El Sharpie de Trump, la posverdad y la pérdida de la palabra

El Sharpie de Trump, la posverdad y la pérdida de la palabra

Un síntoma evidente de estos tiempos es que le hemos declarado la guerra al sentido común. Las palabras aguantan todo y el papel, ni se diga. Si un testimonio en los medios no cumple con nuestros criterios de histrionismo y no nos “toca la fibra”, pues lo ponemos en duda, porque la gente llora y sufre como lo hacen en las películas y no al revés. Sospechamos de las vacunas porque al hijo de la tía de nuestra profesora de yoga le dio autismo. Sabemos que los atentados del 11 de septiembre los planificó Bush y que el calentamiento global es un plan de las corporaciones para acabar con el planeta y, además, que hay alienígenas secuestrados en el Área 51. Lo sabemos todo. Es nuestra verdad, porque lo sentimos, nos lo dice nuestro instinto y por eso nos dejamos el pellejo debatiendo en Twitter; nos gusta que los políticos digan su verdad, que lo digan todo, que opinen como nosotros, a estos sí les damos nuestro voto. Hemos creado un mundo a imagen y semejanza de nuestras ilusiones. Nuestras expectativas son excesivas, deseamos creer y que nos hagan creer. Queremos sentir la verdad. Que nos den certezas, hechos, palabras, verdades, así sean de mentira, pero que nos tranquilicen.

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En el 2016 el Diccionario Oxford incorporó el neologismo de la posverdad —post-truth en inglés— definiéndolo así: “Relacionar o denotar circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones y las creencias personales”. Esa fue la época en que, además, la pertinencia del término le valió el título de “palabra del año” para el diccionario ya citado. La conmoción del Brexit, el triunfo de Trump, el ascenso de Bolsonaro en Brasil, la victoria de AMLO en México y Boris Johnson lanzándose en tirolina frente al London Eye demuestran que más allá de una tendencia mediática, el término encierra el cuadro clínico que define estos tiempos. 

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A principios de septiembre de este año, las alarmas por la llegada del huracán Dorian a tierras estadounidenses activaron la atención de los principales organismos meteorológicos del país, entre ellos el Centro Nacional de Huracanes (NHC). Según el reporte oficial del instituto, el recorrido del huracán afectaría al estado de Florida, las costas de Georgia, parte de las Carolinas y Virginia, luego de haber devastado las Bahamas, dejando un saldo de treinta personas fallecidas hasta ese momento. Esa misma semana el presidente Donald Trump en un comunicado desde la Sala Oval de la Casa Blanca mostró un mapa del recorrido del huracán emitido por el NHC claramente alterado con un marcador de tinta negra indeleble que incluía el estado de Alabama como región afectada junto con los demás estados mencionados. Después de insistir con al  menos nueve tweets al respecto, se hizo evidente la fijación del presidente con la idea de que Dorian afectaría al estado de Alabama a pesar de que días antes tanto el NHC como el Servicio Meteorológico Nacional (National Weather Service) aseguraran con toda la autoridad que les enviste la ciencia, que el huracán no tendría ningún impacto sobre esa área. 

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Los portales de noticias como Bloomberg y el Washington Post serían los primeros en reportar la escandalosa alteración del mapa. Después de indagar entre las fuentes allegadas a Trump, se confirmó que en efecto, justo antes de salir al aire, alguien habría incluído con un Sharpie el estado de Alabama como región posiblemente afectada por el huracán. La reacción de los medios fue inmediata: desde memes hasta impresiones en los talk shows más vistos, como el de Stephen Colbert, Trevor Noah o Bill Maher, los cuales estuvieron dedicados a cubrir este extraño e hilarante episodio. Durante el monólogo de su programa The Late Show with Stephen Colbert, emitido el 5 de septiembre, el animador demostró que de acuerdo al código penal estadounidense es ilegal difundir advertencias meteorológicas falsas: 

 Ciertamente difundir información falsa y alterar mapas oficiales es un delito, pero no uno suficiente como para enviar a Trump a la cárcel meteorológica. Nos encontramos, pues, ante uno de los casos más recientes de esta epidemia de posverdad que ataca a la política mundial, que difunde noticias falsas, que manipula discursos para acoplar la opinión pública a sus estrategias de marketing, la que promete y no cumple, la que convierte las palabras en sonidos, en punchlines, en slogans… 

Y es que según Kurt Andersen, autor del libro Fantasyland: How America Went Haywire: A 500-Year History (2017), el problema de permitir que la subjetividad sobrepase al conocimiento objetivo lleva años gestándose en los Estados Unidos. El principio de libertad intelectual de la Ilustración, la idea de que cada individuo es libre de creer en lo que desee, ha hecho metástasis y se ha salido de control. Esas grandes épicas, esa utopía diseñada a la medida de sus sueños ahogaron la parte más sobria y empírica de lo que originalmente era la Ilustración. Ese relato lleno de fantasía y grandiosidad con los siglos se fue convirtiendo en una suerte de relativismo, de subjetividad devenida en miles de individuos viviendo en realidades alternativas. En efecto, todos estamos dentro de ese espectro entre los polos de lo racional y lo irracional: creemos en Dios, somos supersticiosos y algunas teorías conspirativas nos parecen plausibles a pesar de lo mal sustentadas que están, pero en uno y otro caso, ciertos elementos nos llevan de vuelta a la razón; el problema surge cuando eso que nos ancla a la realidad, a los hechos comprobados, cada vez se hace más liviano, más ligero. “Lo creíble se hace increíble y lo increíble, creíble”, señala Andersen, aludiendo a esta arbitrariedad con que difuminamos los límites entre nuestras creencias personales y los hechos.

Si bien durante los años sesenta, los hippies y los baby boomers negados a envejecer dieron el salto cuántico respecto al relativismo de la razón con el origen del New Age y la exacerbación del individualismo, no será sino hasta principios del siglo XXI cuando ese sentir de la verdad, esa posverdad, llegaría a las cúpulas del poder político, promoviendo la rebelión definitiva contra el sentido común. Explica Andersen que a principios de los 2000, Karl Rove, asesor político de George W. Bush, introdujo en la opinión pública la frase “comunidades basadas en la realidad” (reality-based communities) para calificar peyorativamente a aquellos opositores que fundamentaban sus opiniones con hechos comprobados: “Las personas en estas comunidades basadas en la realidad creen que las soluciones emergen partiendo de un estudio crítico de la realidad y ya el mundo no funciona de esa manera”, le declaró a un reportero. 

En el 2005, durante la primera emisión de su programa, The Colbert Report, Stephen Colbert introduce en su monólogo el término “truthiness” en respuesta a las declaraciones de personajes del bando republicano en pugna con la razón, como Rove. Definido como “la cualidad de parecer o sentirse verdadero, incluso si no es necesariamente cierto”, el término empieza por bautizar esta era en la que los usos de la palabra comienzan a dislocarse de los hechos, relativizando nuestra voluntad de verdad. Las líneas entre las ilusiones personales y la realidad se hacen cada vez más difusas, “la forma en cómo se han empleado la riqueza, la educación y la tecnología para el progreso de la sociedad estadounidense ha creado una maraña de irrealidad que se interpone entre los individuos y los hechos”, explica Daniel J. Boorstin en su libro The Image: A Guide to Pseudo-Events in America

Evidentemente si leemos con cierta regularidad las noticias podemos notar que este fenómeno de la posverdad no es exclusivo de la sociedad estadounidense, que la palabra hoy en día parece aguantarlo todo y no solamente en boca de los políticos, sino también de cuanto individuo se involucre en el mundo mediático. Basta que entremos en Twitter para que las opiniones se conviertan en hechos y se diseminen como pólvora sin ningún tipo de criterio. Se piensa que toda verdad es relativa y subjetiva, cuando en realidad las verdades lo que son es cuestionables y contingentes. 

En el Orden del discurso, Michel Foucault parte de la premisa de que “en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. Para el filósofo y teórico francés el poder es creador, es un generador de discursos, de enunciados que ordenan la vida en sociedad y que establecen las condiciones para nuestro entendimiento mutuo, y en consecuencia para el mantenimiento de la paz social. Inspirado en el texto seminal de Nietzsche Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, el filósofo francés propone la noción de voluntad de verdad como uno de los mecanismos generadores y controladores de los discursos. En ese sentido lo verdadero se vuelve verdadero en una sociedad en la medida en que se instale sobre una suerte de grilla que determina y condiciona aquello que puede o no entrar en la cultura. Este molde es lo que permite establecer cierto consenso entre lo que debe considerarse verdadero o no en una sociedad, todo lo que está fuera de este orden es teratológico, es lo monstruoso que queda excluido del orden discursivo, pero de manera contingente. Existe, entonces, la posibilidad de que esto monstruoso pueda en algún momento de la historia convertirse en verdades, ingresar en la cultura. Un ejemplo claro son las teorías de Darwin, que en su momento eran impensables para aquella sociedad, pero que en la medida en que el pensamiento fue reordenándose y cuestionándose, este conocimiento pasó a formar parte de la cultura.

La verdad no es una verdad que se dé en términos lógicos proposicionales. Lo verdadero forma parte de una estructura de pensamiento que crea y condiciona la vida de los sujetos. Los discursos ordenan las relaciones de poder y aunque son inmateriales, tienen efectos materiales, pues fundamentan el cuerpo institucional de cada sociedad y mantienen a raya nuestras más bajas pulsiones. 

De manera que lo que van a plantear tanto Nietzsche como Foucault en cuanto a voluntad de verdad se refiere es que en esencia la verdad en una acción creadora del hombre. Es la metamorfosis del mundo a imagen y semejanza de nosotros, la creación de conceptos e ideas que nos amalgaman como sociedad y que crean consenso y entendimiento entre todos. Cada cultura, cada época está revestida por esta cúpula de conceptos o discursos que ordenan la vida y hacen del mundo un lugar más o menos habitable y comprensible. Esto claramente no quiere decir que cualquier cosa pueda ser verdad y que estos conceptos sean arbitrariamente modificables, pues somos seres racionales llevados por nuestra experiencia y curiosidad ante lo que nos rodea, y tratamos de que ese conocimiento, de que esa episteme, pueda ser corroborada y consensuada. 

Trump posverdad
Caricatura para The New Yorker
John Cuneo

No somos ni enteramente racionales ni enteramente instintivos, no somos transparentes; somos opacos, llenos de contradicciones, de deseos oscuros y propensos a caer en la credulidad cuando nos regalan certezas fáciles de digerir. La verdad no es arbitraria, pero es cuestionable, es lo que nos ordena como sujetos y lo que mantiene a raya nuestra locura. Lo preocupante de que desde el poder las palabras comiencen a designar cosas que consensuadamente no tienen ningún valor de verdad, o que un día se diga algo y al otro día, otra cosa, es que se está jugando con el entendimiento y la cordura social. La pérdida de la palabra y la posverdad resquebrajan nuestros fundamentos culturales, hacen tambalear las instituciones y golpean toda una tradición científica dedicada a construir un mundo habitable. Transgredir esta voluntad de saber, solo para manipular la opinión pública, para captar votos y por el solo hecho de querer tener razón, más allá de un acto irracional, atenta contra las bases de nuestra civilización.

Que un Trump altere un mapa en medio de una emergencia meteorológica o que un Bolsonaro desmienta el calentamiento global mientras el Amazonas arde son evidencias suficientes de que desde el poder sí se pueden contravenir los hechos solo porque no se acoplan a las opiniones personales de los líderes. Así, contra todo pronóstico y contra todo régimen de verdad, nuestros discursos, lo que nos ordena y equilibra como sociedad, se hace cada vez menos sólido y más insoportable. 

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