El consumo responsable de drogas sí es posible - The Amaranta

El consumo responsable de drogas sí es posible

Usos en la cultura, prohibición y educación

Extraviarse, destruirse, es una verdad turbulenta, distante, apasionada y extremadamente privada que no tiene nada que ver con la sustancia.

Georges Bataille, El culpable (1944)

Intoxicarse no es algo antinatural o aberrado. La más absoluta sobriedad tampoco es un estado natural en el hombre. Experimentar con las drogas no necesariamente es una actividad que deriva en adicción, en indigencia o en la destrucción del entorno personal; puede, en cambio, ser una etapa de autodescubrimiento importante en la juventud y una fuente de anécdotas maravillosa siempre y cuando el consumo sea informado con respecto a la pureza y a los efectos de dichas sustancias sobre nuestros cuerpos. Para ello debemos zanjar la censura y la desinformación que agrupa las drogas recreativas bajo la misma categoría sin discriminar niveles de intensidad o peligros para la salud, pues esto incrementa los riesgos y puede derivar en un uso problemático de las mismas. 

Hace apenas cuatro décadas es que los investigadores pudieron comprender a profundidad lo que cada sustancia produce en el organismo. Tal y como explica Richard Davenport-Hines en su libro The Pursuit of Oblivion: A Social History of Drugs (2002) se distinguen cinco grupos de sustancias psicoactivas:

  • Narcóticas: alivian el dolor, inducen sensación de euforia y generan dependencia física. Las más comunes: opio, morfina, heroína y codeína.
  • Hipnóticas: producen sueño y estupor; como los barbitúricos, el cloral o las benzodiacepinas. Son adictivas y pueden tener efectos adversos sobre la salud.
  • Estimulantes: generan excitación y aumentan la energía física y mental. Su uso indiscriminado crea dependencia y puede provocar alteraciones psicóticas. Entre ellas están: la cocaína, anfetaminas, cafeína, tabaco, té y cacao.
  • Embriagantes: producidas por síntesis química. La más común es el alcohol. También se ubican en esta categoría el cloroformo, éter, la bencina, solventes y otros químicos volátiles.
  • Alucinógenas: producen alteraciones del orden sensorial, afectando las percepciones visuales, auditivas con riesgo a generar desórdenes psicóticos. Las más comunes: el cannabis (marihuana), el LSD, la mescalina, algunos hongos y la belladona. 

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Como criaturas curiosas, los humanos desde siempre nos hemos sentido inclinados a la experimentación en todos los ámbitos de la vida. Si algo puede ser ingerido, olido, tocado y lamido en la naturaleza, es casi seguro que ya al menos un individuo lo haya intentado. El origen del uso de las drogas se puede explicar entonces con dos palabras: naturaleza humana. Así como el neandertal fue descubriendo qué alimentos le hacían bien y cuales eran venenosos, de esa misma forma fue notando qué plantas podrían generar estados alterados de consciencia. Según Paul Gahlinger, autor de Ilegal Drugs: A Complete Guide to their History, Chemistry, Use and Abuse, los primeros nativos americanos descubrieron más de ochenta plantas con efectos psicoactivos, incluso existen registros arqueológicos del uso de drogas por parte de los neandertales en la zona de la actual Irak que datan de hace cincuenta mil años. 

Desde sus inicios, las sustancias psicoactivas han estado relacionadas con las creencias religiosas de distintas tribus, pues cualquier droga con efectos curativos o placenteros se consideraba sagrada. Asimismo, en textos antiguos chinos, hindúes o egipcios se hace referencia a estas sustancias. Incluso estudiosos de la Biblia apuntan que en algunos pasajes se hace mención a la marihuana y que el Maná del Éxodo pudo haberse tratado de algún hongo alucinógeno. De este modo, la sacralidad de la planta estaba íntimamente ligada a su habilidad de producir estados de relajación profunda o de generar algún efecto analgésico, pues era considerada la prueba de la existencia de Dios. En cambio, a aquellas drogas que provocan sensaciones no deseadas y dañinas para el organismo, o sea venenosas, se les daba una connotación diabólica, perversa, pues su origen era considerado demoníaco. Un ejemplo es el de la yerba del diablo, una planta venenosa de efectos alucinatorios severos.

Así, las ramas de especialización con respecto a estas sustancias empezaron a tomar forma. Por un lado, los botánicos de la Antigua Grecia comenzaron a estudiar a profundidad el carácter medicinal de ciertas plantas, empleándolas con fines curativos. Por otro, las drogas alucinógenas tuvieron su uso entre chamanes y sacerdotes para conducir rituales sagrados. Y por último, las sustancias venenosas fueron especialidad de brujas y hechiceros que hoy en día serían toxicólogos. Como afirma Gahlinger: “Ya sea que se utilicen con propósitos medicinales, por placer, religión o curiosidad, las drogas han sido parte integral de la vida humana”. El consumo y la experimentación con las drogas desde los albores de la humanidad es incuestionable, pues se trata de sustancias que además formaron parte de procesos culturales de suma importancia. 

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El opio es una de las primeras sustancias psicoactivas que se conocen en la historia, pero el cannabis goza también de gran antigüedad. La planta se originó en Afganistán, aunque su facilidad para crecer en diferentes tipos de terreno hizo que su consumo proliferara en diversas partes del globo y cada sociedad le ha dado un nombre: marihuana, ganja, bhang, kendir, maconha, hashish, entre otros. Su consumo se hizo muy popular entre los viajeros ingleses durante el siglo XVIII, pero no fue sino hasta un siglo después, cuando la ocupación francesa a Egipto y a Algeria llevó el hachís a Europa, que aumentaron la popularidad y el interés científico por la sustancia. Por su parte, la planta de coca, de alto consumo en los tiempos del Imperio inca, fue de gran interés para los conquistadores españoles, quienes, sorprendidos por los efectos energizantes de sus hojas, se hicieron con todas las plantaciones. Sin embargo, no fue sino hasta 1709 que pudo cultivarse en Europa, en los invernaderos de la Universidad de Leiden. Luego, a finales del siglo XIX, se identificó la cocaína, el alcaloide psicoactivo de las hojas de coca cuyo uso terapéutico de la mano de psicoanalistas como Freud empezó a tomar forma en el siglo XX hasta ser clasificada como droga ilícita años después. 

Cocaína drogas
Cocaína para las dolencias dentales. Estados Unidos, 1890.
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A pesar de la popularidad del cannabis y la proliferación de la cocaína en la cultura ya entrado el siglo XX, el opio tiene una preeminencia particular en la historia del uso de drogas. El opio es, quizá, la droga más antigua descubierta por el hombre y una de las más fáciles de consumir, ya que se puede obtener a partir de la simple cosecha de amapolas e ingerir sin necesidad de complicados procesos químicos o de cultivo. Su uso se propagó con más fuerza durante el siglo XIX en Europa gracias a los médicos que comenzaron a emplear la tintura de esta sustancia, llamada láudano, como base de algunos medicamentos. De igual manera, los fumaderos de opio ya eran bastante populares en grandes metrópolis como Londres o París, teniendo como clientes asiduos a personajes célebres como Oscar Wilde, Charles Baudelaire o Thomas de Quincy. La escena artística y cultural europea estaba ineludiblemente seducida por los efectos de esta sustancia, además del hachís o de la morfina, y la bohemia francesa de finales de siglo estaba nutrida de estos efectos decadentes y oníricos, plasmándolos en la pintura o en la poesía. 

opio droga
Mujeres fumando opio y tres eunucos observándolas. Escena de la película 
Dandy-Pacha, 1920
Georges Rémond

Igualmente, durante el siglo XX, los músicos de jazz, los escritores de la generación beat y los rockstars encontraron en el consumo de drogas una fuente inagotable de inspiración. Desde la marihuana, la cocaína, la heroína y el peyote hasta el LSD, entre otras sustancias, es imposible pasar por alto el efecto cultural que estas han tenido en la cultura popular. 

El LSD quizá sea el ejemplo más representativo de cómo una droga puede impactar a toda una generación. Para personajes como Timothy Leary —Ph.D en Psicología y uno de los investigadores pioneros en cuando a efectos y uso de la sustancia—, el ácido lisérgico tendría todo el potencial para cambiar el mundo. Y es que la revolución psíquica que supuso esta sustancia para la juventud de baby boomers estadounidenses estuvo al nivel de los ritos sagrados de las primeras tribus humanas, generando una suerte de conciencia política que desafiaba al sistema conformista y consumista perpetuado por los padres de estos chicos. La irrupción del ácido en la sociedad norteamericana generó una suerte de histeria entre los más conservadores, quienes nerviosos advertirían en los medios los efectos terribles de esta sustancia, de esta “epidemia de drogadicción” entre los jóvenes, estableciendo además la acostumbrada conexión con la amenaza comunista que alimentaba la neurosis de la Guerra Fría. Aquí un video “educativo” para los jóvenes estadounidenses de la década de los sesenta: 

Allen Ginsberg, emblemático poeta de la generación beat y autor de Aullido, fue uno de los militantes más acérrimos del LSD, pues estaba convencido de que un viaje en ácido “era capaz de poner al desnudo la maquinaria estadounidense y mostrarla como realmente es”, como afirma Gerald DeGroot en su libro The Sixties Unplugged. “Muchos se convencieron a sí mismos de que el consumo de la sustancia realmente tendría como consecuencia un mundo mejor”, agrega. Para personajes como Leary o Ginsberg el efecto psíquico de la droga tuvo un significado trascendental y místico que engendró una suerte de revolución social, más consciente, más abierta y más libre. Desafortunadamente, lo que empezó en los laboratorios caseros y clandestinos de Nicholas Sand y Tim Scully, creadores de las primeras cápsulas de LSD para el consumo masivo llamadas Orange Sunshine —como se registra en el documental The Sunshine Makers (2015)—, degeneraría en una fantasía revolucionaria que no logró concretarse, puesto que el efecto introspectivo y desapegado de la droga hizo que evidentemente, como afirma DeGroot, “la rebelión de la droga fuese derrotada por sus propios excesos y por sus propias contradicciones, haciendo imposible realmente llevar a cabo un plan político”. 

ácido droga
Póster del Trips Festival. San Francisco, 1966
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El más determinante y tajante de los planes políticos no vendría entonces de la juventud inconforme y contestataria al sistema de sus padres, sino precisamente del gobierno de Richard Nixon, autor intelectual de lo que se conoce como la “guerra contra las drogas” (The War on Drugs), quien en 1971 declaró el uso y abuso de sustancias como el enemigo público número uno. 

La historia de las drogas es también la historia de su prohibición y de todos los problemas que estos controles han provocado al mundo. Actualmente el negocio de las drogas ilícitas genera aproximadamente $400 billones anuales de acuerdo a las cifras de las Naciones Unidas, casi lo mismo que producen el turismo o la industria petrolera. Lo que ha generado la prohibición de las drogas recreativas es precisamente hacer de esta industria un negocio irresistiblemente lucrativo articulado en una red de violencia y crimen internacional incluso más dañino que el propio consumo de las sustancias. Como afirma Richard Davenport-Hines en The Pursuit of Oblivion: A Social History of Drugs, “no es la oferta la que convierte al usuario en un criminal, sino la ilegalidad de esa oferta”. 

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Nada más en los Estados Unidos existen alrededor de 178 drogas clasificadas como ilegales. Algunas de estas son altamente adictivas, como la heroína, la cocaína o las metanfetaminas. Otras drogas se mantienen en la ilegalidad simplemente por razones políticas e históricas a pesar de que existe poca evidencia de los efectos dañinos que tiene su uso, como es el caso del peyote. A estas 178 sustancias se les considera severamente peligrosas tanto para el usuario como para la sociedad, a pesar de que el alcohol y el tabaco —cuyo consumo es socialmente aceptado— sean responsables de alrededor de 430.000 muertes por año, mientras que las drogas ilegales combinadas apenas alcanzan las 8.000 muertes anuales, según afirma Paul Gahlinger. 

Como explica Richard Davenport-Hines, Estados Unidos fue el país que llevó la delantera con respecto a la legislación anti-drogas desde 1909, creando el modelo internacional de acuerdos y leyes para el control de estupefacientes. El modelo de prohibición y su correspondiente campaña mediática tomó una escala global a partir de la legislación de la guerra contra las drogas desde 1969 con los gobiernos de Nixon, Reagan y Bush, consolidando el sistema de rendición incondicional entre los adictos, los consumidores ocasionales y los narcotraficantes, estrategia que según Davenport-Hines no ha resultado exitosa, puesto que más bien ha potenciado la violencia y el crimen organizado a nivel mundial. A pesar del fracaso de esta política, el gobierno estadounidense continuó exhortando su aplicación en países de Europa y América Latina. 

Es evidente que las consecuencias de la prohibición de las drogas recreativas no ha tenido éxito en frenar el consumo y todos los aspectos involucrados con el tráfico de drogas, pese a los intentos de algunos países como Canadá, Uruguay, Estados Unidos y Holanda de legalizar el consumo de ciertas sustancias de manera controlada para fines recreativos y medicinales, como es el caso de los canabinoides, los hongos alucinógenos o incluso la heroína empleada para el control de la adicción. Ciertamente desde hace algún tiempo algunos países han estado emprendiendo el camino de vuelta, comprendiendo que existen usos de sustancias que no representan un peligro para la sociedad y cuya prohibición más bien podría resultar más dañina que el consumo controlado. Con todo y los prejuicios que se han formado alrededor del uso de drogas ilícitas con fines recreacionales a raíz de las campañas de prohibición, es importante reconocer que ni las leyes, ni la sanción social han logrado frenar el consumo, pues como ya hemos visto, es una actividad que se ha practicado desde tiempos prehistóricos. No se trata de hacer una apología al uso de drogas, ni de inducir a nadie a este mundo, sino de comprender que el tabú moral y la prohibición legal han potenciado la desinformación, haciendo más daño que bien. 

En la actualidad existen organizaciones encargadas de educar con respecto al uso de drogas ilícitas y justamente crear las condiciones idóneas para un consumo responsable e informado de estas sustancias. En España, por ejemplo, existe una organización llamada Energy Control, una propuesta educativa encargada de “fomentar una actitud crítica hacia el consumo de drogas, poniendo énfasis en la toma de decisiones y la responsabilidad personal”, incentivando a través de la información un uso no problemático de estas sustancias, haciendo hincapié en las posibles situaciones de riesgo que su consumo acarrea, como relaciones sexuales sin protección, violencia, o sobredosis. Parten de la noción de que existe un consumo de drogas cuyos riesgos necesitan ser controlados lo más posible. Igualmente, en el Reino Unido existen organizaciones como Release, que se encarga de ofrecer asesoría legal con respecto a la regulación del uso y de orientar sobre las distintas sustancias y sus efectos, incentivando el consumo responsable de drogas recreativas. 

El consumo responsable sí es posible, contraviniendo el mito de que todo uso de las drogas conlleva irremediablemente a un cuadro adictivo. En esta medida la herramienta más importante que se puede tener en cuanto a estos temas es justamente la información. Fernando Caudevilla, conocido como el Doctor X, afirma que las drogas por sí solas no son capaces de hacernos daño, es el uso irresponsable y desinformado lo que puede conducirnos a experiencias desagradables e incluso poner en riesgo nuestra salud. Caudevilla es un médico de familia radicado en Madrid que además es experto en el uso del cannabis, la cocaína y drogas de síntesis. Adicionalmente ofrece consultorías y charlas para incentivar el consumo responsable y consciente de estas sustancias. 

Evidentemente lo que separa al consumidor de tener o no una relación no problemática con las drogas es justamente el conocimiento de los riesgos y de los procesos físicos y psíquicos por los que pasa el cuerpo cada vez que se ingiere algún estupefaciente. La cuestión no es si se deba o no consumir drogas, o que sea bueno o malo, sino que su prohibición y el tabú social que este tema implica no crean las condiciones para que se hable abiertamente acerca de ellas sin darles un peso moral, porque la información es importante sea porque se desee experimentar o no. El castigo social en estos casos puede ser incluso más pernicioso que el propio consumo eventual y recreativo, ya que lo que sería una simple etapa de autodescubrimiento en la juventud se convierte en esta letra escarlata que todos los que hemos consumido llevamos marcada debido a una construcción mitificada de lo que significan estas sustancias que como hemos visto, han sido en mayor o en menor medida usadas desde siempre. 

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