La importancia de sanar emocionalmente después de un abuso sexual

Hundirse en negación no es la respuesta

Quiero empezar diciendo que la anécdota a continuación contiene algunos nombres ficticios. Sin embargo, los hechos son verdaderos y a pesar de mantener mi identidad privada, me siento lista para compartir mi historia. Advierto, también, que hay detalles que podrían ser desagradables para algunas personas. 

Estaba durmiendo y suena el teléfono a las 7 de la mañana. Sin ver la pantalla o tomar en cuenta el nivel de sueño que tenía, atendí sin pensarlo dos veces. Nunca se sabe si es una emergencia o algo, ¿no? Pero ese no era el caso. Confundida y bostezando, reconocí lo que pensé que era la voz de Ignacio, mi novio, así que me relajé y lo saludé. Quería saber qué llevaba puesto y respondí con una risa confundida, preguntándome por qué quería una llamada cachonda tan temprano. La noche anterior caí dormida a las 4 de la mañana y apenas podía mantenerme despierta. Pero en ese momento casi inconsciente, no me cupo duda de que era él. Tenía el mismo tono y ritmo de voz, e incluso me siguió el spanglish a la perfección, como siempre.

Bostezaba al menos tres veces por minuto, entonces le dije que quería dormir y que mejor hablábamos luego. Pedí colgar varias veces, pero él insistió y cedí. Después de todo, lo amo y me parecía un poco graciosa la situación. Hacía preguntas sexuales como:

“¿Quieres mamarme el *****?”.

“¿Quieres que te coja?”.

“¿Lo quieres por detrás?”.

“¿Te gusta?”

“¿Quieres más?”

O peticiones como:

“Tócate abajo, métete el dedo, sácalo, mételo otra vez”.

“Tócate las tetas”. 

Repetía las preguntas cuando me negaba a responder y se escuchaba un ruido en el fondo: el de él masturbándose. Mi voz y mente seguían soñolientas, así que me quedé acurrucada sin hacer nada, con los ojos cerrados, riéndome internamente y simplemente hablándole de vuelta con un tono cansado y no receptivo, esperando a que acabara para volver a dormir. Después de un rato dejó de ser gracioso y me sorprendía cómo aún así gemía con tantas respuestas flojas de mi parte. No le presté mucha atención; el no haberle trancado desde un principio lo tomé como un gesto de buena fe y amor. Aparte, teníamos tiempo sin tener un momento íntimo, así que, ¿por qué no? Quizás quería probar algo nuevo, pensé. 

Pasaron los minutos y la conversación se puso más personal, es decir, íntima a nivel emocional. Me preguntó si lo amaba y si quería ser su novia. Como son cosas que normalmente nos decimos, le respondí con un sí, obviamente. Es como nuestro chiste interno, algo cursi, pero tierno. Pero después volvió a los temas sexuales y tomó otros rumbos. Cuando me preguntó si quería hacer un trío con otro hombre fue cuando sentí que algo estaba mal. Conozco a mi pareja, él jamás haría esa pregunta. Así que después de 15 minutos de llamada, abrí mis ojos, vi la pantalla del celular y me di cuenta de que no mostraba el nombre de Ignacio, sino un número desconocido. Nerviosa, le pregunté: “Bebé, ¿desde qué celular me andas llamando?”. En vez de contestar, me volvió a pedir que fuera su novia. Confundida y un poco fastidiada, le respondí que ya lo era y repetí mi duda. Allí fue cuando el hombre de la llamada admitió que no era mi novio, pero me pidió que “no me preocupara”. 

Me azotaba un remolino de emociones que fueron despedazándome en cuestión de segundos. En primer lugar, me sentí traicionada y engañada porque él no era quien pensaba que era. También patética por no haber reconocido la voz de mi propio novio. Y en tercer lugar, me preocupaba haber sido infiel. Invadida, expuesta y estúpida era como me sentía. La sensación fue tan familiar que entré en pánico.

En medio del shock, le pregunté desesperadamente quién era y por qué me había llamado. Calmado y aún con un tono seductor, el extraño dijo: “Tranquila, vale, no me cuelgues. Hablemos un rato, ¿sí?”. Hice todo lo contrario y tranqué, ya con las lágrimas bajando por mi cara y más despierta que nunca. 

Guardé su número con el nombre “Creep” para buscarlo en WhatsApp a ver si lo reconocía en su foto, pero no tuve éxito, ya que ni siquiera es usuario de esa red. Entonces recurrí a mis amigas y les mandé el número para ver si alguna lo tenía por casualidad. Todas revisaron. Nada. 

En eso recibí una llamada suya que por supuesto rechacé al instante. Llamó de nuevo, volví a negarle y me apresuré a buscar el contacto para bloquearlo de una vez. Justo antes de apretar «Bloquear este número», recibí un mensaje de texto en donde aparecía mi nombre completo junto con la siguiente frase: “Estamos pendiente”

Ya para ese momento mis ojos estaban rojos de llorar y no podía dejar de hiperventilar. Después de bloquearlo, llamé a mi novio con la patética esperanza de que todo hubiera sido una broma y cuando me contestó con voz de recién despertado, sentí un miedo horrible de perderlo por lo que pasó. Le conté todo y entendió perfectamente la situación y mis sentimientos. Estaba tan indignado como yo, fue mi apoyo mientras lloraba desconsolada. Todo pasó tan rápido y apenas sentía que me estaba despertando de un profundo sueño. 

No salí de mi cuarto durante la mayor parte de ese día y desayuné en la tarde, después de varios intentos fallidos de dormir otra vez. Esa noche fui a casa de mi vecina a pasar el rato y recibí una llamada de otro número desconocido. Atendí sin darle muchas vueltas al asunto y me paralicé al escuchar la misma voz gruesa. Todavía en negación y temblorosa, pregunté quién era, rezando por que no fuera él. Pero respondió con un: “Soy el que te llamó en la mañana, ¿no te acuerdas de mí, linda?”. 

Sentí las lágrimas saliendo de mis ojos y corrí hacia Ana Patricia, mi prima mayor, quien estaba de visita. Agarró mi celular y habló con el extraño, lanzando amenazas e interrogándolo. Yo caí en las escaleras, tapando mi cara y llorando, sintiéndome repugnantemente débil. Resulta que “Creep” había sacado mi número de Instagram y me llamó porque “le había parecido bella”. Sonaba atacado con los reclamos de mi prima, incluso daba la impresión de no saber que lo que había hecho era acoso. ¡Estaba inconsciente de todo! Admitió que sabía que lo había confundido con mi novio, pero que “decidió aprovechar”. 

Pensé demasiadas cosas a la vez en esas escaleras. Todo lo sentía con el doble de intensidad y de alguna manera supe que no era solo por esa llamada tan repugnante que mi día —y semana— se habían arruinado. No podía identificar qué me tenía tan afectada. “Fue solo una llamada”, repetía en mi mente. “¿Qué te pasa? Fue solo un loco pervertido y un despiste tuyo”, me decía. Sabía que estaba mal lo que ese hombre había hecho y que era válido que me sintiera tan incómoda, expuesta y engañada, pero un déjà vu emocional invadió lo que me quedaba de sanidad mental. Entonces me di cuenta: no era la primera vez que experimentaba estas emociones. Me transporté en el tiempo y caí en el recuerdo que más había evitado estos últimos cinco años. En mi cuerpo de 21, me sentí de 16 otra vez, ebria en aquella fiesta que cambió mi vida para mal, y para siempre. 

Estaba recorriendo un evento con una amiga no tan amiga llamada Clara, con quien me encontré cuando no pude ubicar a mis primas en el lugar. La estábamos pasando bien, tomando tragos de vodka y jugo de naranja, actualizándonos sobre nuestras vidas. Como Clara tenía el corazón roto, le emocionaba la idea de seguir tomando. Yo le seguí la corriente como muestra de apoyo moral y porque le quedaban geniales las bebidas. Adicionalmente, aceptamos todos los shots que nos daban otros amigos. 

No tardamos en ir a bailar junto con la multitud de gente. El sitio era enorme, con la pista más espaciosa que había visto. El reggaetón nos guió al centro del mar de gente sudada y feliz de la rumba, quienes nos contagiaron su éxtasis mientras la gran dosis de alcohol nos hacía efecto. Un chamo sacó a bailar a mi amiga y a los segundos un hombre —digo hombre porque parecía mayor y era más corpulento que el resto— se me acercó con dos tragos y me ofreció un vaso con una sonrisa. Ingenua, lo probé por no ser maleducada y casi escupo el ron de lo fuerte que era. Tras unas risas, se presentó como Pedro, tomó mis brazos y envolvió su cuello con ellos para bailar. Me pareció un poco directo para mi gusto, pero no me importó porque amaba la canción que estaba sonando. No pasó ni un minuto y me lanzó la cara. En mi borrachera, reaccioné tarde y me aparté luego de unos segundos. Le aclaré que solo quería bailar, nada más. Él asintió con la cabeza y dijo: “Dale, ¡tranquila! Yo también quiero eso”. Por si acaso, revisé mis alrededores a ver si mi amiga seguía allí; al no encontrar rastro de ella, me di cuenta de que en medio de esas 150 personas, yo estaba completamente sola. Ya me sentía muy mareada y no me percaté de que nos estábamos moviendo tanto hasta que mi espalda chocó con una reja de alambre. Antes de poder decir algo, me besó otra vez, pasando sus manos por mi cuerpo. Di un brinco, asustada, y le pedí que parara, despegándome de él y buscando a Clara en el mar de gente. No pasaron ni seis segundos y estaba otra vez en el mismo lugar, escuchando como Pedro suspiraba: “Tranquila, no pasa nada” y “Eres bella”. Me besó el cuello y seguía manoseándome. Traté de escabullirme, pero con el mundo dándome vueltas y mi falta de fuerza física, me volvió a presionar contra la reja. Le repetí: “En serio, no. No, no, no”, pero no me tomaba en serio. El sonido de sus “sssshhhhhh” es algo que nunca olvidaré. Siempre que reclamaba, lo hacía.

Tocó mis partes por fuera de la ropa y ante mis protestas desesperadas, paró después de un rato. Me alejé y cuando pensé que ya me iba a dejar en paz, tomó mi mano izquierda y me arrastró hacia un árbol enorme que estaba cerca. Quedé pegada al tronco, frente a una pared y con el hombre que se convirtió en mi peor pesadilla adelante de mí. Lo empujé varias veces, negando con la cabeza y mi voz hasta más no poder, pero él era más fuerte. Simplemente decía: “Ssshhh. Tranquila, bella, sé que quieres. Nadie nos está viendo, ssshhh”. Recuerdo haberle gritado: “¡Te juro que no quiero!”, tratando de zafarme sin éxito. Nadie podía escucharme ni verme, la música era tan alta que me vibraba el pecho y todo el mundo andaba en lo suyo. Era invisible, prácticamente. 

Pedro se acercó a mí, rozó su erección contra mi cuerpo y siguió besándome los labios y cuello. Le volteaba la cara y sollozaba: “No, no. Por favor, no”, asqueada por sus caricias forzadas. Lo peor fue cuando agarró una de mis manos y la puso en su pene. Ni siquiera vi cuando se desabrochó los pantalones. La quité aterrorizada cuando me percaté de lo que estaba sucediendo y me la presionó de vuelta, usando su propia mano de guía y susurrando: “Ssshhh”. Allí fue cuando me rendí y dejé de luchar. Me di cuenta de que no importaba lo mucho que intentara liberarme, él era más fuerte que yo y a diferencia de mí, estaba sobrio. No tenía escapatoria. Así que fijé la mirada en la pared blanca, dejando que tomara control de mi cuerpo. Mientras se masturbaba con mi mano, quedé paralizada, tratando de aislar mi mente. Me sentí muerta por dentro. Usada, patética, vulnerable, incrédula, estúpida e inútil. Por tomar, bailar, por todo lo que hice y no hice para haber llegado a esa posición. 

Cuando Pedro acabó, limpió su semen de mi mano con mi pantalón y me besó en la frente. Entrelazó nuestras manos al sacarme del árbol, diciendo que me quería presentar a sus amigos. Yo me quedé callada, mirando hacia abajo. Al minuto lo llamaron por teléfono, atendió y me pidió que me quedara donde estaba mientras él conversaba. Se volteó y salí corriendo hasta encontrar a gente conocida. Al hacerlo, fui por otro trago con ellos y me juré a mí misma que olvidaría lo que había pasado. Desde ese momento, actué como si nada hubiera sucedido. Hasta hoy.

Hay tantas cosas que me hubiera gustado hacer, tanto apoyo que debí buscar en vez de esconderme. Nadie supo por muchos años; ni mi familia, ni mis mejores amigas, ni mi psicólogo. Solo sabían la versión que inventé, que era algo como: “Estaba bailando con alguien, se pasó mucho con su manoseo y me fui tras darle un empujón”. Me repetía la mentira cada vez que me acordaba de la verdad, como una plegaria. Pero llegó un día en el que nada más y nada menos que mi mejor amiga me llamó para contarme sobre un abuso por el que había pasado. Estaba devastada y vi en ella a la niña de 16 que ocultó su dolor. Mi primer instinto fue protegerla a toda costa, sin importar que fuera con palabras y llamadas a mares de distancia, y apoyándola fue que caí en cuenta de la importancia de compartir en vez de pasarlo sola.

La frase «tú tienes control sobre tu recuperación« resonó mucho en mí cuando trataba de descifrar cómo manejar mejor las cosas. No podía seguir viéndome a mí misma como la basura que me sentí en ese momento ni mucho menos como la culpable de todo, incluso si mis reflexiones llegaban a cruzarse con comentarios como: “Te lo buscaste por borracha”, “Si hubieras sido más firme, nada hubiera pasado” o “Eso te pasa por ingenua y despistada, ¿qué más pensabas que iba a pasar?”.

¿Saben qué? Sí, tomé mucho. Sí, bailé con él. Y sí, atendí esa llamada. Admito que no pensé que las cosas fueran a terminar así, ¿por qué habría de hacerlo? Establecí mis límites, demandé que se respetaran y ni siquiera demostré algún tipo de interés que no fuera la simple acción de aceptar un baile. ¿Que debí tener más cuidado? Es relativo, en especial cuando no cuentas con la conciencia o fuerza física necesaria para enfrentar esas situaciones. ¿Que me rendí? Sí, pero la sumisión no es igual al consentimiento. 

Lo que sí sé con certeza es que nunca debí haberme esperado el comportamiento de Pedro o de “Creep”. Necesitaba sentir lo que siempre negué para poder estar en paz. Lo que pasó realmente pasó y yo no era menos por las acciones de un depravado, ni más por esconderme de ellas. Aunque se sienta muy grande, hay que llamar las cosas como son: acoso, abuso sexual; palabras que quizás nunca pensé que entrarían en mi vocabulario por experiencia propia y que son tan serias como suenan. Por más irreal que se sienta la situación, todo esto tiene una penalización legal para los acosadores o violadores, y a veces cuesta entender que estos literalmente quebrantaron la ley y merecen las consecuencias que eso conlleva. Quedó en mí decidir qué hacer y cómo dejar que me afectara lo que pasó. Algo que aprendí por las malas es que autoflagelarse mentalmente es una pérdida de tiempo. 

Buscar ayuda es elemental para hacer del mal rato uno en el que crezcas y aprendas. Pero este proceso no se reduce a hablarlo con personas de confianza o psicólogos, sino que debes tomar acción sobre lo que pasó en caso de estar lista. Hay que recordar que la idea no es forzar las cosas ni presionarte a nada. En la vergüenza que genera ser abusada sexualmente, se nos olvida que el agresor hizo un crimen que tiene consecuencias reales. Aquí la cosa se pone más difícil porque este paso no se toma tan en serio como debería. Hay que normalizar el derecho a acusar justamente a un agresor, sea quien sea: amigo, familiar, conocido o un extraño. Sin culpa, miedo o deshonor. Alzar la voz requiere cada fibra de fuerza que tienes en el cuerpo, pero también une a las personas y promueve la justicia.

Hablando de mi caso, nunca logré recordar el rostro de Pedro. En esos momentos todo se veía borroso y no había mucha iluminación, así que añadiendo eso al hecho de que olvidé su apellido, no tengo ningún tipo de prueba ni forma de saber algo tan básico como quién es. En cuanto a “Creep”, solo mi novio, mi prima mayor y mi hermano saben su identidad. Rastrearlo no fue complicado. Yo sé en qué estado del país vive, pero no me interesa saber nada más, no lo veo relevante. Con los gritos que le dio Ana me basta, al menos por ahora. Tengo que perdonarme a mí misma primero antes de pensar en ellos; no por lo que sucedió, sino por cómo me traté. Fui tóxica conmigo misma al negarlo, no tomarlo con seriedad y culparme. Además, estoy sanando de los dos eventos a la vez. Seré paciente conmigo, pero no lo dejaré pasar por alto, por eso finalmente le conté a mi psicólogo que fui víctima de abuso sexual. Abrirme a las personas que más quiero ya me ha liberado de un peso que antes veía como insoportable y me hizo ver que no estoy sola. Y solo para que lo sepas: tú tampoco, queridísima lectora. Nada es insuperable si usas tu voluntad sabiamente y recibes el apoyo necesario. Eres más fuerte de lo que crees y mereces hacerte justicia.

Si fuiste abusada alguna vez y todavía no te nace decirle a nadie, pero a la vez quieres sacarlo de tu sistema, puedes contar con la página When You’re Ready (Cuando estés lista). Allí puedes relatar tu historia —anónimamente si así lo deseas— a una comunidad grandiosa llena de gente que entiende lo que es estar en esa posición. 

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