El porno es parte de la educación sexual, queramos o no

No vamos a mentir: la mayor parte de nuestra generación vio porno antes de tener su primera experiencia erótica, incluso muchos seguramente se toparon con algún video, o alguna revista o fotografía explícita antes de recibir una educación sexual adecuada.

Prácticas como la fornicación son explicadas de manera teórica mediante la educación sexual que imparten en las escuelas, pero esta, a su vez, evade muchas de las preguntas formuladas por aquellos alumnos que buscan llevar su conocimiento un poco más allá. Por otro lado, el porno es un mundo completamente distinto, porque muestra el sexo sin ningún tapujo. El contenido para adultos no se cohíbe al momento de enseñar prácticas sexuales y lo hace desde la perspectiva más suave y delicada hasta la más ruda y explícita. No obstante, al ser un producto audiovisual, tiende a eliminar todos los fragmentos complicados, asquerosos y difíciles que forman parte de la fornicación.

Esto lleva a que nos encontremos con dos mensajes que chocan y dan nociones contrarias cuando estamos iniciando nuestra exploración sexual, lo cual no nos ayuda a poseer una idea clara sobre cómo debemos actuar a la hora de tener relaciones. Esta dicotomía entre los conocimientos que imparte la educación sexual y lo que observan los jóvenes en el porno es un tópico que se ha vuelto recurrente tanto para educadores, pornógrafos y académicos que buscan una solución a este problema, como para la cultura pop. Este último caso puede verse reflejado en series como Sex Education, la cual muestra lo mucho que distan las lecciones sobre sexualidad que se imparten en las escuelas de las dudas que presentan los adolescentes respecto al sexo. Se trata de una situación lleva a que estos sujetos busquen conocer sobre el tema a través del internet, donde es común que el material pornográfico tenga preponderancia.

Póster promocional de Sex Education
Netflix

Incluso cuando la pornografía no muestra una representación fidedigna del coito, es importante no obviar el importante papel que posee dentro de la exploración erótica de los jóvenes. El porno ha formado parte de la educación sexual no solo de la generación millennial y la Z, sino de muchos miembros de la X y varios baby boomers, quienes también descubrieron su sexualidad a través de películas o revistas explícitas que estaban en sus hogares. 

En un estudio realizado en Australia en el 2007, Allan Mckee expone que muchos de los entrevistados —quienes tenían entre 17 y 70 años— afirmaron que su primera aproximación hacia algún contenido para adultos había sido a través de las colecciones pornográficas que poseían sus padres o parientes. Principalmente, la mayor parte de los sujetos expresó que estos encuentros con la pornografía les abrieron los ojos en cuanto a cómo funciona el acto sexual o cómo es el cuerpo desnudo del sexo opuesto, por lo que aseguraron que este contenido había tenido un carácter didáctico en sus vidas.

En efecto, aunque desearíamos negarlo, el porno ha sido una herramienta para conocer sobre las relaciones sexuales durante años, puesto que muestra el sexo sin tapujos y elimina el tabú con el que usualmente se habla acerca de este tema en la educación sexual. El contenido para adultos no solo muestra el sexo sin ningún estigma, sino también que aparte de poseer una función reproductiva, sirve para generar placer.

Jason Biggs y Eugene Levy en American Pie
Universal Pictures

Pero, incluso cuando el porno ha funcionado como un instrumento de aprendizaje para muchos individuos, este está lejos de ser el método más adecuado para obtener una buena educación sexual. Al fin y al cabo, es un producto concebido para satisfacer las necesidades de un consumidor en específico. Es un trabajo de ficción en el que lo que se observa es un performance que no refleja cómo funciona el acto sexual en la vida real. Adicionalmente, la mayoría de la pornografía mainstream se destina al público masculino heterosexual, por lo que la industria termina obviando el placer de distintas minorías que no suelen tener la visibilidad adecuada en estos filmes. 

Lo que ofrece el porno a quien se expone a su contenido es un modelo de sexualidad completamente tecnificado, como si se tratara de una receta con unos pasos universales que es posible dominar y que hay que seguir para que el plato final salga bien.

Raquel Hurtado López, psicóloga experta en educación sexual, para la revista Contexto

A pesar de que el porno tiene una gran cantidad de aspectos negativos que pueden superar sus aportes positivos a la educación sexual, esto no significa que el modo de combatir esas desventajas sea a través de la ilegalización de este tipo de contenido o la negación de su función como una herramienta de aprendizaje, puesto que simplemente terminaríamos ignorando el elefante en la sala. Lo ideal sería que tanto el ámbito de la industria pornográfica como el académico trabajen y evolucionen en conjunto para cambiar cómo se habla, ve y produce el porno.

Es habitual que no hablemos sobre porno con nuestros familiares y profesores debido al tabú que lo rodea, sin embargo, Erika Lust —pornógrafa y fundadora de Lust Films— aseveró en una entrevista para Imagofagia que la comunicación en los hogares y las escuelas es clave para combatir las malas representaciones del sexo que presenta la industria del entretenimiento para adultos. “Es importante que les digamos [a los jóvenes] que el porno es una ficción exagerada del sexo, que no es lo mismo que el sexo. Si compartimos estas ideas con nuestros hijos es posible que empiecen a pensar críticamente sobre lo que están viendo”, expresó Lust.

Para mí, lo principal es explicarles a las generaciones jóvenes que la pornografía es una exageración, una ficción, no es lo mismo que la realidad.

Erika Lust
Ncuti Gatwa como Eric Effiong y Tanya Reynolds como Lily Iglehart en Sex Education
Netflix

Igualmente, en Pornography 101: Why College Kids Need Porn Literacy Training, la profesora Shira Tarrant manifestó que enfocar parte de la educación sexual en discutir sobre porno ayudaría a que se dé una conversación seria que funcione como vehículo para encontrar soluciones que combatan los problemas de cosificación, sexismo y racismo que se presentan en el contenido para adultos. Si se elimina el tabú que se tiene respecto a estos filmes en nuestra sociedad, podemos estar más abiertos a cuestionar lo que la industria pornográfica crea y nos vende como normal.

Por otro lado, Lust expresa que lo único que pueden hacer los pornógrafos para lograr que el porno vaya de la mano con la educación sexual es seguir apoyando a las producciones independientes que trabajan por mejorar el modo en que aprendemos sobre sexo en el internet. Asimismo, manifiesta que la inclusión es esencial para que observemos en la pornografía la infinidad de maneras que tienen distintos tipos de personas para generar y recibir placer.

El porno es parte de la educación sexual, queramos o no admitirlo. No obstante, su participación en nuestro aprendizaje erótico no es el ideal. La realidad es que en los hogares y en las escuelas no se habla de sexo del modo más abierto y honesto posible, por lo que los jóvenes terminan buscando alternativas en lugares donde se sienten relativamente más seguros. Si como sociedad no estamos listos para hablar sobre pornografía, su papel en la exploración sexual no va a cambiar y difícilmente aprenderemos sobre sus pros y contras, puesto que como menciona la profesora Shira Tarrant, “soluciones efectivas para los problemas de nuestra sociedad requieren conversaciones complicadas sobre nuestra realidad cultural”.

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