Trudeau, la penosa tradición del ‘blackface’ y nuestra corrección política

Trudeau, la penosa tradición del ‘blackface’ y nuestra corrección política

El primer ministro de Canadá y candidato a la reelección el próximo mes de octubre, Justin Trudeau, se convirtió en el centro de las polémicas cuando en un artículo de la revista Time de mediados de septiembre, salieron a la luz fotografías del mandatario disfrazado de Aladino, usando un turbante y con la cara pintada de negro. El suceso fue registrado en una fiesta celebrada en el 2001, cuando Trudeau tenía 29 años y era profesor en West Point Grey Academy, una prestigiosa secundaria privada ubicada en Vancouver. El tema de la fiesta era “Noche Árabe”, razón por la que el hijo del ex primer ministro Pierre Trudeau se disfrazó de ese modo. Las fotos fueron encontradas en el anuario de la institución y fueron entregadas a Time a principios de septiembre por el ejecutivo Michael Adamson, miembro de la comunidad de la secundaria ya mencionada, quien, según reporta el medio estadounidense, sintió que era necesario hacer públicas estas imágenes.  

Anuario escolar de la secundaria West Point Grey Academy, donde fue hallada la foto
TIME

Tras el escándalo, la identidad de Justin Trudeau en las fotografías fue confirmada por miembros oficiales del Partido Liberal que este lidera; acto seguido, el mandatario ofreció unas declaraciones antes de despegar en Halifax con su comitiva como parte de su gira de campaña. En esta primera declaración, el primer ministro ofreció sus más sentidas disculpas, arguyendo que en aquel momento desconocía que utilizar maquillaje para parecer negro podía ser considerado un acto racista; admitió, además, que aquella no había sido la primera vez que incurría en la vieja tradición del blackface, puesto que años antes, en un evento escolar, había usado una peluca de afro y se había pintado la cara de negro para imitar al cantante y activista jamaiquino Harry Belafonte e interpretar su canción Day O. Días después, en un noticiero local canadiense, se encontró un video del joven Trudeau bailando con la cara, los brazos y las piernas pintadas de negro, usando nuevamente la peluca de afro. 

Justin Trudeau en el acto de la secundaria
TIME

Entonces la indignación de sus simpatizantes y detractores se hizo más fuerte acusándolo de racista e insensible, empañando su imagen de bastión del progresismo del continente americano y poniendo en peligro su reelección. Víctima de la corrección política que él mismo ha fomentado, el líder del Partido Liberal de 47 años se enfrenta entonces a uno de los momentos claves de su carrera y su reputación como líder mundial. En una rueda de prensa posterior declaró que asumía con toda responsabilidad que en aquel momento no se le había ocurrido que era un insulto imitar a una persona de color, pues el Trudeau de entonces no tenía consciencia de que pertenecer a una clase y una raza privilegiada implica, también, ciertas consideraciones con las minorías raciales. El primer ministro es hoy juzgado por la ignorancia de su conducta en el pasado, aun cuando ha demostrado durante su carrera política ser baluarte de los valores progresistas que caracterizan el partido político que lidera y además después de asumir con toda responsabilidad sus errores. ¿Es acaso justo juzgar desde nuestro presente los errores de otros en el pasado? ¿Ha llegado la corrección política demasiado lejos? Antes de responder estas preguntas, debemos, primero, comprender por qué es tan ofensivo que un hombre blanco pinte su cara de negro y la implicación cultural que esto tiene. 

Muchos medios señalaron a Trudeau por practicar, con alevosía o no, lo que se conoce como blackface. Pintarse la cara oscura para parecer una persona de color tiene una larga y penosa tradición en Estados Unidos y Canadá, aunque parodias similares pueden verse en el folclore de países como Venezuela, gracias al disfraz de negrita de los carnavales, o Ecuador, debido a la celebración de la Mama Negra. El uso del blackface se popularizó con la práctica del minstrel en los teatros estadounidenses en 1830, antes de la guerra de Secesión, y estuvo vigente hasta mediados de 1960. En este género teatral actores blancos hacían uso del chiste y la parodia musical llevando la cara pintada de negro y los labios grandes para caricaturizar a la población afrodescendiente, la mayoría todavía en condición de esclavitud. Estos personajes vestían como el dandi inglés, con sombrero y bastón, pero exageraban los gestos y la forma de hablar de los negros, cristalizando así el estereotipo del afrodescendiente. Incluso ya en 1855, cuando actores de color empezaron a formar parte de estos espectáculos, estos debían pintarse la cara de negro y acoplarse a los gestos caricaturizados que los blancos ya habían impuesto. Esta práctica se extendió a Canadá a través de estas puestas en escena itinerantes del minstrel a partir de 1843 y se mantuvo vigente hasta mediados de los años setenta del siglo XX. Pese a las quejas de los afroamericanos por lo ofensivo de los espectáculos tanto en los Estados Unidos como en Canadá, esta práctica se hizo muy popular en el cine y en las caricaturas de los años treinta y cuarenta. Estrellas de la época dorada hollywoodense como Judy Garland y Fred Astaire, o incluso Bugs Bunny y Betty Boop, tomarían elementos del minstrel y el blackface como forma de comedia para el entretenimiento infantil, popularizando y asentando en el inconsciente colectivo la legitimidad de esta ofensiva tradición. 

Se trata de una forma de arte profundamente enraizada en la cultura norteamericana, con una larga y compleja historia que ha cristalizado estereotipos raciales que aún hoy perduran. Desde sus orígenes, el blackface formó parte de esta construcción de imágenes denigrantes hacia la raza afrodescendiente y la condición del esclavo, tanto para demostrar supremacía como para establecer un dominio discursivo que detuviera cualquier intento de revuelta por parte de los negros. Según el profesor e historiador Eric Lott, el blackface practicado en el teatro minstrel contribuyó a construir la separación cultural entre los blancos y los negros en Norteamérica, como plantea en su artículo Love and Theft: The Racial Unconscious of Blackface Minstrelsy publicado en la revista Representations. Esta forma de arte trataba de tomar “prestados” elementos de la cultura africana, “pretendiendo que la esclavitud era divertida, buena y natural”. El surgimiento de personajes ficticios como Jim Crow tuvo su origen durante el apogeo del blackface en el teatro a mediados del siglo XIX, de modo que la carga histórica de este género artístico y todas las consecuencias culturales que trajo consigo —no olvidar la ley de discriminación racial denominada Jim Crow de mitad del siglo XX— tienen un significado que está muy lejos de ser simplemente un chiste de mal gusto, pues se trata de todo un legado discursivo en torno a la supremacía blanca y a la inferioridad racial de los negros. 

Jim Crow
Imágen de dominio público

Igualmente en Canadá la práctica del blackface tiene una raíz profunda en la cultura blanca. De hecho, según Cheryl Thompson, profesora de la Universidad de Ryerson en Toronto entrevistada en el noticiero canadiense CBC News, aún hoy pintarse la cara de negro es algo común, quizá por desconocimiento de la historia de esta práctica, quizá como una forma de congraciarse o de relacionarse con las minorías raciales que viven en el país, pero debido a la costumbre y al uso frecuente claramente no sorprende la falta de conocimiento al respecto y las implicaciones que el blackface supone para las personas de color. De pronto, si le damos el beneficio de la duda a Trudeau, pudiéramos suponer que se trata de una profunda ignorancia sin ningún tipo de mala intención, no solo por lo que hemos visto en su trayectoria como mandatario sino por la forma en que se disculpó ante los medios justo después de que las imágenes se hicieran públicas. No obstante, el haber construido una imagen defensora de la corrección política claramente lo obliga a asumir responsabilidad y a rendir cuentas por sus acciones incluso si estas vienen de un pasado que nada tiene que ver son su condición actual. Esto no necesariamente es negativo, pero el problema viene cuando estas ganas de promover la diversidad desde lo políticamente correcto se convierten en una suerte de guillotina dispuesta a castigar y a juzgar ante el mínimo tropiezo tanto del presente como del pasado. 

Cuando fue publicada la secuela de To Kill a Mockingbird (1960), escrita por Harper Lee, Go Set a Watchman en el 2015, el público se escandalizó cuando Atticus Finch, el entrañable padre de Scout y defensor del afroamericano Tom Robinson acusado injustamente por violación, resultó tener, como hombre de su tiempo, rasgos de racismo. Del mismo modo, en el 2017 en Memphis, Tennessee, la proyección anual de Lo que el viento se llevó (1939), dirigida por Victor Fleming, fue motivo de protestas por el contenido racista de la película y quienes reclamaban proponían la idea de prohibir su reproducción, no solo en esa localidad sino también en varios estados del país, según señala The Guardian. Estos son ejemplos de lo miope que puede ser la corrección política, pues pasa por alto aspectos como la complejidad y las contradicciones de los individuos, así como las mentalidades del pasado, pecando en muchos casos de sentirnos moralmente superiores y en facultad para juzgar y censurar todo aquello que no se ajuste a nuestra forma de pensar actual, como si los sujetos no pudiesen aprender o cambiar. 

Definida por la enciclopedia británica como: “término utilizado para referirse al lenguaje empleado para generar la menor cantidad de ofensas posibles, especialmente cuando se describen grupos identificados por marcadores externos como raza, género, cultura u orientación sexual”, la corrección política no solo está limitada por su aplicación en el lenguaje, pues también se emplea en modales, decisiones y políticas destinadas a promover el respeto hacia la diversidad. Culturalmente este último ha sido uno de los rasgos característicos de nuestros tiempos, no sin contar con fuertes detractores como Jordan Peterson o Slavoj Zizek, quienes advierten, a pesar de sus diferencias ideológicas, sobre los peligros que esta política de la censura, sobre lo que esta tiranía de la corrección política puede significar para la sociedad. 

No se trata de borrar el pasado o de condenarlo, sino de comprender la historia y aprender de nuestros errores, entendiendo que somos individuos complejos capaces de rectificar y de hacernos conscientes de lo errónea que era nuestra conducta antes de tener el conocimiento que tenemos hoy. Si bien Trudeau tenía veintinueve años cuando decidió ir disfrazado de ese modo a su “Noche Árabe”, esto tampoco implica un rechazo completo hacia sus logros y su carrera política. Se entiende que el pasado está lleno de errores y de costumbres completamente ofensivas y condenables como el blackface, pero que lo importante y lo que realmente prueba la autenticidad de la disculpa pública es el reconocimiento de la propia ignorancia y de la ofensa cometida. 

En torno al reconocimiento de la culpa y la responsabilidad individual, Milan Kundera nos explica lo que esto implica en este extracto de su novela La insoportable levedad del ser (1984): “¿Es inocente el hombre cuando no sabe?, ¿un idiota que ocupa el trono está libre de toda culpa sólo por ser idiota? Supongamos que un fiscal checo que a comienzos de los años cincuenta pidió la pena de muerte para un inocente fue engañado por la policía secreta rusa y por el gobierno de su país. Pero, ¿cómo es posible que hoy, cuando sabemos ya que las acusaciones eran absurdas y los ejecutados inocentes, ese mismo fiscal defienda la limpieza de su alma y se dé golpes de pecho? ¡Mi conciencia está limpia, no sabía, creía de buena fe! ¿No reside precisamente su irremediable culpa en ese ‘¡no sabía!, ¡creía de buena fe!’? Y fue entonces cuando Tomás recordó la historia de Edipo: Edipo no sabía que dormía con su propia madre y, sin embargo, cuando comprendió de qué se trataba, no se sintió inocente. Fue incapaz de soportar la visión de lo que había causado con su desconocimiento, se perforó los ojos y se marchó de Tebas ciego”.

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