¿Cómo aceptar mi lado femenino me hizo más hombre?

Eliminando la masculinidad tóxica

“Los hombres no lloran” fue la frase que más escuché en mi niñez. Para mí, era común oír esta expresión u otras que denotaran lo mismo varias veces a la semana; como niño no tenía permitido expresar mis sentimientos ni mis debilidades. Desde el inicio de mi existencia, tener un pene me ha obligado a demostrar unas características específicas —fuerza, insensibilidad, valentía— que son necesarias para ser aceptado por la sociedad. Esta idea creaba un contraste con lo que vivía a diario: en mi hogar yo era el único hombre, rodeado por cinco mujeres de distintas generaciones. Mi realidad estaba cargada de una gran energía femenina y eso dificultó que pudiera ser el “macho” que mi entorno me pedía.

A medida que crecía, tener que seguir las reglas sociales se fue complicando más. El descubrimiento de mi identidad sexual, mi amor por RBD y Shakira, y mi dificultad para conectar con otros niños fueron algunas de la causas del aumento de mi inseguridad. Nunca iba a lograr encajar en el molde que mi entorno me exigía y terminé negando quien era para ajustarme a él. Empecé a buscar una forma de demostrar que era el “macho” heterosexual agresivo desconectado de su interior que debía ser y fallé exponencialmente. Lo único que logré fue alejarme de otras personas y de mí mismo. Dejé que la masculinidad tóxica me ganara.

Con el tiempo, comencé a cuestionarme si ser ese tipo de hombre era el mejor camino. Gracias a mis dudas, me permití conocer la teoría de género para entender si nuestra identidad tiene que estar, obligatoriamente, conectada con la biología. Durante este proceso, logré aceptar mi orientación sexual y simplemente surgieron más preguntas sobre mi masculinidad: ¿debo cumplir con las ideas de la sociedad sobre lo que es ser realmente masculino?, ¿ciertas características de mi personalidad me hacen menos hombre?, ¿cómo acepto mi lado femenino?.  

En ¿El otoño del patriarcado? El aprendizaje de la masculinidad y de la feminidad en la cultura de masas y la igualdad entre hombres y mujeres, Carlos Lomas explica que ser hombre o ser mujer son nociones que nacen del efecto cultural de las influencias de nuestro entorno, por lo tanto,  “no hay una esencia femenina ni una esencia masculina, una manera única de ser mujer y de ser hombre, sino mil y una maneras diversas y plurales de ser mujeres y hombres”. Lomas explica que la masculinidad y la feminidad no están simplemente vinculadas al hecho biológico, sino que también a las diferencias socioculturales que condicionan la manera de ser o sentirse un determinado género.

La teoría del género no reduce la identidad a la biología. Judith Butler profundizó más sobre el tema en El género en disputa: El feminismo y subversión de la identidad. Expresó, igual que Lomas, que el género no puede ser separado de su contexto cultural y político puesto que es el escenario donde continuamente se produce y se mantiene.También expone que no se puede restringir la identidad de género a un sistema binario porque esto, además de significar que género, sexo y deseo están obligatoriamente conectados entre sí, reduce la identidad a una básica heterosexualidad estable. Si se piensa sobre este tema a través de una dualidad simplista, se niega una gama de identidades que existen en nuestro entorno.

Al entender que el género es un espectro, pude alejarme del pensamiento de que tengo que encerrarme en una jaula para ser alguien. Adentrarme en este mundo de teóricos me ayudó a eliminar la creencia de que debía seguir atrapado. No necesito encajar en un sistema binario que no me contempla por el hecho de ser homosexual. Me permití alejarme de esas nociones dañinas que están asociadas a “ser un hombre” y acepté el equilibrio entre mis rasgos masculinos y femeninos. Anhelaba salir de la trampa de la masculinidad tóxica.

El mundo exterior todavía no era sencillo. Había salido del clóset frente a mis amigos; sin embargo, no me sentía cómodo mostrando mi lado femenino. “Menos mal no eres histérico como él” y “Tú eres gay, pero eres serio” son frases que conocidos me decían y que entorpecían mi travesía. Aún no me sentía tranquilo bailando porque movía mucho las caderas, no me gustaba usar ciertas palabras para no sonar como una niña, ni siquiera me sentía bien con la manera en que me paraba.

The Man They Wanted Me to Be
Counterpoint

“Un constructo artificial cuyas expectativas son inalcanzables, haciéndolas así excesivamente frágiles y dañinas para otros.” es la definición que Jared Yates Sexton le da a la masculinidad tóxica en The Man They Wanted Me to Be: Toxic Masculinity and a Crisis of Our Own Making. El autor habla en este libro sobre su propia experiencia creciendo en un contexto social que le pedía ciertas características para ser considerado un verdadero hombre. El estoicismo, la agresividad, la desmesurada seguridad en sí mismo y la competitividad interminable son las que él resalta y explica que son inculcadas en el hogar, para luego ser reforzadas en las escuelas y los medios.

Poco a poco, gracias a mi salida del clóset, pude hacer amistades más sólidas con otros hombres. Al conocerlos mejor llegué a entender que yo no era el único que tenía problemas con ser femenino. Ellos también se sentían inseguros sobre ciertos ademanes y comportamientos, pues continuaban atados a esas reglas del colectivo que yo trataba de soltar. Nadie estaba exonerado de sentirse inconforme con su hombría.

Sexton menciona que la ilusión que la masculinidad tóxica ofrece a los hombres los convence de que merecen privilegio y autoridad sobre los otros seres humanos que no se conforman con estas ideas. Los varones se siguen aferrando a esto por necesidad de mantener el status quo. Carlos Lomas explica que la lentitud de la transformación de la masculinidad hegemónica no tiene nada que ver con la esencia natural de lo masculino, sino con el vínculo cultural entre masculinidad y poder.

Ser estrafalario, histriónico o peculiar seguía siendo confuso en un momento. Mover las manos al hablar, hacer alguna pose extravagante o demostrarle cariño a otras personas se me hacía cuesta arriba. Me sentía más a gusto con mi torpeza, mis movimientos bruscos y mi insensibilidad, pero tenía que asimilar que tanto unos rasgos como otros son esenciales. Negar tanto mi virilidad como mi extravagancia era rechazarme completamente. Afrontar que no debía disimular mi sensibilidad era complicado cuando la información que los medios envían califica lo femenino como algo débil y trivial.

Algunos estudios del Seminario Universitario de Educación No Sexista de la Universidad de Valladolid citados por Lomas muestran que un 85% de las fotografías de los periódicos tienen mayor presencia masculina y los escasos ejemplos de protagonismo femenino se dan en secciones específicas: Sociedad, Espectáculos y Ocio. A su vez, la publicidad refleja una subordinación de la mujer a los deseos y al poder del hombre. “La esencia femenina en los anuncios estaba obligatoriamente asociada con la maternidad, el ámbito doméstico y familiar, la compra caprichosa y la obsesión por la belleza, mientras que la esencia masculina se asociaba con el éxito público, la autoridad, el poder, el saber científico y el conocimiento especializado sobre las cosas”.

“La masculinidad tradicional como la conocemos es un estado antinatural y, como consecuencia, los hombres están constantemente en una guerra con ellos mismos y con el mundo que los rodea”, dice Sexton. La sociedad continúa desconectando a los hombres de su realidad interna y los obliga a perseguir una mentira. En mi caso, yo deseaba todo lo contrario: quería conectar conmigo mismo, aceptarme y entender que soy una mezcla cambiante de atributos. No recuerdo cuál fue la situación que me hizo sentir que no me importaba mostrar mi sensibilidad o extravagancia, tal vez fue el momento en el que empecé a hacer teatro, no lo sé. Lo único que tengo claro es que hubo un instante en el que dejé de esforzarme por ser de un cierto modo y simplemente comencé a actuar sin pensarlo.

Compenetrarme con mis rasgos femeninos no ha sido sencillo. Eliminar las ideas que la sociedad me ha enseñado desde la infancia ha tomado tiempo y práctica. Aceptar que no me debo cohibir de hacer o decir ciertas cosas sigue siendo una lucha constante. Cada día entiendo mejor que convertir el mundo en una pasarela para imaginar que estoy en America’s Next Top Model no elimina mi conocimiento básico de las reglas del fútbol americano y saber que Madonna detesta las hortensias no hace que mi habilidad para cambiar un caucho desaparezca.

Keiynan Lonsdale y Ezra Miller para Vogue
Ethan James Green/Vogue.

La visión del hombre en la sociedad tiene que evolucionar y la aparición en los medios de personas que la retan ayuda a pensar más allá. Jaden Smith, Ezra Miller y Keiynan Lonsdale desafían constantemente la masculinidad tóxica. El tema de la Met Gala de este año, Notas sobre lo “camp”, facilitó que muchos hombres —no todos— pudieran experimentar con elementos que normalmente se asocian con lo femenino. La apertura de una nueva visión de la masculinidad en el mundo privilegiado nos da esperanza de que haya un cambio para el resto de los mortales.

Yo sé que mi viaje de aceptación es un proceso que sigue en marcha. Día a día continúo buscando mi lugar en el espectro de los géneros, sigo encontrando orgullo en mi homosexualidad, en mis pelos en el pecho y en mis emociones, y sigo aprendiendo cómo no juzgar a los demás ni a mí mismo. Ya no dejo que la masculinidad tóxica gane, porque mi feminidad y mi masculinidad me hacen, cada día, un mejor hombre. Un verdadero hombre.

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