pero nunca escaló a un punto en el que quisiera quitarme la pintura. El miedo, sin embargo, se mantuvo en mi cabeza, aunque no le prestara demasiada atención. Seguramente esta fue la razón por la cual la primera noche soñé que se me caía todo el esmalte mientras dormía y entré en pánico, hasta que desperté y noté que todo seguía en orden.

Poco a poco, mientras me acostumbraba a la sensación de tener algo nuevo en mi cuerpo que hacía resaltar mis manos, iba perdiendo la pena. Cuando dejé de mirarme en el espejo para observar cómo me veía con ellas, todo fue más ligero. Me di cuenta de que las usaba de un modo distinto, internalicé cómo y dónde las colocaba, y con el tiempo empecé a sentirme como alguien más sensual.

El usar esmalte me hizo descubrir que la combinación entre mi masculinidad y mi feminidad me hacía sentir sexy. No sé si era por la connotación andrógina del asunto, pero básicamente conectaba mejor con esa parte de mí. No sé si la pintura de uñas funcionaba como un complemento que realzaba esa parte de mi cuerpo o si tenía que ver con el color vinotinto que tenía en ellas, pero al final la única palabra que encontraba para describir la sensación de esa semana fue esa: sexy.

Nunca tuve la necesidad de esconderlas, me sentí muy libre. Ni en mi círculo de amigos ni en mi casa hubo alguna reacción trascendental. Dejé de prestarle atención a la idea de que esto le podía sorprender a los demás. La única reacción extraña que recuerdo ocurrió cuando salí a comprar un Nestea minutos después de haberme pintado las uñas. Los empleados del negocio —todos hombres—, empezaron a hablarse al oído unos a otros luego de ver mis manos. Noté que sus ojos me juzgaban un poco y no pude evitar buscar un modo más evidente de mostrarlas. Tal vez porque me parecía gracioso o porque quería alimentar esa reacción.

No pasó nada extraordinario durante esa semana. Un día en el que salí a comprar un arroz chino junto a una amiga, la cajera notó que era un hombre con las uñas pintadas y no pudo dejar de verlas. Yo simplemente me reí porque para ese momento ya sentía que la pintura era parte de mi cuerpo. Más allá de estas situaciones, nunca hubo alguien que me hiciera un comentario de mal gusto o que no señalara que les gustaba que estuviera viviendo esta experiencia.

Al terminar esa semana, me di cuenta de que una cosa tan pequeña puede lograr que te percibas de un modo completamente distinto. Ahora quiero ser, en algún momento, un hombre que se pinta las uñas con regularidad. Me hizo sentir bien y ayudaría a mejorar ciertas destrezas, puesto que me va a tocar practicar cómo pintarlas para lograr el mejor resultado. Ahora escribo estas líneas sin el vinotinto que usé en mis uñas durante una semana, en cambio, estoy usando un azul eléctrico que me pusieron en mi primera manicura profesional. Fue gracioso cuando la manicurista creyó que era un reggaetonero.

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